Revista Arte

Cuando la expectativa o la espera es una forma de evasión transformada ahora, como el Arte, en una salvación requerida.

Por Artepoesia
Cuando la expectativa o la espera es una forma de evasión transformada ahora, como el Arte, en una salvación requerida.
 

Cuando el Arte empezaba a girar el rumbo de su representación estética, el pintor Jean-Pierre Laurens (1875-1932) seguiría expresando su inspiración con los trazos clásicos o correctos de sus maestros. En el año 1905 crearía su obra La expectativa, o La espera, una obra absolutamente inclasificable. Su iconografía es curiosamente transtemporal, es decir, traspasará un momento temporal concreto para situarse a lo largo de un tiempo ahora indefinido. Ni la vestimenta del personaje ni el recinto retratado nos definen claramente el momento ni el lugar. Pero esto es precisamente necesario para poder expresar el sentido tan confuso de la obra. Esto además es lo que conllevará una apreciación de mágica ensoñación tan confusa para poder expresar ahora un estado personal muy indeterminado. No es solo confusa la ensoñación sino el mismo resultado de la obra. El Arte nos puede representar con bellas formas momentos naturales que inspiren una sensación ajena o desconocida al propio personaje retratado. Esas representaciones consiguen traspasar el instante reflejado para alcanzar ahora otro, de esa forma el sentido estético nos puede llegar a conseguir emocionar, elogiar, confundir o dejar indiferente. En este caso lo que consigue el pintor es confundirnos con el momento fijado en su obra. No hay emoción realmente, no llegará a obtener el pintor con su obra que nos emocionemos especialmente al verla. Podemos elogiarla, eso también, pero, sobre todo, no nos dejará indiferentes. La espera o la expectativa es, como esta representación, un arma de doble filo. Hay en esta obra una salvación y una evasión entrelazadas. Porque la emoción, que no sentiremos al verla especialmente, sí existe en el personaje retratado. Pero es una emoción engañosa, es ese tipo de emoción que no es más que una huida agradable e inconsciente que los seres humanos obtendrán por la imaginación de una ilusión aparente. Por esto la obra no conseguirá emocionarnos, ya que el engaño del personaje nos lo traslada a nosotros la obra, pero, con él, no conseguiremos sentir nada más que belleza. Porque la obra del pintor decadente es lo bastante armoniosa como para atraer la mirada grata de un observador que se place al verla. 

Una simple armoniosa composición, donde un personaje femenino está sentado en el alféizar interior de una ventana gótica, llega a inspirarnos un instante estético de equilibrio y belleza. Esa sorpresa estética es la única emoción ahora, porque no hay un sentimiento definido en la obra que consiga otra. No sabemos si es alegría o tristeza, no sabemos si es una sensación de promesa o de incertidumbre. Pero finalmente entenderemos al pintor al tratar de expresar la confusa manifestación de emociones que encierra la actitud humana de la espera. Por la misma naturaleza de la espera. Porque hay dos caras enfrentadas, o complementarias, en la decisión sobrevenida o calculada de la expectativa. Por un lado la confianza, la salvación, pero, por otro, la confusa sensación interior profunda o inconsciente de una evasión oculta. En el Arte es igual. Su representación subjetiva consigue transformar, en este caso al revés, una evasión inconsciente ahora en una salvación efectiva. Porque ahora es la evasión lo que es algo inconsciente, porque cuando nos acercamos al Arte no somos conscientes de que ello supone una evasión. Pero en la vida es diferente. En el Arte, como en esta pintura, la imaginación acabará salvándonos porque no existe en el Arte el tiempo para poder transpasar con él el sentido de lo incomprensible. En la vida ese sentido está confundiéndonos permanentemente porque nos hace pensar que una espera supone una salvación, cuando no es más que una evasión indecente. En la obra veremos la expresión de una expectativa conseguida estéticamente por la lejanía con la que el personaje se distanciará de todo. Ni mira por la ventana, ni desea ahora leer, ni se aferra a otra cosa. Sólo hay una expectativa decidida. Una sensación muy indefinida además por el hecho de no ver nosotros más que ella lo que esa espera supone. 

La visión ahora es tan confusa como la espera propiamente. Porque existe una sensación y no existe, porque hay una reflexión y no la hay, porque la mirada está alejada ahora de cualquier cosa que no persiga su sentido inconsciente: no ver nada más que su mente ávida. No hay una realidad visible; no puede haberla cuando la imaginación sobrevuela el momento detenido por la sensación inconsciente de una salvación oculta. La representación estética está dirigida hacia el interior no hacia el exterior, es por lo que la interpretación psicológica en esta obra es una acertada forma de entenderla. El personaje además es extraño, oculta todo su cuerpo como un reflejo, tal vez, de esa misma ocultación de su realidad consciente. También su posición es determinante, está ella ahora sentada firmemente entre los muros poderosos de un lugar resistente. Es aquí la metáfora del inconsciente, que es ahora el firme estado interior en donde reposan las emociones o las evasiones o las salvaciones inventadas. Con su mano derecha está dejando claramente apoyada la actitud firme con la que su expectativa no conseguirá variar o distosionar por nada. Está asentada firme ahí, definida en ese momento que, para ella, a diferencia que para nosotros, no es nada confuso. Nada de fuera lo alterará, ni a ella ni a su momento. Y esa espera sobrevenida no es más que una forma de salvarse aferrada a una engañosa evasión alejada de la vida. Pero el pintor nos permitió no emocionarnos con lo visto. No conseguiremos percibir nada emotivo ante la pronta visión agradable de un momento inspirador. Tan confuso como la expectativa... Esta es la grandeza artística de la obra, que no nos determinará a lo mismo que al personaje: el que ahora, con su imaginación, llevará a perseguir un evasivo engaño inconsciente. En nosotros no. En la percepción de la obra ese engaño artístico no resultará lesivo para nadie, todo lo contrario. Porque es la evasión ahora no la salvación lo que será inconsciente...  Ahora sí es una salvación requerida, para eso nos acercaremos al Arte, para obtener así, con una visión estética, una salvación con lo que nunca precisa el Arte: esperar nada.

(Óleo La expectativa o la espera, 1905, del pintor francés Jean-Pierre Laurens, Museo de Bellas Artes de Mulhouse, Francia.)


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