Revista Cultura y Ocio

Crítica teatral de agua, azucarillos y aguardiente. teatro quevedo

Por Orlando Tunnermann
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19 de abril · La imagen puede contener: 5 personas, personas de pieOrlando Tünnermann18 de abril · AGUA, AZUCARILLOS Y AGUARDIENTE(TEATRO QUEVEDO)
(Muy entretenida, actores monumentales, experimentados, noveles de sólidos cimientos, voces magistrales, una experiencia para repetir, un trabajo plausible).

COMPOSICIÓN MUSICAL DE FEDERICO CHUECA PARA LA ADAPTACIÓN DEL LIBRETO ORIGINAL DE MIGUEL RAMOS CARRIÓN.
En tiempos de mi abuela materna, ¡Qué Dios la tenga en su gloria!, cuando entonces yo era un púber, o sea, un adolescente, recuerdo cómo rejuvenecía su faz senil cuando en la programación semanal uno encontraba abundancia de zarzuelas. A ella le encantaban y su expresión se tornaba juvenil, como una manifestación de fuegos artificiales. Yo, por mi parte, me sentía mucho más acólito o partidario de las apariciones "deíficas" (relativo a Dios, a deidades) de la esquelética Bo Derek y aquella nadería de "Bolero". Y mucho más acólito si cabe a aquellas películas que catalogaban con varios rombos, para denotar que el contenido de las mismas no era apto para críos como yo...
La zarzuela no entraba en mis planes. Eso fue entonces. Ahora, que poco tengo ya de púber pero conservo incólume mi carácter juvenil, he asistido por primera vez a mi primera zarzuela en el teatro Quevedo de Madrid. Me he calzado ánimo castizo para acompañar desde el patio de butacas a la compañía teatral Ditirámbak. Azuzado de curiosidad, (leo por todas partes el parte pregonero de la obra): "Agua, azucarillos y aguardiente", "¡éxito rotundo!" "¡Magistrales!" "¡Récord de permanencia en las carteleras madrileñas!" A ver, es obvio que un escritor reportero infatigable como yo tenía que averiguar a qué se debía tanta epopeya...
Algunos brotes argumentales: números generosos en minutos de insignia cómica, como los del usurero trapacista (tramposo, estafador) Aquilino, que marca sus billetes para fines de dudosa ética y probidad. Seducción, amores que vienen y van o mejor, no saben bien dónde atracar, enredos, mucha "chulería" castiza, barquillos y mantones de Manila que son de una preciosidad pareja a la laboriosidad de sus tejidos policromados, la donosura de la cantarina Anastasia, Asia, los dislates de dos muchachitos pecosos, revoltosos e hiperactivos que corren por el escenario como gacelas africanas, pertrechados con tirachinas y un espíritu zascandil de lo más contagioso, las batallas verbales de Manuela y Pepa, cada una enfrascada en sus argumentos y razones, sólo les falta añadir: ¡Y tú más! Aquilino y sus zancadas por el escenario, que parece dispuesto a horadarlo a base de pisotones; eso, por no mencionar sus ocurrencias metafóricas o "refraneras"... En fin, una experiencia deleitosa para degustar en primera línea del frente, o segunda, que siempre es mucho más elocuente la remembranza personal que el sonido de estos renglones narradores...
Un sólido conglomerado de actores experimentados, de esos que colman el escenario con su mera presencia, coadyuvados por el talento sólido de los más noveles, llevan a las tablas la versión de la obra: "Pasillo veraniego", así fue nombrada entonces, allá por el año 1897 de su estreno en el teatro Apolo de Madrid. Aquel pistoletazo de salida hacia el éxito meteórico que estaba por llegar, contaba en su fórmula mágica ingredientes como el acompañamiento musical del inefable maestro Federico Chueca.
“Agua, azucarillos y aguardiente” cuenta entre sus excelencias con: Humor, momentos de hilaridad impagables, voces cavernosas, atipladas, melódicas, trinos de golondrinas en las voces de Marisol Herrera (Pepa), una mujer lozana y castiza, hermosa y orgullosa allá donde las haya, María Jesús Sevilla (Asia), voluptuosa, risueña, tan joven y pletórica de talento o Pilar Rodríguez (Manuela), poderío "laringítico, "faringítico", bucal y escénico.
