Costes energéticos y competitividad

Publicado el 20 junio 2013 por Vigilis @vigilis
No sólo de pan vive el hombre igual que no sólo de costes laborales depende la competitividad de nuestra empresa e industria. Los costes energéticos de la industria pesada española, esa industria clásica de grandes plantas productivas muy volcadas a la exportación, llegan a suponer en algunos casos hasta el 50% de los costes productivos. Pensad en siderurgias, industria química, sector de gases licuados, etc. Esos tanques de confinamiento no se van a mantener a -170ºC por la acción del buen rollo.

Proyección de los costes laborales.

Todas estas industrias compiten internacionalmente al mismo nivel en ciertas cuestiones: la productividad del trabajador es similar (es más, el trabajador de la gran empresa en España es más productivo que otros), el precio de las materias primas se somete al mercado internacional, etc. Es la diferencia en la factura de la luz lo que marca la diferencia de competitividad de estas industrias. El aumento de la eficiencia energética tiene unos costes que, no trasladados al cliente, tienen un límite. Si al mismo tiempo, tus costes energéticos siguen aumentando porque aumenta su precio, llega un momento en que entra un señor con una carpeta en la sala y dice «nos vamos». Y entonces la gente llora, se manifiesta y pide subsidios.

Gas natural. Euros por gigajulio para el consumidor industrial. Eurostat, 2012.

Cuando una industria realiza todos los pasos de eficiencia energética que admite la tecnología y su situación financiera, el incremento de la factura de la luz redunda en una caída de la competitividad en una relación directa. ¿Cómo es posible entonces aumentar la competitividad una vez alcanzado el límite de mejora de la eficiencia energética y de la productividad? Haciendo que el coste energético no sea más alto que en países competidores. Y desde luego que no aumente más rápidamente que en aquellos.

Electricidad. Euros por kilovatio hora para el consumidor industrial. Eurostat, 2012. Me haría camisetas con esta gráfica.

El precio final de la energía que paga un cliente industrial depende absolutamente del marco regulatorio del país donde resida. Las tarifas de acceso en España funcionan de forma distinta a otros países de la UE (aquí somos europeos para algunas cosas y no para otras), con el efecto de que aquí son más caras y menos flexibles. Las cuatro suministradoras energéticas que hay en España son muy responsables de esta situación, pero también el estado, que a veces parece el chico de los recados de este lobby energético.
Esta idea se ve más gráficamente en las facturas de la luz de los hogares. Llama la atención que a la potencia contratada y a la energía consumida (más bien transformada, ya que la energía no puede desaparecer) se le aplique un impuesto a la electricidad y, este impuesto se vuelva a sumar a los anteriores gastos para aplicárselo al IVA. Es decir, se paga un impuesto sobre otro impuesto. Dramatización:
—Para cruzar el puente hay que pagar un impuesto de dos maravedíes, parroquiano.
—Espero que merezca la pena ya que la saca no me pesa, alguacil. Toma.
—Eh, eh, no tan rápido. Existe un impuesto sobre el impuesto del puente.
—Pero si ya le he pagado el impuesto.
—Ah, yo no escribo las leyes.
El paisaje no se acaba aquí. Si vamos a la dependencia exterior de combustibles fósiles, es decir, la diferencia entre consumo y producción, vemos que España arroja cifras propias de los países insulares sin petróleo ni uranio (Malta, Chipre, Irlanda...). Recordemos que lo que España paga por importar crudo es una barbaridad (en comparación con países competidores). Siempre fue una barbaridad, pero con el barril a más de 100 dólares, duele más. Once países de la UE tienen un precio de la gasolina inferior al español, quince lo tienen mayor (hablo después de impuestos). Nuevamente es la fiscalidad interna de cada país la responsable de esta diferencia. Y, en el caso español, esta diferencia, como la de la factura de la luz, se exagera por la presencia de muy pocos competidores.

Dependencia energética. Eurostat, 2011. Quizás volviendo a emplear barcos a vela... claro que son muy lentos. :(

Me gusta tanto como al que menos que el estado intervenga un mercado. Pero cuando el mercado es una merienda de patos de cinco listos, no se trata de un mercado, sino de un cartel. Intervenir en un cartel no es atacar al mercado libre. El cartel es lo menos libre del mercado. Es una intervención privada en el mercado para evitar competidores y para evitar que los consumidores puedan marcar precios según su demanda. Ahora que está tan de moda elevar la productividad apuntando a los costes laborales —algo que hay que hacer, ya que en España el coste laboral tendía a ser superior que otros países competidores—, no estaría mal pensar en cómo aumentar la competitividad por la vía de reducir los costes energéticos, transversales a toda la economía.
Fuentes energéticas no convencionales
Parafraseando a Ana Mato (creo): queremos reducir nuestra dependencia energética y mantener el nivel de gasto energético y las dos cosas no pueden ser. Existe un extendido mito sobre cómo las energías renovables convencionales nos redimirán. Me gustaría saber cómo sacas de una central solar la pintura con la que pintar tu bonito coche eléctrico.

:__)

Hay que hacer un gran esfuerzo por regresar al mundo real. Y algo muy importante: la gente no es tonta, pero tiene poco tiempo. Expuesta a un mito, siempre se agarrará al mito, pues abrazar el logos supone invertir un tiempo precioso que valora más emplearlo en otros menesteres. Además, es mucho más tentador esperar que los aviones salgan a su hora cantando el kumbayá a aceptar que alguien nos diga que nos quedan muchas décadas de feas chimeneas. Es más fácil pensar que una gran industria se quedó en la imagen de Dickens, que asumir que seguramente sea más eficiente energéticamente que los botellones del grupo ecologista estándar. Contaba Tim Harford que todo lo que necesitaba conocer de una reunión ecologista era saber cuántos miembros habían llegado en bicicleta. Mito y logos.
Matemáticas, frías y horribles: es posible llegar a un punto en que tengamos salarios tercermundistas y que, debido a los costes energéticos, sigan deslocalizándose industrias. Ah, la realidad, siempre jodiendo nuestros sueños.
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