La primera posición, la que lleva a concluir que somos un simple reflejo de nuestra circunstancia, una página en blanco que van rellenando las impresiones que directa o indirectamente ha ido produciendo en nosotros el mundo externo (incluido nuestro organismo), es la que de forma cabal representan el empirismo y el positivismo. David Hume, el máximo exponente del empirismo dejó así expuesta su doctrina: “El Yo o persona no es una impresión, sino lo que suponemos que tiene referencia a varias impresiones o ideas. Si una impresión da lugar a la idea del Yo, la impresión debe continuar siendo invariablemente la misma a través de todo el curso de nuestras vidas, ya que se supone que existe de esta manera. Pero no existe ninguna impresión constante ni invariable. El dolor y el placer, la pena y la alegría, las pasiones y sensaciones se suceden las unas a las otras y no pueden existir jamás a un mismo tiempo. No podemos, pues, derivar la idea del Yo de una de estas impresiones y, por consecuencia, no existe tal idea”. Así pues, según esto, sólo seríamos un resultado de la experiencia, de la acumulación de sensaciones que hemos ido recogiendo del mundo externo. “Los seres humanos –concluye, en fin, Hume– no son sino un haz o colección de percepciones diferentes, que se suceden entre sí con rapidez inconcebible y están en un perpetuo flujo y movimiento”.
A propósito de la forma de estar en el mundo que se deriva de estas ideas según las cuales el yo queda anulado, decía Ortega que “solemos llamar vivir a sentirnos empujados por las cosas en lugar de conducirnos por nuestra propia mano”. Punto desde el cual se tiende a decaer en el fatalismo que abre las puertas a la desesperanza: “Desesperar –decía aquél también, en efecto– es sentir que somos constitutiva impotencia, que dependemos en todo de algo distinto de nosotros”. Al final de esta manera de sentirse empujado por las cosas, de este vaciamiento de sí mismo, espera la depresión. Algo que podemos visualizar a través de las verbalizaciones sobre sí misma que hizo una paciente de Viktor Emil Freiherr Von Gebsattel (1883-1976), destacado psicólogo existencial; se trataba de una enferma de 43 años, diagnosticada de depresión endógena (“depresión mayor”, se suele decir hoy en día), y que confesaba: “Yo no soy yo, estoy desligada de mi existencia. Mi cuerpo está aquí y se descompone. Yo siento claramente en la nariz un olor pútrido (...) No vivo, no siento, mi cuerpo está muerto (...) Mientras yo existo, si a esto se le puede llamar existir, todavía mantengo una posibilidad en mí que me hace estar unida con el resto del mundo, pero de repente desaparece. El vacío penetra en mí y entonces ya no hay ninguna existencia; es como un estado de desvanecimiento. A veces se tiene la conciencia de vacío, pero también desaparece. El vacío se le descubre en una sensación de impotencia, en una infinita debilidad”. Más en concreto, el síntoma que esta paciente exhibía en estas verbalizaciones se denomina despersonalización. Desde el ámbito del arte, podríamos considerar incluido en este contexto lo que una vez dijo Paul Cézanne: “(Los artistas y sus producciones) somos un caos irisado (...) El hombre ausente, absorbido enteramente en el paisaje. ¡La gran invención budista, el nirvana, el consuelo sin pasiones, sin anécdotas, los colores...!”.
