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Crítica: Rock of Ages (La Era del Rock); unos 80 con filtro

Publicado el 08 agosto 2012 por Banacafalata
ROCK OF AGES (LA ERA DEL ROCK)
Crítica: Rock of Ages (La Era del Rock); unos 80 con filtro
Crítica: Rock of Ages (La Era del Rock); unos 80 con filtro
Título Original: Rock of Ages Director: Adam Shankman Guión: Justin Theroux, Chris D'Arienzo, Michael Arndt, Allan Loeb, Jordan Roberts Fotografía: Bojan Bazelli Interpretes: Julianne Hough, Diego Boneta, Russell Brand, Paul Giamatti, Catherine Zeta-Jones, Malin Akerman, Mary J. Blige, Alec Baldwin, Tom Cruise Distribuidora: Warner Fecha de Estreno: 10/08/2012
GLEEKERS OCHENTEROS
Adam Shankman volvía a ponerse tras las cámaras para dirigir un musical de la misma manera que ya hiciera con el más que aceptable remake de Hairspray, en ésta la adaptación llega desde Broadway como un musical que se presenta como toda un homenaje al rock de los 80. Quizá ahí llega el primer error, sobre todo cuando ves a un Tom Cruise convertido en una suerte de Axl Rose, y esperas que todo sea un homenaje a lo grande a grupos como Guns N Roses, AC/DC o Survivor. Nada más lejos de la realidad, el primer fallo de Rock of Ages lo encontramos en su forma de venderse, reclamando una identidad que no posee en absoluto, disfrazándose y pretendiendo ser algo que en ningún momento llega a ser, ni sabe cómo serlo. Y es que Rock of Ages no sabe viajar a otra época, se convierte en una cinta muy actual, y sabe que para una Believer de hoy el concepto de rock que tiene asimilado es Glee, por eso no es de extrañar que la película y la serie compartan más de medio de setlist, y que incluso su punto climático se produzca con Don’t Stop Believin’ y que sus dos protagonistas de repente muten en unos Lea Michele y Cory Monteith con una vestimenta mucho más glam. Y sí, se podría decir que Rock of Ages consigue por completo su propósito, convertirse en una versión de Glee ochentera, pero sin una pizca de la mala leche que la serie tenía en sus mejores momentos.
En Rock of Ages se podría decir eso de que “just a small town girl” llega a Hollywood con el propósito de convertirse en una estrella de cine, pero claro, es llegar allí y darse de bruces con el suelo, y es que nada más poner el pie en la ciudad del cine verá como todas sus pertenencias le son robadas. Pero tendrá suerte cuando “just a city boy” la salve y la meta a trabajar en el bar de moda de la ciudad, un Bourbon Room situado en una calle que recuerda mucho a las bicoloramente lúcidas de Coppola en La Ley de la Calle, y que es el objetivo de grupos religiosos y también de un alcalde que quiere terminar con él. La única posibilidad para salvar el bar será Stacee Jaxx, la mayor estrella del rock, totalmente pasado de rosca.
Crítica: Rock of Ages (La Era del Rock); unos 80 con filtro
Más allá de lo fallido que resulta el disfraz que se pone, Rock of Ages tiene dos vertientes que colisionan claramente entre sí. Rock of Ages tiene un lado tremendamente divertido y que debería haber sido la opción constante que debería haber tomado, y es que la película cuando se desmelena por completo, y se convierte en una parodia deliberadamente ridícula, llega a resultar totalmente delirante y disparatado. Cada vez que aparecen en pantalla unos Alec Baldwin y Russell Brand que parecen la réplica americana de Antonio Resines y Mario Vaquerizo, la película se desfasa por completo, llegando a un punto álgido en uno de los momentos gays más disparatados y con menos química autoconscientemente de la historia del cine.
Pero por desgracia este no es el tono general de la película y se llega a tomar demasiado en serio a sí misma, se pierde por completo en una historia de amor tonta y demasiado tópica. Personajes como el de Tom Cruise, que deberían haber supuesto el mayor aliciente de la película se plantean de una manera que se aleja por completo de lo caricaturesco, y sólo los que se atreven a hacer el ridículo de manera consciente, como Baldwin o Giamatti, llegan a resultar realmente divertidos. La peor sensación que se queda con Rock of Ages es el de la posibilidad desaprovechada, no es difícil ver el potencial de entretenimiento que tiene una película en la que apenas se salvan unos estupendos números musicales, no es difícil pensar en una película que podría haber dirigido John Waters de una manera mucho más radical y desatada, dónde la crítica hubiera sido mucho más obvio y no se viera difuminada por completo como ocurre aquí. No es difícil tampoco pensar incluso en haberla convertido en una ópera rock increíblemente desfasada, cualquier opción hubiera sido mejor que este homenaje a la serie Glee disfrazado de fiebre ochentera.

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