¡Ay…, Ay…, Ay…! Sí, buenas y tormentosas tardes, al menos por estas tierras de Dios. Hoy os quiero transportar a un lugar que parece salido de un cuento —muy apropiado para este blog, ¿no creeis? —, pero de un cuento de aventuras, de esos que leíamos de pequeños sobre cinco chavales/as y sobre otros siete —Blyton era un genio de mujer o, como es “correcto” ahora, una genia—: me encantaban y ¿sabéis?, llevaba a la práctica sus aventuras con mi pandilla; bueno, no exactamente las de ellos, sino las mías, las nuestras…: investigábamos, nos comunicábamos por señales de morse con una linterna, por la noche…¡qué tiempos tan felices, aquellos! Creo que he sido uno de los niños que mejor se lo ha pasado con sus amigos…si os contase más cosas, como se dice hoy en día, ¡alucinaríais!...pero, hoy no toca hablar de mí…El lugar al que someto a vuestras dotes adivinativas apareció, hace tiempo, mucho tiempo, cuando el cine era en blanco y negro, en alguna película —un secreto: yo no la he visto, ni la conocía, pero creo que fue buena y conocida…al menos por la gente de la comarca…— de amaneceres antiguos.
Un cariñoso abrazo, amigos en este blog.