Cortar las alas de la libertad de las mujeres es una clara estrategia para iniciar la dominación por parte de quien nunca creyó en la igualdad real entre mujeres y hombres.
Para comenzar y sin intención de exculpar a nadie quiero poner en valor la complicidad que algunos de ellos son capaces de desarrollar con la lucha feminista y su apoyo incondicional a esta justa causa.
Voy a contar dos anécdotas personales para ilustrar el sentido de mis palabras. Las dos me ocurrieron con la misma persona con quien mantuve una relación sentimental.
Trabajábamos juntos y al inicio de la relación, muy al principio entré con una compañera a su despacho. Mantuve las distancias de seguridad puesto que nadie sabía nada de nuestra relación. Era en otoño. Solucionamos lo que quiera que hubiéramos ido a consultar salimos del despacho y nos dirigimos al que ambas compartíamos.
Esa noche cuando nos encontramos en su casa él estaba muy serio muy distante. Cuando le pregunté qué le ocurría, sacó sus garras verbales y con la clara intención de hacer daño (eso lo vi mucho tiempo después, como es de imaginar) me espetó que cuando fuimos a su despacho no encontró amor en mi mirada. Que era una mirada fría e indiferente hacia él. Me quedé muerta.
Le intenté explicar/recordar que ambos habíamos decidido no hacer pública nuestra relación de momento y que estaba actuando en esa línea. Su respuesta despectiva fue que en esos momentos solo él podía haber visto mis ojos y, por tanto, no entendía que no le mirara “amorosamente”. No me dirigió la palabra hasta la mañana siguiente. Insisto en recordar en que era muy al inicio de nuestra relación. Yo tenía entonces 25 años.
La segunda ocasión fue por navidad. Mi entonces marido formal (ya habíamos iniciado los trámites de separación) y yo habíamos decidido hacer cada cual un viaje por separado y con quien quisiéramos cada uno. Ambos sabíamos que teníamos nuevas relaciones por que ya lo habíamos hablado.
Decidió que quería enseñarme la Alhambra. Yo ya la conocía, pero insistió en que quería que la viera “con otros ojos”. Y para Andalucia nos fuimos. Se nos hizo tarde y paramos a dormir en Córdoba después de llamar al hotel de Granada para avisar que no llegábamos.
Subimos a la habitación y después fuimos de tapas por el maravilloso centro histórico de Córdoba. Al día siguiente a primera hora fuimos a ver la Mezquita con tanta suerte que la vimos estando solos. Como también solos paseamos por el patio de los naranjos todavía con bruma matinal. En fin, una verdadera delicia, todo hay que decirlo. Pero ¿cuándo no es una delicia pasear por la mezquita y por el patio de naranjos? Jamás la he vuelto a ver igual y la he visitado hasta en tres ocasiones más.
Al día siguiente a primera hora salimos para Granada a “ver con otros ojos” la Alhambra. En fin.
Disfrutamos de un par de días del viaje y ya la última noche mientras hacíamos las maletas, comenté algo relativo a afrontar la vuelta y todas las novedades que me esperaban. Él dijo algo relativo a mi familia y yo le eché una mirada de “por ahí no sigas”.
Nos metimos en la cama y al cabo de unos minutos lo escuché sollozar. Encendí la luz y le pregunté qué ocurría. Su respuesta me dejó helada y sin otra capacidad de reacción que pedir disculpas todo el tiempo. El mal estaba hecho. Había concluido su “operación” de cortado de alas y me había convertido en una dependiente emocional total.
Comenzó a utilizar aquello “no prefieres estar conmigo antes que…” o “el amor todo lo puede y me apetece mucho que mañana no vaya a ver a tus amigos y estés conmigo” y así una larga serie de expresiones que yo acudía rauda y veloz a satisfacer. Sin darme cuenta y creyendo que estaba enamorada había renunciado a mi misma, a mi libertad e incluso a mi dignidad.
Y digo que creía estar enamorada por que creo que confundí el amor con esa dependencia emocional ciega. Después descubrí que el amor es libertad y ayudar a crecer a la persona amada en todos los sentidos, nunca cortarle las alas.
Ese “cortar las alas” como estrategia de dominación y “en nombre del amor” sigue ocurriendo en el día de hoy. Lo sigo viendo en mujeres más o menos jóvenes a quienes no puedes prevenir porque en ese momento eres ciega y sorda para escuchar consejos. Lo viví en primera persona y sé de lo que hablo.
Aquella relación de pareja duró tres años pese a que después continuamos bastantes años como amigos.
Justo en el momento en que comencé a poner límites a algunos comentarios vejatorios suyos a mis actividades y estudios feministas la relación romántica se acabó. Pudimos mantener unos años la amistad, pero con limitaciones a muchos comentarios.
Un día regresé a casa y tenía un largo correo electrónico suyo en que cual vertió todo su veneno y manifestó toda su cobardía. Una vez más intentó ejercer su poder intentando que mi respuesta fuera acceder a sus peticiones. Llamé a un amigo común y me rogó que no me llamara ni contestara su correo. En definitiva, que no hiciera nada.
Le hice caso. Solo le pedía a este amigo común que no me soltara de la mano simbólicamente hablando. Siempre estuvo ahí. De hecho, sigue ahí.
Nunca volví a saber nada de él más que de vez en cuando pregunto por su estado de salud que sé que había algunos problemas.
Este amigo en una ocasión, ya años después, me reconoció que él nunca creyó que “no volvería” a él. Nunca creyó que podría romper aquellas cadenas y reconstruir mis alas para seguir volando. Y lo hice.
Sigo volando en espacios que ni imaginé que conocería, con gente maravillosa en mi vida que me ayuda a crecer y a curar mis heridas. Que me acompaña en mis duelos cada cual a su manera. Amigas que me hacen reír cada día con sus gansadas. Otras que desde la distancia están siempre. Gente nueva ha aparecido desde entonces y otra a quien él conoció, cuando les comenté nuestra ruptura, me contestaron un “ya era hora” y me abrazaron haciéndome sentir más fuerte, porque me transmitían su permanencia en mi vida.
Romper las alas de nuestra libertad y apropiarse de nuestra dignidad como estrategia para dominarnos en nombre del amor. Si solo una persona que pueda leer este post se ve reconocida o necesita ayuda, solo ha de saber se puede salir de una relación tóxica de la mano de gente amiga. Y si alguien necesita mi mano, para salir de este tipo de situaciones, tendida queda.
Hoy, a mis 62 años me siento una mujer libre, en la medida en que el sistema nos permite, vulnerable, como todo el mundo, con mis miedos, con mi curiosidad prácticamente intacta, con ganas de vivir y de compartir la vida con mi extensa familia emocional que no deja de crecer. A quien los cambios la asustan lo justo. Con inmensas ganas de reír porque la risa, aparte de oxigenarnos muy bien, es balsámica para el corazón o aquello que alguna gente llama “alma”.
El “borrado” emocional se consumó hace tiempo, pero hoy quise compartir esto también como forma de exorcizar lo muy poco que pudiera quedar en mi memoria emocional. Desde hace años no le quiero ni en mi memoria, y así se lo dije a este amigo común.
Este amigo y yo cada noche de fin de año nos mandamos un WhatsApp muy simbólico “seguimos de la mano” y así seguimos, caminando de la mano.
Ben cordialment,
Teresa