La contrapuesta posición que, en su segunda mitad, viene a configurarnos como hombres modernos es la que, por el contrario, nos lleva a sospechar de la realidad exterior, a atenernos exclusivamente a las referencias que proceden de nuestra intimidad, singularmente nuestros procesos mentales. Manifestamos, de esta manera, aquella actitud que, a propósito de la materia, de los cuerpos, del mundo, le hacía preguntarse a Descartes: “¿Qué es entonces lo cierto? Quizá solamente que no hay nada seguro”. “He admitido antes muchas cosas como absolutamente ciertas y manifiestas que, sin embargo, hallé más adelante ser falsas –había dicho, en concreto, el filósofo francés en su Tercera Meditación–. ¿Qué cosas eran éstas? La tierra, el cielo, los astros y todo aquello a lo que llego por los sentidos. Pero ¿qué es lo que percibía claramente acerca de esas cosas? Pues que las ideas o los pensamientos de tales cosas se presentaban en mi mente”. En consecuencia, Descartes sentía que sólo se podía fiar de aquello que había en su mente, puesto que los sentidos son un medio de conocimiento engañoso; así que concluía finalmente: “Yo (soy) una sustancia cuya total esencia o naturaleza es pensar, y que no necesita, para ser, de lugar alguno ni depende de ninguna cosa material”. Resumiendo, afirma Descartes: “yo no soy más que una cosa que piensa”.
En el extremo, esta última forma de mirar y de estar en el mundo conduce a la desconexión respecto de la realidad, a la pérdida de contacto con lo que nos rodea, al solipsismo. Así venía a expresarlo un paciente esquizofrénico de Eugène Minkowski (psicoterapeuta existencial también, que vivió entre 1875 y 1972), que, como resultado de este sesgo en su manera de entender la vida se había, efectivamente, desconectado del mundo: “Todo está inmóvil a mi alrededor –decía– (...) Las cosas (...) son como pantomimas, pantomimas que se ejecutan a mi alrededor, pero en las que yo no entro, yo quedo fuera. Tengo mi juicio, pero me falta el instinto de la vida. Ya no logro actuar de una forma suficientemente viva (...) He perdido el contacto con todas las especies de cosas. La noción del valor, de la dificultad de las cosas, ha desaparecido. Ya no hay corriente entre ellas, y yo no puedo abandonarme a ellas. Existe una fijación absoluta a mi alrededor. Aún tengo menos movilidad hacia el futuro que respecto al presente y al pasado. Se da en mí como una especie de rutina que no me permite considerar el futuro. El poder creador está en mí abolido. Veo el futuro como repetición del pasado”. En el extremo de esta desconexión de la realidad (síntoma de desrrealización es su nombre técnico) aguarda, pues, la esquizofrenia.
No lejos de esta última perspectiva se situaba Picasso, conspicuo representante de la Modernidad, cuando decía: “El mundo de hoy no tiene sentido, así que ¿por qué debería pintar cuadros que lo tuvieran?”. Paul Klee, pintor a caballo entre el surrealismo, el expresionismo y la abstracción, escribía también en 1915: “Cuanto más terrible se hace este mundo, como ocurre ahora, tanto más abstracto se hace el arte”. Carl Gustav Jung, mientras analizaba las expresiones artísticas de sus pacientes esquizofrénicos, concluía: “La problemática psíquica picassiana, en cuanto se refleja en su arte, es de todo punto análoga a la de mis pacientes”.
La suma de los dos síntomas básicos, despersonalización y desrrealización, que, como referencias extremas, vienen a dar contenido a la manera de estar en el mundo del hombre moderno, da como resultado la confrontación con la Nada. “La vida es lo que habría sido yo si no me hubiera esclavizado la tentación de la Nada”, concluye Cioran en representación de ese hombre moderno. La vida es lo que, por fin, Ortega asume que ha de ser el objeto fundamental de la filosofía. “Existir es tener que ser fuera de mí”, dice explicándolo. Ser (yo) y realidad (mi circunstancia, lo que está fuera de mí), pues, en síntesis dialéctica. “La realidad llama a la existencia –abunda su discípula María Zambrano–, al salir de sí; (mientras que) el ser, al embobamiento, al apagamiento tal vez. La situación verdadera del hombre es encontrarse entre ser y realidad”.
Más allá de la docilidad despersonalizada del depresivo, que se deja empujar por las cosas, y de la rigidez desrrealizada del esquizoide, que desdeña esas mismas cosas, aguarda la nueva manera de estar en el mundo que traerá consigo la superación de la Modernidad. Entonces, lo que pasará a primer plano será el yo en su circunstancia, es decir, la vida.