El brillo me deslumbra. De siempre.
Quizá el hecho de haber sido toda mi vida una raza de noche me ha empujado a buscar el brillo en los demás, el brillo que falta en mí. Encontrar en él una especie de atracción irremisible que me da la vida al mismo tiempo que me deslumbra. Como el muñeco de nieve que se acerca al fuego en busca de calor sin saber que eso le buscará su perdición.
Por eso, el brillo que creísteis ver en mí, solo era el reflejo de quienes me han rodeado, de su luz interior que he intentado absorber tratando de hacer mía.
Que yo nunca he sido un príncipe.
Que yo me convierto en calabaza cuando dan las doce, y sigo sumergido en cualquier antro oscuro, demasiado ocupado en destrozarme la vida a base de disparos de alcohol como para ver que aún hay alguien que espera mi regreso, pero consciente de que estoy en lo mejor de mi decadencia.
Que las puertas que se abrían a mi paso eran solo la consecuencia de las ventanas que se iban cerrando tras de mí. Que a fuerza de intentar encontrar el tren adecuado, he intentado montar en todos los que pasaban frente a mis ojos. Y que los he perdido. Todos.
Que al final, todos los que os habéis cruzado conmigo, al final, habéis buscado quien pudiera daros lo que yo, nicotina y alcohol, pero sin esa fastidiosa dosis de fracaso que acompaña a cada uno de mis pasos.
Pero que sigo en pie. Que los que dictaban mi sentencia y preveían la hora de mi fin nunca comprendieron que jamás me rendí, que siempre quise fracasar. Que todo era parte de un enrevesado plan que me conduciría a algo.
Ese algo que aún no sé qué era.
Porque siempre he estado demasiado ocupado trazando un plan para conseguir un objetivo que nunca definí.
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