Difícil explicar el argumento (¿quién vive?, ¿sumamos los nombres, los rostros, en el momento final?), sus personajes secundarios (¿quién es el hombre que pasea con los dogos?, ¿dónde está el pescador?), a pesar de su aparente sencillez de pesadilla: un turista (Jacques Doniol-Valcronze) se ha perdido en Ístanbul y es guiado hasta su casa por la hermosa conductora (Françoise Brion) de un descapotable blanco, comenzando un romance que se verá truncado cuando desaparezca la mujer, incomprensión que llevará al hombre a buscarla, a encontrarla, a pederla ¿definitivamente?, a perder todo también él.
El universo bizantino de Robbe-Grillet está lleno de hieratismo, de personajes estáticos y situaciones de ensueño, de juegos de memorias y engaños, misterioso mundo contemporáneo y próximo al de cierto Antonioni e inspirador de trabajos posteriores de Lynch, Greenaway o Hal Hartley, lo que te lleva a entender el fracaso de taquilla -no es cine popular- pero no los vapuleos de la crítica avant la lettre. En L’immortelle te abandonas a la inquietud de los planos en el apartamento frente al estrecho, al elegante vestuario de Nina Ricci, a los experimentos con la banda sonora, te exasperas con los cantos de los grillos, las asfixiantes tardes en la arboleda, y mezclas film y vida cotidiana con extraña disolución.
Si la muerte te saluda una noche extranjero en Ínstanbul, debe ser muy parecida a L’immortelle. O eso desearías.
L'immortelle (1963)
En el libro 1001 películas que hay que ver antes de morir (Editorial Grijalbo) no se detallan títulos de A. Robbe-Grillet.