De élites y de masas, de la gran historia y la pequeña historia...

Publicado el 31 enero 2014 por Anahi

Y es que los historiadores europeos sólo ven como historia lo ocurrido en un solo vector en los últimos cuatrocientos años europeos, o sea, todo aquello que favoreció a la cultura dinámica y urbana. El resto ya va contaminado de prehistoria, excepto Grecia, que sirve, por cierto, de mito para la ciudad moderna. Una forma profunda de ver la historia seria dividirla, en cambio, entre la gran historia, que palpita detrás de los primeros utensilios hasta ahora y que dura lo que dura la especie, y que simplemente está ahí, y la pequeña historia, que relata sólo el acontecer puramente humano ocurrido en los últimos cuatrocientos años europeos, y es la de los que quieren ser alguien. La gran historia supone la simple sobrevivencia de la especie. La pequeña, en cambio, surge de complicación adquirida por el hombre detras del utensilio grande, que es, ante todo, la ciudad, y que data de las primeras ciudades griegas hasta ahora, claro está, salteando la "oscura" edad media. [...]

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La historia de Napoleón, en cambio, tiene algo de esa soberbia propia del plano del ser alguien, porque pertenece a una élite que finge la ira divina y sustituye a los dioses, fomenta la industria y el comercio y se radica en las capitales. A ella nada le importa la gravitación de la especie que alentaba, por ejemplo, en las masas que acompañaban a Napoleón en sus luchas, o a todos aquelllos que seguían a San Martin y que luego fueron los montoneros. La pequeña historia es la de la elite, que supone estar moviendo a la masa de la gran historia.

Cuando San Martín realiza su campaña, mueve masas, y cuando fundamos nuestra historia sobre el individuo San Martín y sobre las masas que lo acompañaron estamos haciendo historia, o sea, historia de elite, o sea que jugamos a la soberbia de ser hombres racionales en medio de una masa que no lo es. Pero la pequeña historia de San Martin no puede evitar la gravitación de la gran historia del gliptodonte, que alienta detrás de los acontecimientos. La historia menor lleva como una carega la a historia grande. Es la carga irracional, que hace que la historia tuerza de pronto sus rumbos en forma imprevista y avance a ciegas en medio del asedio de la gran historia. Y es porque ésta anuncia y acusa constantemente la falta de humildad y de realismo de la pequeña historia. [...]

[...] Una historia de elite es la de los faraones, la de Pericles, la de Belgrano, la de Mitre o la de San Martín. Ella responde al prejuicio sobre los héroes aristocráticos o, más bien, a la idea bárbara de que el héroe tiene en sus manos los destinos de un pueblo. Pero la historia real, la gran historia, demuestra lo contrario. El verdadero ritmo de de la especie está dado por la masa, ese residuo que va al margen de la elite y que los historiadores de oficio sólo registran a través de alguna revuelta anodina y sórdida. Por eso la masa, ya sea en Francia, en China o en Bolivia, mantiene el ritmo prehistórico de la especie, en ese plano de la humildad del utensilio pulimentado. [...]

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El mejor ejemplo de la influencia de lo indígena y de la geogrfia lo tenemos en la acción politica y militar de Manuel Belgrano. Era natural que en las aspiraciones de libertad politica, a la manera de la Revolución Francesa, entrara la creación de una nación, como si ello dependiera de la simple voluntad de unos individuos. La expresión de esa actitud se refleja en el propósito de Belgrano de desalojar a los españoles del altiplano. Belgrano encarna, indudablemente, el momento dialéctico, en el cual la antítesis, o sea lo europeo, enfrenta a la tesis, el indio y la geografia de América.

Él era el representante de una pequeña elite de Buenos Aires que se habia empeñado en incorporarse al tráfago occidental de la creación de objetos, lo que llamamos sintéticamente como ser. Y Belgrano estaba en el plano del ser alguien, porque pertenecía al mundillo de los creadores de grandes ciudades, que jugaban a ser los dueños de la naturaleza en un mundo sin dios y sin creencias.

Cuando se planteó la necesidad de sitiar a los españoles en su propio centro de operaciones, Belgrano empleó el criterio de la recta, que mediaba entre Buenos Aires y el altiplano. Era, al fin y al cabo, un técnico, que había fundado las escuelas de Dibujo y Náutica y la de Matemáticas, y entendía las cosas a la manera de la burguesía europea, como voluntad y creación. Después de todo lo respaldaba la necesidad de una industria y la convicción de ser uno de los creadores de la ciudad argentina. Es asi como equipa su ejército e invade el altiplano por la Quebrada de Humahuaca. Sin embargo, sufre los desastres de Vilcapugio y Ayohuma. ¿Por qué? Porque quería mantenerse fiel a la linea histórica, por asi decir, euroasiática, y para ello empleaba un instrumental que era útil en la llanura pero no en la altiplanicie.

Además, Whittlesey considera que el altiplano, desde el punto de vista geopolitico, era un lugar inexpugnable. No se lo domina sino por el lado del mismo altiplano, de tal modo que no era posible tomarlo desde la llanura. Por eso fracasó Belgrano. Asi lo entendió San Martin, porque era natural que otro emprendiera la tarea. La actitud técnica exige una experiencia para lograr el beneficio. Si no se hubiese anticipado Belgrano, el mismo San Martin habria operado según la linea recta y también habria ascendido por la Quebrada de Humahuaca.

Pero San Martin elige el otro camino, el del Pacifico, para vencer a los españoles en el mismo Perú, haciéndolo cerca mismo de la costa, a la manera europea. Entronca asi con una experiencia netamente republicana y occidental y esquiva el altiplano. Pero el triunfo de San Martin fue aparente, se redujo sólo a la costa. El altiplano siguió siendo indigena. Eso no le importaba ni a Belgrano ni a San Martin. La cuestión planteada entre ellos y los realistas era puramente occidental. En verdad, se trataba de ampliar la pequeña historia emprendida por Occidente y urgia cancelar ese fondo de prehistoria y atraso que subyacia en América. Y lo hacen esquivando la altiplanicie porque en ella estaba radicado el indio. Claro que es curioso anotar que ambos habian llevado a cabo sus empresas utilizando el mestizaje gaucho, quien, en el fondo, participaba del viejo planteo del mero estar y recurria a la guerra sólo porque no tenia otro medio de vida. Quizá por estas razones, la posición de éstos no fue muy definida y luchaban indistintamente del lado patriota o español. Por parte de sus jefes, en cambio, el deseo de aprehender la dinámica occidental era tan grande que no habia tiempo de reflexionar sobre el significado de sus acciones. Era cosa de fundar lo argentino en la línea europea frente a lo indigena y luego seguir adelante. Quizá todo se arreglaria después con escuelas, en donde todos se empeñarian en volcar ese afán de teoria y coacción que era necesario para mantener en pie la victoria obtenida por San Martin. En todo se trasuntaba un desesperado afán de ser alguien y ese mero estar, que andaba en las quebradas y en las caras rugosas de los soldados, no era de buen augurio. Frente a éstos, era mucho más conveniente hacerse el occidental. Ninguno de los patriotas tenía otra concepción del mundo que la de cualquier ciudadano francés de ese siglo.

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* Obras Completas, TII; Edit Fundación Ross, Rosario, 2000 ( Los enlaces y las imágenes aquí son agregados míos; éstas son representaciones de la llamada Cultura de la Aguada. No están incluidas las llamadas a pie de página.)