Vómito. Bilis. El estómago se rebela ante una cita importante. Oliver es abogado. Se coloca la corbata en frente del espejo del baño. Se limpia el sudor de la frente con la mano y se mira a los ojos verde oliva. Se mesa el cabello pelirrojo recién cortado.
Tira de la cadena.
Vuelve a la mesa del despacho para repasar sus documentos. Es inútil. Está demasiado nervioso. Se levanta y vuelve a aflojarse la corbata. Camina en círculos por el despacho. Pasea su metro ochenta sobre la moqueta. Necesita tranquilizarse. Empieza a silbar una vieja canción que su padre le cantaba de niño. Siempre le ha tranquilizado.
Piensa en su hermano. Le ve, espigado, entre los dos palos que unían una cuerda de tender y que ellos usaban como improvisada portería. Apremiándole para que tire. Tan arrogante como siempre. Tan parecidos y tan diferentes.
El abogado camina por los largos pasillos del juzgado, lleva la toga puesta y porta un maletín en su mano derecha. Por el pasillo, frente a él, ve a su hermano acercarse custodiado por dos policías.
Vómito. Bilis. El estómago se rebela ante una cita importante. Benjamín está preso. Se sacude la ropa con las manos, en frente del pequeño espejo de la celda. Se limpia el sudor de la frente con la mano y se mira a los ojos verde oliva. Se mesa el enmarañado cabello pelirrojo.
Tira de la cadena.
Vuelve al catre para pensar en su situación. Es inútil. Está demasiado nervioso. Se levanta y vuelve sacudirse la camiseta. Camina en círculos por la celda. Pasea su metro ochenta sobre el cemento. Necesita tranquilizarse. Empieza a silbar una vieja canción que su padre le cantaba de niño. Siempre le ha tranquilizado.
Piensa en su hermano. Le ve, espigado, en medio de la calle. Tiene en las manos con un balón hecho polvo que coloca con mimo en el suelo, preparándose para chutar. Tan metódico como siempre. Tan parecidos y tan diferentes.
El acusado camina por los largos pasillos del juzgado, lleva un mono de color naranja butano y dos policías le custodian. Por el pasillo, frente a él, ve a su hermano acercarse.
Se encuentran justo en la puerta. Se abrazan y se sonríen. “Esto está ganado”, piensan ambos al mismo tiempo. Las puertas de la sala donde se celebrará el juicio se abren y entran al unísono las dos caras de la misma moneda. Imposible negar que, a pesar de todas sus diferencias, son hijos de la misma rama.
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