Día 5: Estancia en Monnickendam y vuelta a España (18 de septiembre)

Por Marbel

En esta última entrada de mi viaje a Ámsterdam y alrededores de septiembre del año pasado, voy a hablar de un pueblecito de las afueras de Ámsterdam donde nos quedamos a pasar la última noche: Monnickendam. Como llegamos allí casi de noche, lo visitamos principalmente al día siguiente por la mañana, antes de regresar a Ámsterdam para coger el tren al aeropuerto. Es un pueblo muy bonito y tranquilo, que nos sirvió para desconectar del bullicio de Ámsterdam, y de paso conocer algo diferente de Holanda.

Esta visita no fue planificada, simplemente surgió porque encontramos un couchsurfer que nos ofrecía alojamiento en su casa para aquella noche en la que no teníamos sitio donde quedarnos en Ámsterdam. Lo que al principio pareció ser un incordio, luego nos pareció una suerte, ya que el pueblo merecía mucho la pena de visitar.

Cogimos un autobús desde Central Station a Monnickendam y llegamos allí como a las 8 de la tarde. Llevaba apuntadas las instrucciones para llegar a casa de nuestro couchsurfer. Ya estaba anocheciendo cuando nos bajamos del autobús y nos costó un poco llegar, pero al final lo conseguimos. Allí nos esperaba Constantijn, que así se llamaba nuestro couchsurfing, y su casa era la más impecable y ordenada que haya visto jamás. Nos contó que trabajaba en una quesería en un pueblo cercano, algo que nos hizo mucha gracia. No podía ser más típico, quedarnos en casa de un quesero en Holanda, je, je.

Cenamos algo rápido y después nos llevó a dar una vueltecilla por el pueblo que estaba prácticamente desierto. Entramos a tomar una cerveza en un pub muy grande y elegante, el cual estaba totalmente vacío. La verdad que era un contraste pasar del ambientazo de Ámsterdam a este lugar tan tranquilo y tan apagado.

Al día siguiente, Constantijn se fue a trabajar muy temprano, y nos levantamos justo cuando se marchaba. Nos despedimos de él también en ese momento, ya que cuando regresáramos para coger nuestro equipaje, él no estaría aún de vuelta. Le agradecimos su confianza porque nos dejaba la llave de su casa con toda tranquilidad. Intentamos ser muy cuidadosas ya que, como he dicho antes, su casa estaba impecable y casi daba miedo estropear algo.

Salimos de su casa poco antes de las 10 de la mañana para ver el pueblo de día. Sabíamos que teníamos tiempo de sobra pues el pueblo era muy pequeño.

Enseguida nos plantamos en la calle principal donde se pueden ver edificios notables como una Casa de Moneda del S. XVII y la Torre Speel (único edificio que se conserva de la época en que se fundó la ciudad, en 1355). Hay que decir que esta ciudad era más grande cuando se fundó, y que muchos de sus edificios antiguos fueron destruidos por varios incendios.

Seguimos caminado por esa calle, admirando las bonitas casas que allí había. Nos llamó la atención lo perfectas que eran todas, cuidadísimas, limpísimas, ordenadísimas, vamos, que Constantijn no era un caso raro allí, todos eran como él en el pueblo. Las tiendas también eran de lo más monas, algunas con escaparates muy curiosos. A pesar de ser de día, no había apenas nadie por la calle; sin duda alguna, aquel era un pueblo muy pero que muy tranquilo.

Nos dimos cuenta que en muchas casas tenían un cuadro con un dibujo encima de la puerta. Nos preguntábamos si tenía que ver con el oficio de la familia que allí vivía.

Llegamos al canal, muy bonito como podéis ver.

Después llegamos a una carretera, cruzamos un puente y nos encontramos con una especie de lago cerca del mar. Este es un pueblo de pescadores, y en el pasado fue un importante puerto.

Volvimos al pueblo, y atravesamos de nuevo la calle principal. De camino vimos algunas casas más que nos llamaron la atención.

Tuvimos suerte que al llegar a la Torre Speel, en ese momento el reloj iba a dar las campanadas. Es de lo más curioso porque salen unas figuritas con caballitos dando vueltas mientras suena una musiquilla. Me encantan los relojes medievales como este.
Llegó el momento de regresar a casa de Constantijn para comer y coger nuestro equipaje. A eso de las 4 de la tarde nos marchamos de allí, dejando antes su llave en el buzón. Cogimos el bus de vuelta a Ámsterdam y por el camino disfrutamos de los verdes paisajes holandeses. Cuando volvimos a Ámsterdam se puso a llover, así que al final no pudimos dar un último paseo cerca de la estación como pretendíamos. Fuimos a coger el tren al aeropuerto, y así terminaba este corto pero intenso viaje en Holanda, mi segunda visita al país.


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