Crónicas meseteñas (3): el Barrys

Por Negrevernis

Este reloj paraliza el tiempo.
Quedó parado en algún momento desconocido, congeló un reencuentro, impidió una despedida, permitió, tal vez, una larga noche de amantes. Este reloj paraliza el tiempo y se arrinconan los recuerdos en las teclas de un polvoriento piano cercano. No quedan los nombres de los retratos en gris y blanco de las paredes, una entrada de toros perdida hace treinta años y el sonido silenciado en el aire de una antigua máquina de escribir. Él pide lo de siempre: dos refrescos y una tapa, mientras se me pierden los pasos en las lámparas de piedras y metal; no sé dónde se quedó la luminosidad de la cercana catedral: la atmósfera invita al abandono y a dejarse mecer lánguidamente entre adornos y decorados que harían las delicias de un anticuario. Junto a nosotros, un cartel de mediados de siglo me avisa: aquí hay barbero, y su silla está, efectivamente, en un rincón del local...