Hay momentos durante el espectáculo en los que mantener la compostura domeñada (domesticada) es harto complicado debido a las payasadas divertidísimas de Aquilino, ese casero tan ingenioso e histriónico, Serafín o Lorenzo (Óscar Cabañas), un actor de empaque que no pierde ripio un segundo, gestualidad perfecta y dicción muy castiza, con mucha prosopopeya, como manda la cuestión entre manos...
Un actor demuestra la calidad de la fragua emocional y artística que lleva dentro cuando las palabras son sustituidas por la mímica. Así empieza la obra. Los gestos elocuentes nos cuentan una historia sin necesidad de que las voces delaten los secretos susurrados...
Este preámbulo me parece en sí mismo una inteligente carta de presentación que predispone al espectador al aplauso y la sonrisa. Serafín (Pedro de los Ríos) lo hace todo bien, así, sin limaduras ni peros, versátil y acomodaticio, te emociona y entretiene a partes iguales, Vicente (Edgard S.Millán), domina la locuacidad castiza, el tono chulesco y el donaire que requiere su personaje, Simona (Ester Gastaldi), fogueada, excepcional, Olivia Pablo (Garibaldi) un valor en alza, un diamante por pulir, y ese barquillero (Mateo Pablo), efímera presencia y verosímil apariencia, talante.
Mi reparto de parabienes, que yo distribuyo siempre con el mayor de los respetos y cariño, viene en esta ocasión cosido a un pequeño apunte que me dejó por momentos levemente "desconectado", “fraccionado” en segmentos de estupor, como si en el aire se hubiese producido una brevísima explosión de gas que solo yo pudiese captar con algún tipo de sónar ultrasónico.
En algún instante muy puntual, las voces maravillosas de los cantantes, ellos, ellas, tuvieron un breve descontrol temporal de asincronía. Mis disculpas nuevamente. Mis críticas, en todo caso, son siempre vehículos constructivos que buscan la perfección, siempre desde el respeto, jamás con el ánimo de socavar la profunda devoción y profesionalidad con que rigen sus vidas los actores, músicos, cantantes, rapsodas, intérpretes, dueños de los escenarios. La función es un océano de plata majestuoso, donde las olas fluyen en calma y armonía, con alguna ola revoltosa ocasional que inmediatamente retorna al redil sumisa y servicial. El epítome final se resume en una puesta en escena sin tacha, actores excelsos, voces privilegiadas, humor como para barnizar Madrid entera, una zarzuela totalmente recomendable y cuyos tambores de guerra, que resuenan vigorosos por toda la ciudad, hacen honor a la calidad de este espectáculo en vivo, a su éxito indiscutible y sobradamente merecido. El esfuerzo, el trabajo bien hecho, con tenacidad, ilusión, pasión y mucha práctica, eleva a unos pocos elegidos a los altares áureos, donde brillan por siempre quienes aman su profesión y jamás dejan de soñar y de aprender.
Una postrera reflexión: las emociones no entienden de arte, no hacen diferencias analíticas entre la música clásica o la que mana portentosa de la voz de un barítono, tampoco conocen los argumentos del plateresco, el gótico o el barroco, sólo se emocionan, porque son emociones, porque sin tener conocimiento alguno reconocen el trabajo bien hecho, saben distinguir con instinto primitivo cuál es el semblante de la belleza y la perfección. Por eso, en mi primera zarzuela en un teatro, mis emociones supieron al instante que lo que veían mis ojos era arte en estado puro.
Un abrazo cordial para todo el equipo y todo mi ditirambo (alabanza) para la compañía Ditirámbak.
ORLANDO TÜNNERMANN.

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