Cuevas, grutas y cenotes: el tránsito al Xib´alb´a entre los antiguos mayas

Publicado el 10 marzo 2014 por Víctor Barrera Alarcón
Tal y como llevo unos días prometiendo por twitter, he conseguido terminar a tiempo mi artículo sobre la visión de los nexos con el inframundo entre los antiguos mayas y, más concrétamente, las zonas limítrofes que separaban mundo del más allá con nuestro, espero que os guste.
Antes de comenzar hemos de detenernos un momento en comprender qué era un "lugar sagrado" para los antiguos mayas, qué sitios eran considerados sacros y cuales no, así como qué significado guardaba para ellos todos esos lugares. A día de hoy sabemos que los lugares sagrados para los antiguos mayas podían responder a dos patrones, siendo un lugar sacro bien aquella ubicación donde el ser humano se encuentra con los dioses o bien donde lo sagrado se manifiesta a los hombres, es decir, en ninguno de los casos se trataba de una elección humana, sino sitios donde se ha producido una manifestación extraordinaria de los poderes sobrenaturales, lo que se suele conocer como hierofanía o kratofanía.
Una vez comentado qué es un sitio sagrado para los antiguos mayas vamos a pasar a enumerar y a explicar brevemente cuáles eran estos lugares sacros. Tal y como podemos imaginar los podemos dividir en dos tipos:
  • Lugares Sagrados "Artificiales" (creados por el hombre): levantados en sitios que han sido escenario de la epifanía de las fuerzas sagradas y que, por sus peculiaridades, se asemejan a los sitios primigenios creados por los dioses. El ejemplo más claro de éstos serían los impresionantes complejos ceremoniales de las ciudades mayas.
  • Lugares Sagrados Naturales: aquellos ámbitos no habitados por el hombre y que están fuera de todo control humano, ya fuesen cuevas, bosques, fuentes de agua... No hemos de pensar que se tratan de lugares de una menor importancia que los anteriores ya que tenemos constancia de que en muchos de los casos los ritos y ceremonias en honor de determinadas deidades en estos lugares naturales se mantuvieron durante la época colonial (e incluso a día de hoy quedan comunidades mayas que siguen manteniendo vivo el culto a estos lugares sagrados). De manera que ha quedado registrado en las crónicas el culto que los mayas tzeltales de Oxchuc realizaban en 1684 en el monte Ik´alaju o el culto que los mayas ch´oles realizaban en 1676 al dios de los cerros "Escurruchán" (referido así en las crónicas). El hecho de que las comunidades mayas del momento realizasen sus rituales en estos lugares naturales puede ser visto como un resultado del haberse visto despojados de sus espacios sagrados, aquellos que había creado su cultura, siendo forzados a privilegiar el único componente del binomio (lugares sagrados artificiales y lugares sagrados naturales) que aún les quedaba: los espacios naturales. No obstante esta visión no se correspondería íntegramente con la realidad, ya que el vínculo existente entre los antiguos mayas y los espacios naturales era muy fuertes en muchos casos, como cenotes sagrados de Cozumel o de Chichen Itzá que serían dos ejemplos válidos, tal fue la importancia de éstos que se los llegó a privilegiar frente a los lugares sagrados artificiales como podían ser los grandes complejos ceremoniales de las grandes ciudades del momento.
Centrándonos un poco más en las cuevas como puntos de entrada al Xib´alb´a hemos de comprenderla dentro de la cosmovisión maya como tres elementos:

Satunsat de Oxkintok

1) Cueva como metáfora de la muerte. Al igual que sucedería en el "libro de los consejos" o Popol Vuh cuando diversos personajes descienden al inframundo para enfrentarse a los dioses que en él moran (los hermanos Hun Hunahpú y Vucub Hunahpú y, posteriormente, los hijos del primero Huanahpú e Ixbalanqué), las máximas entidades religiosas y políticas del mundo maya habrían de emular las proezas de sus héroes. Para ello el Ajaw habría de internarse en la gruta, produciéndose así su muerte ritual y descendiendo así al Xib´alb´a de donde habría de emerger victorioso sobre la propia muerte, es decir, el Ajaw bajaría al inframundo (muriendo ritualmente para ello), se enfrentaría a los peligros que en él le aguardaban y saldría victorioso de él, renacido, vencedor de la propia muerte. Tal era la importancia de las cuevas en este tipo de rituales que en aquellos lugares donde no existían grutas naturales se llegaron a crear, como sucedió en el caso del sitio arqueológico de Oxkintok donde, a falta de este elemento natural, se edificaría su famoso "laberinto de Oxkintok" o Satunsat, una construcción laberíntica que trataba de imitar esas cuevas que conectasen el mundo terrenal con el supranatural, tal y como menciona el doctor Rivera Dorado:
"(...) los que entraban en la cueva artificial recorrían la senda que llevaba a los infiernos, (...) en el Laberinto de Oxkintok penetraban los señores (...) para sufrir una muerte ritual y obtener los secretos de la resurrección y de la vida y para lograr la capacitación para ejercer el poder. (...) Y tanto el astro como el héroe Huanahpú  [así como el Ajaw que descendiese al Satunsatmueren, descienden a los infiernos y renacen más vigorosos y pujantes para traer la esperanza a los hombres y la prolongación del tiempo y de la existencia. (...)" 
RIVERA DORADO, M.; La ciudad maya, un escenario sagrado; Editorial Complutense; Madrid, 2001; pp. 224-226 

