Es de otra galaxia porque sonríe llena de penas y porque no le cuenta a nadie cuánto dolor se le va quedando en los bolsillos, ésos que lleva vacíos de euros porque dice que los tiene rotos y que así seguirán porque no sabe coser.
Me cuenta sus cosas porque sabe que yo no las voy a recordar. Es feliz, me dice, sabiendo que sus tristezas no se me quedarán dentro porque el monstruo que me habita se alimenta de sus cuentos.
Y ella viene, desde hace mucho, a darle de comer a este bicho que se me está llevando las historias que he vivido. Dice mi cuentacuentos que la que viene de otra galaxia soy yo porque me empeño en escuchar sus historias, sin haberla conocido de antes. Antes, cuando su vida y la mía eran vidas normales.
Hubo un tiempo en el que estuvo loca. La gente de La Tierra sabe que es inhumano perder el juicio: la tortura más terrible que pueda sufrir una persona cuerda.
Y es así de horrible porque no te vuelves loco de la noche a la mañana, no, qué va: la locura es un proceso lento, en el que te vas deformando y del que acabas transformado en algo distinto a la persona que se asomaba al espejo las mañanas de la vida de antes de todo.
La segunda tortura más tremenda es ver cómo se hacen humo tus recuerdos, cómo poco a poco se te van olvidando los personajes de tu vida, los olores que te hicieron feliz, las palabras que te mataron o que te salvaron.
Sólo los de esas dos galaxias nos entendemos.
Yo recuerdo, todavía, cuándo dejó de ser de este mundo. Sé cuándo apareció en el mío, sin esperarlo, como suceden las mejores y las peores grandes cosas de la vida. Un día, después de ir a conocer al hijo recién nacido de una de sus amigas, se perdió por los pasillos de este hospital y apareció hecha un trapito lloroso en mi habitación.
Hacía un par de años que había conocido a alguien y en esos dos años, acabó como Juana, la Loca.
– Pobrecita ella, que nadie la entendió. Pobrecita yo, que nadie me entiende, me decía sin perder la sonrisa.
Empezó a perder el juicio al tiempo que yo empecé a perder las llaves del coche, el nombre de mi primer novio y el número de mi tarjeta de crédito. Una mañana, se dio cuenta que de aquella telaraña no saldría viva y decidió aparentar sonrisas en un cuerpo muerto. Su historia no era bonita, por mucho que intentara decorarla. No era una loca “con papeles”, pero había perdido la dignidad y eso, a muchos efectos, es perder el juicio. Todo era raro en su vida y todo en ella, esfuerzos por ver algo donde sólo había nada. Vivía cerca de aquí y venía a verme a menudo.
Yo sabía cómo le había ido la semana, cuántas citas había tenido, cuántas había visto desaparecer…observando la fuerza con la que abría la puerta.
– “Pasa, preciosa, y cuéntame qué tal te ha ido esta semana” y en esa bienvenida que yo le ofrecía, ella se encontraba en casa. Válgame, Dios, que menos casa es cualquier cosa esta habitación fría.
– Pues bueno, ahí vamos. Creo que voy a dejarlo. Esta vez, sí. Ya estoy harta de ser invisible, coño, que yo soy bonita.
– Claro que sí, preciosa. Claro que sí.
Sé quién eres. Y sé hasta dónde puedes llegar con ese tipo. No gastes más energías en esa historia. A veces, y eso lo aprendí hace mucho, no te quieren como tú quieres. Y eso no significa amor de primera clase o de segunda: sencillamente, que esa persona no puede llegar al 100%, por las razones que sean. Y ese hombre no llega ni al 25%. Yo te digo que ni se te ocurra conformarte con eso, qué menos que lleguemos al 50%.
– Pero si yo vivía bien, en serio, que he aprendido a mantenerme de los abrazos que me da. Los disfruto como si fueran tesoros. Para mí, lo son. He aprendido a cuidarlo en silencio. Siempre estoy pendiente de él, pero a una distancia prudencial. Es mi manera de estar. Nunca le pediré más de lo que sé que no me puede dar. Te sonará tremendo, puede ser, pero es así.
– Sí que me suena tremendo, sí. Tú eres de otra galaxia, niña: ¿no te das cuenta de que no te quiere? ¿Por qué no dejas de pedir amor a quien no lo sabe dar?
– Si ya lo sé, te prometo que lo sé. Y ya te dije y te escribí hace meses que prefiero esos trocitos de él a no tenerte. Verlo a ratos me hace ser feliz. Y no pido más. Pero bueno, supongo que ya me he cansado de esto. Creo que ya no quiero seguir así.
– Ya, claro. Mira, linda, si recordara las veces que te he escuchado decir lo mismo, sería un milagro y tú, una eminencia porque me habrías curado este Alzheimer que me está consumiendo, pero no.
Sabes qué tienes que hacer y te aseguro que sabrás cuándo hacerlo. Todavía no estás preparada, pero lo estarás: será cuando menos lo esperes, un día, una noche, sin más dramas que un Adiós. Y te aseguro que te pasará. Si de algo me sirve la memoria que me queda es para recordar algo: al amor sólo lo mata la decepción, mi linda, y la decepción es acumulativa: no se esfuma, no se borra. La decepción pesa y, una vez que llega, ya no desaparece.
– Gracias, ¿quieres que te escriba algo más en nuestra libreta de los cuentos que no se borran?
– Quiero que me escribas que eres feliz.
Recuerdo esas conversaciones porque me las escribe en una libreta mágica, dice ella. Es la de los cuentos escritos y en ella, leo siempre que le digo que quiero que sea feliz.
Hace un par de días vino y me contó cosas que ya no recuerdo. En esos momentos, más que nunca, me siento de otra galaxia.
Hoy, en su cuento, he leído algo bonito:
” Anoche eché a la hoguera las tristezas de estos tres años. Empiezo a ser feliz. De todo lo feo de este mundo raro, tú eres mi recuerdo bonito y te lo escribiré cada día hasta que se me acaben las letras de esta galaxia.
Te quiero.”
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