Por Mariano Paulon - Publicado en el semanario El Eslabón del 25/7/26
El liberalismo clásico estalla por los aires luego de la crisis de los años 30. John Meynard Keynes comprende el momento y plantea que el “laissez faire” del liberalismo clásico no sirve para enfrentar las crisis. La intención es salvar al capitalismo evitando que la sociedad caiga en manos del comunismo o del fascismo.
El sistema económico planteado por Keynes tiene varias características particulares que implican un quiebre con la concepción liberal. En 1936, escribe: Teoría del empleo, el interés y el dinero, allí plantea la demanda agregada como motor. La tesis plantea que el nivel de empleo no está determinado por el precio de los salarios sino por el nivel de la demanda efectiva de la sociedad. Para que esto suceda plantea el crecimiento del gasto público cuando el sector privado no invierte por miedo o por especulación, y para eso propone el déficit deliberado. A su vez, prioriza una política monetaria expansiva bajando el tipo de interés para abaratar el crédito y fomentar la inversión, y no a la baja salarial ya que de la demanda depende la producción. Se institucionalizó que el Estado debía amortiguar los ciclos económicos.
Esta corriente se cristalizó cuando en 1947 se congregó a una treintena de intelectuales entre los que se encontraban los mencionados anteriormente, además de Karl Popper y Milton Friedman. Allí tomó consistencia un movimiento de acción política cuyo objetivo fue instalar en el imaginario social las ideas que iban desarrollando.
La crisis del petróleo y la política de shock
Con la llegada al poder de Margareth Tatcher en Inglaterra (1979) y de Ronald Reagan en EEUU (1981), se comenzaron a implementar las mismas recetas: reducción del Estado en sus funciones de asistencia a la sociedad civil (educación, salud, vivienda), privatizaciones, desregulación y control de la inflación. En los 90, le tocó el turno a la versión democrática en los países latinoamericanos. En Argentina, el menemismo se encargó de descentralizar la salud y la educación transfiriéndolas a las provincias, y reducir el Estado Nacional a su mínima expresión.
Nunca está de más aclarar que estas políticas desembocaron en estallidos sociales, producto por un lado del abandono gubernamental de las responsabilidades constitucionales, y por el otro de no haber desmantelado a las fuerzas represivas de las dictaduras y los modos típicos de control social que la caracterizaron. Otras de las cuestiones a tener en cuenta son la historia de lucha del movimiento obrero, cuyos genes seguían latiendo en el corazón de los trabajadores. Además, en cada crisis, las cooperativas, las empresas recuperadas, las organizaciones dirigidas por los propios laburantes empoderados, recuperando el sentido de comunidad para organizar la producción, se hacían cargo del manejo de esas empresas demostrando que lo único irremplazable era el trabajador y el conocimiento que posee del proceso productivo o de servicio. Como ocurrió con infinidad de empresas convertidas en cooperativas de trabajo, como La Cabaña, Cooperar 7 de septiembre, Herramientas Unión, Zanón, entre otras.
Cooperativas e imaginación colectiva
A lo largo del neoliberalismo, las cooperativas han sabido afrontar las caídas y se han reinventado en su gran mayoría, e incluso han sabido mantener sus ingresos. No es una frase hecha. En la Argentina de hoy, las cooperativas y mutuales agrupan a más de 9 millones de personas asociadas y generan más de cuatrocientos mil de puestos de trabajo dignos. Son la prueba viviente de que otra economía es posible. El secreto radica en que la imaginación colectiva permite muchas veces que las dificultades no recaigan sobre el hombro de los trabajadores. Es cierto que hay cooperativas que se han reconvertido en empresas gerenciadas. Es un desafío inmenso recuperar el sentido con el que fueron creadas.
El neoliberalismo ha sido en los últimos 50 años una máquina de explotar a las personas y a la naturaleza, con una crueldad y un cinismo nunca visto antes. No porque no haya habido intereses y poderes en otros momentos de la historia, sino porque el crecimiento de producto bruto mundial posibilitaría, de existir la voluntad política, que la humanidad no pase hambre ni enfermedades. La concentración de la riqueza al nivel que existe hoy ha puesto de manifiesto que la única manera de sostener al capitalismo es a costa de transformar en indigna la vida de la mayoría de las personas. Y el modo de garantizar que la riqueza se siga acumulando es a través de la instalación de una cultura basada en la meritocracia que culpabiliza, individualiza y pone a competir a quienes debería unir, responsabilizar y poner a cooperar y, en última instancia, a construir comunidad.
De ahí la importancia de las cooperativas, mutuales y todo tipo de asociaciones que nos permiten sentir que existe una construcción colectiva, un espacio público, bienes sociales compartidos y un destino común con las personas que nos rodean. La única manera en que nos sigan gobernando los poderosos del mundo es que sigamos aislados, solos y atravesados por su sistema de valores que nada tienen que ver con el trabajo y la colaboración. El cooperativismo nos demuestra que es posible vivir dignamente, desintoxicándonos a diario de la sociedad de consumo que nos hizo olvidar de lo más importante que tenemos: los afectos y los valores.
Mariano Paulon