Bajo un sol que no da tregua y los ásperos acordes, destinados a perdurar, de una guitarra, aparece un enigmático señor de mediana edad, desaliñado, apurando el último aliento en un desierto. También el de su existencia. Wenders, el títere de esta obra maestra, no quiere que sepamos mucho de ese señor con gorra desgastada y barba aún peor. Pero ni ahora ni luego. No es hasta bien entrados en el metraje que se nos permite identificar al señor con traje de ejecutivo tiznado por el polvo. Él es Travis. Un loser que como la mayoría de los mortales desconoce su identidad. A partir de ahora el interés radica en averiguar el futuro y el pasado de ese señor de lánguida mirada y zapatos consumidos.
París, Texas es un viaje. Un camino de redención. El punto de partida no es el inicio de la película. La salida la tenemos que encontrar. Wenders nos muestra migas de pan para seguir la senda hasta ubicarla. No es fácil y no hay que apurar. Disfrutemos del viaje sin saber de donde venimos pero sepamos a donde vamos. En el trayecto conocemos a Travis y sin darnos apenas cuenta, ese señor ya calza botas de cuero y se engomina el pelo pero su mirada sigue siendo la misma. Evidencia la derrota, la madurez, el desconsuelo.
Lo peor: que haya alguien que alcance la meta sin encontrar la salida.