Recuerdo que una vez, preparando un examen con dos compañeros de clase y repasando un tema determinado, dije yo que “en aquel momento, la preocupal principación era…” Los tres nos reímos, claro, pero uno de mis compañeros no tuvo suficiente con eso y, queriendo hacer befa y mofa de mi desliz, él mismo se deslizó cuando dijo: “¿Es que tú no puedes decir de dejar tonterías? Con lo que se cumplió aquello de “en el pecado lleva la penitencia”.
Pero lo importante del asunto no es que el burlón quedase burlado, sino la cuestión en sí del desliz, del resbalón, del lapsus linguae. O, como se dice en inglés, del spoonerism, palabra derivada del nombre de William Archibald Spooner, rector de Oxford en el siglo XIX, que, según cuentan, tenía este tipo de deslices con mucha frecuencia.Por ejemplo, en el caso de mi famosa preocupal principación, tenemos dos elementos: preocupación y principal, un sustantivo y un adjetivo, entre los cuales se produce una metátesis -un intercambio de lugar entre los sonidos de los dos elementos- y una anticipación: antes de que yo terminara de pronunciar preocupación mi cerebro ya estaba anticipando la pronunciación de principal, y, con esas prisas, me hizo mezclar ambas palabras. Pero ¿verdad que “preocupal” y “principación” suenana sustantivo y adjetivo? ¿Que podrían perfectamente ser un sustantivo y un adjetivo reales? Eso es porque la estructura de estas palabras, aunque sean erróneas, se ajusta a las estructuras que esperamos que tengan sustantivos y adjetivos, y como tales están colocadas en la frase. Es como si completáramos un puzle con piezas que no le corresponden pero que encajan perfectamente en el todo porque tienen la forma y el tamaño adecuado.
Todo esto a mí me parece una prueba más de lo mágico y maravilloso que es el lenguaje humano; de cómo su articulación, sus mecanismos, sus trucos y recovecos, son una fuente sin fin de sorpresas, un pozo sin fondo de posibilidades. Algo que, siendo tan nuestro, tan inherente a nuestra condición humana y tan cotidiano, sigue teniendo al mismo tiempo secretos y misterios que nos sorprenden a cada momento.
Y todo esto también me hace pensar en una de las características esenciales del lenguaje humano: la arbitrariedad. Pero ése es otro tema del que, si acaso, podríamos hablar en otra ocasión.