No es la primera vez que escribo sobre el servicio que presta Titsa a los ciudadanos de Tenerife. Ya lo hice en otra ocasión a propósito de lo maleducados que están algunos de sus conductores, que ni siquiera se molestan en contestar a los “buenos días” de los viajeros, apenas despegan la papada de su pecho para aclarar dudas de los clientes y ni siquiera miran a los ojos para contestar. Vamos, para declararlos Bien de Interés Cultural a todos ellos. Pero, estimados lectores, en esta ocasión quiero centrarme en otra cosa que me corroe por dentro cuando veo cómo Titsa puso a posar en el Auditorio de Tenerife a sus nuevas guaguas, recién compradas, acicaladas, verdes como ellas solas y modelazas. Qué bonitas quedaban con el fondo blanco de la obra de Calatrava. Sin embargo, ¿de qué presume Titsa? ¿Cómo no se le cae la cara de vergüenza?
Recientemente he tenido la ocasión de currarme un reportaje sobre las frecuencias y los recorridos de las guaguas para conectar a los vecinos del Suroeste de la capital tinerfeña con el centro. Sólo diré que ¡viva el transporte público! ¡Así da gusto dejar el coche! Ironía, claro. Pero no es de eso precisamente de lo que quiero hablar hoy. Lo que me propongo es romper una lanza a favor de las personas que van en silla de ruedas y también de las que son ciegas. Así que ahí va: Dedico este post a las primeras, que se ven obligadas a esperar y esperar en las paradas hasta que tienen la suerte de que pase una guagua adaptada; que no pueden hacer planes ni moverse por la Isla a su gusto porque Titsa no tiene sus autobuses (me permito peninsularizar la palabra) preparados para dar servicio a todos los ciudadanos. Y también dedico el post a las segundas, a las personas que tienen que adivinar en qué parada deben bajarse porque no hay ninguna megafonía que les anuncie cuál será la siguiente. Un abrazo para ellas.