Durante los primeros kilómetros del camino, y antes de que amanezca, Luis ya me iba preparando para lo que me esperaba más adelante. Yo conocía perfectamente ese recorrido y tenía grabada en la memoria la imagen de los interminables pinares que acompañaban la llegada al club. Por eso el golpe fue todavía mayor.
Algo había visto en Google Earth sobre los desmontes en las forestaciones de pinos, pero una cosa es mirar una imagen satelital y otra muy distinta es estar ahí. Donde antes había un corredor de pinos hoy aparece un paisaje completamente distinto. El paso de las máquinas no dejó solamente los árboles en el recuerdo; también transformó el suelo hasta volverlo irreconocible. Por momentos costaba creer que fuera el mismo lugar que tantas veces habíamos recorrido.
Son esos cambios que producen sensaciones encontradas porque uno entiende que las forestaciones se cosechan y vuelven a plantarse, pero no deja de impresionar la magnitud del trabajo cuando lo tiene delante de los ojos. El contraste entre el recuerdo y la realidad es demasiado grande como para que pase desapercibido.
Y, sin embargo, la naturaleza siempre encuentra la manera de recordarnos que sigue ahí. A pesar del paisaje transformado, las aves continúan ocupando su lugar. Algunas se fueron, otras aparecerán con el tiempo y muchas siguen acompañando el camino como si nada hubiera pasado.
Estos Pecho amarillo fueron una de esas despedidas que terminan levantándole el ánimo a cualquier pajarero. Un lindo broche para una jornada cargada de contrastes, de recuerdos y también de la esperanza de que, aun en escenarios cambiantes, siempre habrá algún pájaro dispuesto a robarnos una última foto antes de salir al asfalto mientras emprendemos el regreso.
Marcelo Allende/Aves del NEA.