Día de magia

Por Calvodemora


A día de hoy, en mis cuarenta y muchos, todavía no he dejado de pensar en la bondad de los Reyes Magos de Oriente, en toda la magia con la impregnan los sueños de los niños. De pequeño, bendecido por la inocencia, brincaba de la cama, organizaba una fiesta en el pasillo y desparramaba todos los regalos, ideando cómo jugar con todos a la vez, de qué manera no perder un minuto de placer antes de que se acabase el festín de los sentidos. Porque incluso entonces uno entendía que las cosas buenas tienen un plazo. No lo sabe de un modo nítido, no tiene las palabras que lo verbalizan, pero comprende el concepto primario de inicio y de fin. Lo que hoy descubro no deja de ser un festín también. Importa muy poco que la inocencia haya sido barrida por la experiencia, pisoteada a veces; de verdad que importa lo justo que tengamos noticia del fraude. La magia, cierto tipo de magia, persiste. Lo hace de un modo épico, venciendo todos los obstáculos del mundo, dejando atrás todos los impedimentos posibles, adquiriendo la suficiente fuerza como para no dejarse importunar por el caos, por el vértigo y por la fiebre, que son los males del mundo y los que lo tienen enfermo. Hoy el mundo debería exhibir una salud de roble, sin que nada malograse la felicidad sencilla, muy primaria, muy frágil, de que por unos minutos, ojalá fuese más tiempo, todo marcha bien y la vida es un regalo y hasta la tierra gira en armonía con el cosmos. No sucede nada de esto, no es una fiesta que hoy los Reyes Magos de Oriente entren en unas casas y pasen de lado por otras. No lo es que las noticias cuenten el dolor y lo cuenten otra vez y sepan que contarlo es un negocio. Yo me quedo con mi taza Breaking Bad para el café, que estrenaré hoy, una con Walter White diciendo que es el que llama, el jefe, el puto amo. Me sigue fascinando la magia de una mañana perfecta. Lo era cuando yo era un niño y mis padres se esmeraban en que algo me esperase a pie del árbol, lo fue después, cuando yo tuve los míos, y lo sigue siendo ahora, cuando ya somos todos adultos y a ninguno se le escapa que los Reyes no existen y que todo depende de la salud de la libreta de ahorros. Los míos, mis reyes de anoche, han sido espléndidos. Me he debido de portar muy bien, he debido ser un chico bueno, uno que no ha hecho mucho mal a nadie. Es imposible no hacer alguno, es del todo imposible que no haya habido un día en que alguien te haya mirado aviesamente y te haya deseado carbón, pero no se cumplieron sus pronósticos, no anoche, al menos. Espero que por aquí, entre quienes leen lo que voy soltando, la magia les haya ocupado el pecho y haya dibujado una sonrisa en la cara. En lo demás, en la celebración del resto del año, uno desearía que no se perdiese esta voluntad, que no se acabara despeñando por las cunetas de los días, las que van alfombrando el camino, no sabemos bien a cuento de qué, como si debiéramos ir superando pruebas y merecer, qué sé yo, el aplauso al llegar a la meta. Quizá el problema es que todo se maneja como si fuese una carrera y tuviésemos que figurar en una lista, en un ranking que cuente quién llegó el primero, en cuánto tiempo, si muy cansado o fresco y con ganas de continuar. Esta felicidad de hoy flaquea por su condición de simulacro. No persiste, no se extiende conforme el año avanza, deja de pronto de tener el valor que le dimos, le sustrajimos su capacidad de fascinarnos. Dicen que la religión es la que hace que los pueblos se cohesionen y prosperen. Ojalá (vuelvo a pedir, insisto en mis plegarias)importe de verdad este instante de abrazos y de festejos. Lo digo a sabiendas de lo inconsistente de lo que expreso. Ya se sabe: perdimos la inocencia, la apartó del camino la experiencia, sea eso lo que sea. Que tengan un buen día y todo sean abrazos.