Y así, un buen día, apareció en mi casa un par de cajas llenas de libros. Unos estaban en alemán, otros, la mayoría, en inglés; unos eran antiguos, otros modernos; unos más interesantes que otros… Pero todos contenían la esencia del amor por la lectura y de los buenos ratos que otras personas pasaron leyendo sus páginas, y probablemente también la nostalgia de sus dueños. Y a todo ello se añadió la emoción que sentía yo al abrir las cajas, porque un cargamento de libros es siempre un mundo de maravillosas posibilidades.Y ya adelanto que no, ningún Stephen King esta vez. Entre los libros que allí venían, había, por ejemplo, dos biblias, editadas en Sudáfrica en los años 80 y con el sello de una librería de Cape Town. También había una historia de Chicago, editada en Londres en 1931, y que, ¡ay!, alguien se olvidó de devolver a la biblioteca pública de Benobi (Sudáfrica), como delata la ficha de préstamo adherida en la contraportada.Había también varios libros modernos, de bolsillo, tipo best-seller, de temática bélica y de espionaje.
En total cincuenta y dos libros formaban esta herencia insólita, cuya joya más valiosa, para mí personalmente, es una edición de los Cuentos de Navidad de Charles Dickens, que en su momento fue un regalo de Richard y Jane para Nat, “con los mejores deseos para el futuro”, en la Navidad de 1950.
Como curiosidad, diré que Nat debía de ser aficionada a la repostería, pues entre las páginas del libro guardó una receta de “crepes Suzette al estilo inglés” que recortó de algún periódico.
Y todo gracias a una serie de coincidencias impensables. O a la voluntad de los libros, quién sabe…