lo que nadie dice en voz alta
De todas las emociones que hemos hablado en esta serie de artículos, la tristeza, la nostalgia, la esperanza, la bondad, hay una que casi nadie se atreve a nombrar en voz alta: la rabia.
Y sin embargo, está ahí. La sentimos, la guardamos, la disfrazamos de cansancio o de silencio, porque parece que no encaja con lo que «se supone» que debemos sentir en un momento como este. Se supone que debemos estar tristes. Se supone que debemos tener esperanza. Pero, ¿rabia? Eso incomoda, hasta a nosotros mismos.
La rabia también es parte del duelo
Desde hace décadas, la psicología ha reconocido que el duelo no es una emoción única y lineal, sino un proceso con distintas etapas, y la rabia es una de ellas, tan legítima como la tristeza o la negación. No es una falla en el proceso de sanar. Es, de hecho, parte esperable de él.
La rabia aparece porque, en el fondo, es una forma que tiene el cuerpo y la mente de protestar contra algo que se siente profundamente injusto. Contra la impotencia de no haber podido evitar lo sucedido. Contra la sensación de que el mundo, o la vida, o el destino —como cada quien quiera nombrarlo— actuó de una forma que no debería haber actuado. La rabia es, en cierto sentido, tristeza que ya no puede quedarse quieta, y que necesita moverse hacia afuera en forma de protesta.
No siempre tiene un blanco claro
Una de las cosas más confusas de esta rabia es que muchas veces no está dirigida a nadie en particular. No hay una persona culpable a quien reclamarle. No hay un responsable directo contra quien dirigir todo ese fuego interno. Y esa falta de un blanco claro puede hacer que la rabia se sienta todavía más desesperante, porque no hay hacia dónde canalizarla del todo.
Por eso, muchas veces esta rabia termina saliendo hacia donde puede, no necesariamente hacia donde debería. Y ahí es donde ocurre algo que genera mucha confusión y hasta culpa: la rabia estalla, sin quererlo, contra quienes están tratando de ayudarnos.
Cuando la rabia se dirige a quien menos se lo merece
Esto pasa con más frecuencia de la que se habla. Alguien que llama para consolarnos, y terminamos respondiendo de forma cortante. Alguien que se ofrece a ayudar, y sentimos una irritación desproporcionada ante su gesto. Un rescatista, un voluntario, un familiar bienintencionado, que de pronto se convierte, sin comprender muy bien por qué, en el receptor de una rabia que en realidad no tiene nada que ver con ellos.
Esto no significa que seamos personas ingratas o injustas. Significa que la rabia, cuando no encuentra un lugar claro hacia dónde ir, busca la salida más cercana disponible, y muchas veces esa salida son las personas que están presentes, simplemente porque están ahí, no porque merezcan ese enojo.
Entender esto no es una excusa para lastimar a quienes nos rodean, pero sí puede ayudarnos a mirar con más compasión hacia ellos y hacia nosotros mismos cuando esto sucede. Reconocer «esto que siento no es realmente sobre ti, es sobre todo lo que estoy cargando» puede ser el primer paso para no dejar que esa rabia dañe vínculos que, en realidad, necesitamos más que nunca en momentos como este.
Por qué es importante no guardarla
Cuando la rabia se guarda, cuando se aprieta y se esconde porque «no está bien sentirla», no desaparece. Se transforma. Muchas veces se convierte en un cansancio profundo, en irritabilidad constante, en un malestar físico que no tiene explicación clara, o en una tristeza más pesada de lo habitual, porque toda esa energía que la rabia necesitaba liberar se queda atrapada dentro, sin salida.
Expresar la rabia, de una forma que no dañe a otros ni a nosotros mismos, es parte fundamental de sanar. Esto puede significar hablarlo abiertamente con alguien de confianza, escribirlo, llorarlo, incluso gritarlo si hace falta, en un espacio donde eso sea posible sin lastimar a nadie. Lo importante es que esa energía encuentre un canal de salida consciente, en lugar de salir de forma descontrolada hacia quien menos culpa tiene.
Validar esta rabia sin dejar que nos consuma
No se trata de quedarnos instalados en la rabia de forma permanente, ni de usarla como excusa para tratar mal a quienes nos rodean. Se trata de darle un lugar legítimo dentro del proceso de duelo, en lugar de negarla o avergonzarnos de sentirla.
La rabia, entendida así, no es lo opuesto a la tristeza. Es, muchas veces, su otra cara: la parte de nosotros que se niega a quedarse pasiva frente al dolor, que necesita protestar, aunque no siempre sepa contra quién o contra qué exactamente.
Permitirnos sentirla, nombrarla, y encontrarle un canal sano de salida, no nos aleja de la sanación. Nos acerca a ella.
La entrada Cuando el dolor se convierte en rabia se publicó primero en Coaching para Mamás.
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