Voy a correr dos veces por semana. Es un buen complemento para el judo, mi
deporte, ya que el judo tiene mucho de técnica y potencia pero, curioso,
requiere también resistencia.
Normalmente salgo a correr cruzando la Serenísima República del Baix
Guinardó. Dejo atrás infinidad de gente mayor que caminan como si fueran a
desmontarse en cualquier momento y me señalan el futuro. Dejo atrás terrazas
cargadas de cascotes vacíos de cervezas y risas que se sostienen unos segundos
en el aire. Cruzo parques donde los perros y los niños no me quieren. Y llego a
un punto alto donde, tras una curva cerrada, se abren las cortinas de Barcelona
y el Mediterráneo, a los lejos, abre los brazos calientes en julio. Y sigo
siempre el mismo circuito.
Ayer por la noche no. Ayer me dio el punto de correr sin rumbo. Crucé las
calles populosas de ese microplaneta llamado
Barri de Gràcia. Aparecí en la Plaça Rovira, luego en Lesseps,
luego en unos cines que no recuerdo y finalmente conseguí, envuelto en aire
caliente, perderme entre pensamientos y callejuelas. Y corrí, sin rumbo, más
del doble de lo que en mí es habitual. Al llegar a casa recordé las palabras de Oliver Cromwell:
nunca se va tan lejos como cuando no se
sabe a dónde se va.
Correr