Dintel 24 de Yaxchilán en el que podemos
apreciar un autosacrificio ritual donde
la mujer (agachada) atraviesa su lengua
con una cuerda espinada

2) Cueva como escenario. Ya hemos visto que la cueva era vista como un acceso al mundo de los dioses y de los antepasados, pero no hemos de olvidar un elemento muy importante que suele olvidarse cuando se estudia la religión y los acontecimientos religiosos de los antiguos mayas, y es que era uno de los métodos más importantes de legitimación del poder y, por lo tanto, era fundamental que fuesen acontecimientos sobrecogedores y espectaculares para hacer ver al pueblo que el señor era una deidad más. Cuando pensamos en los grandes rituales de los antiguos mayas hemos de ponernos en la piel de los habitantes del pueblo llano, aquellos hombres sencillos que contemplaban atónitos desde los patios de los centros ceremoniales hacia las cumbres de las pirámides en cuyas cúspides se alzaban los templos. Estos hombres y mujeres sencillos desde el mismo momento que entrasen en los patios de los recintos ceremoniales ya se verían sobrecogidos, casi abrumados, por todo el simbolismo que los rodeaba (gigantescas pirámides escalonadas y policromadas coronadas por majestuosos templos donde el sacerdote hablaba en nombre de los dioses, frisos en las bases de las pirámides donde se representaban las escenas más importantes de su historia donde realidad y mito se confundían...), por lo tanto podemos decir que el elemento por el que más se apostaba en esta clase de rituales era lo que podríamos denominar la "puesta en escena", así como el jugar con la sugestión del público. Si aunamos todo lo anterior (un público sugestionado, sobrecogido y lleno de incertidumbre) con el dramatismo de muchos de los rituales que tenían que efectuar los gobernantes en estos actos encontramos la explicación de por qué hablo de "escenarios" y de "puestas en escena". Del mimo modo que hemos hablado de recintos ceremoniales la explicación anterior se puede aplicar igualmente a las cuevas (ya fuesen naturales o artificiales) que conectasen este mundo con el Xib´alb´a de las cuales se llega a decir en muchas estelas "[de estos lugares] emanó Itz", ese elemento que emana de estos lugares sagrados se trataba de un término ligado a las secreciones del cuerpo humano (sudor, lágrimas, semen en el caso de varón o leche materna en el caso de mujer) que tenían que ser derramadas por los señores del lugar, se trataría pues de una sustancia que tenía esencia divina ya que sería la divinidad (el Ajaw) quien vertería sus propias secreciones en estos dramáticos rituales para quemarlos una vez mezclados con su propia sangre (obtenida mediante el autosacrificio, ya fuesen perforaciones realizadas en el pene en el caso de los hombres o perforaciones realizadas en la lengua en el caso de las mujeres).
3) Cueva como morada de deidades. Ya en último lugar hemos de hablar de las cuevas como morada de los seres sobrenaturales, tal y como se las refiere en multitud de ocasiones en la mitología maya. Suelen estar vinculadas con seres relacionados con el inframundo, los antepasados y la muerte, como podían serlo los jaguares (vinculados con el inframundo), los colibríes (considerados como los mensajeros de los antepasados) o las aves nocturnas (agoreras de peligro, enfermedad y muerte). También estarían relacionadas con las divinidades, siendo el hábitat de Tzultacah el dios morador de las cuevas, dios del cerro y señor de la tierra cuya principal función sería la de la protección de los campos y los cultivos. A modo de conclusión voy a compartir una  magnífica plegaria a este dios hecha por un cazador anónimo y recogida por Karl Sapper (geólogo alemán del siglo XIX) mientras realizaba un trabajo de investigación en las Tierras Altas:
"La ofrenda que os traigo no es grande en verdad y pienso que servirá de poco a la hora de alimentaros y que tampoco os saciará la sed. La aceptéis o no, pienso y digo, oh Dios, que sois a la vez mi padre y mi madre. Ahora podré dormir bajo vuestras plantas, bajo vuestras manos, oh Señor de las montañas y de los valles, Señor de los sarmientos y de las lianas. Mañana cuando sea de día y cuando nuevamente aparezca la luz del sol no sé dónde estaré. ¿Quién es mi madre? ¿Quién es mi padre? Solo tú, oh Señor, tú que me proteges en cualquier camino, en cualquier momento de oscuridad y ante cualquier obstáculo que puedes retirar si quieres. Oh tú, mi Señor, Señor de las montañas y de los valles."
HAMMOND, N.; La civilización maya; Editorial Istmo; Madrid; 1988; pp. 310-311
Referencias bibliográficas:-GARZA CAMINO, M. (de la), y NÁJERA CORONADO, M.I. (Coord.); Religión Maya; Editorial Trotta; Madrid; 2002HAMMOND, N.; La civilización maya; Editorial Istmo; Madrid; 1988-RIVERA DORADO, M.; La ciudad maya, un escenario sagrado; Editorial Complutense; Madrid, 2001