#DíaDelEscepticismo El dilema del escéptico: ¿cuándo cuestionar las creencias de los demás?

Por Daniel_galarza

Es probable que usted, igual que yo, se considere "escéptico" y la siguiente historia le suene muy familiar: seguramente convive a diario con personas para las que el escepticismo no forma parte de su identidad, ni es algo en lo que piensen a menudo. Estas personas casi nunca están conscientes de los peligros de comprar historias pseudocientíficas, paranormales o conspiranoicas. En alguna clase de reunión, quizás durante una clase de escuela, en la hora de comida del trabajo, en una fiesta o en un evento familiar, alguna persona comienza a contar anécdotas de fantasmas, ovnis, duendes o milagros; quizás hace afirmaciones extrañas, como que los aviones que vemos a diario nos fumigan con veneno, con que lo natural es mejor que lo artificial, que hay estudios que demuestran que las vacunas son tóxicas o que el calentamiento global es una patraña para votar por la izquierda. Los demás ponen mucha atención a la historia, sin expresar dudas ni cuestionamientos. Aquí se plantea una importante cuestión: ¿debería expresar su punto de vista escéptico con respecto a estas afirmaciones extraordinarias?

Si la situación le parece muy familiar, le diré que a mí también. Me ha pasado por igual con amigos y en reuniones familiares. Este tipo de situaciones, de hecho, le pasa a prácticamente cualquiera que tenga consciencia sobre los bulos pseudocientíficos, el fanatismo religioso o los fraudes paranormales. La cuestión tal vez le resulte irrelevante si está pensando en responderle a alguien que lo conoce bien y que ya sabe qué opiniones maneja usted. Pero se vuelve más difícil cuando no es así, y las personas no solo relatan sus creencias irracionales con sinceridad, sino que no esperan que alguien proponga una réplica o cuestione sus convicciones. La dificultad puede crecer si pensamos en qué será preferible, si comenzar un intento de discurso racional posiblemente arriesgando la comodidad de quienes están conviviendo, o quedarse en silencio y dejar que la persona crea a placer lo que afirma. 

Un dilema compartido

No es broma cuando aseguro que este dilema es recurrente en la "escepticósfera". Le ha pasado a los más populares promotores del pensamiento crítico. En El mundo y sus demonios (1997), por ejemplo, Carl Sagan comienza precisamente con una anécdota similar. Luego de bajar de un avión, el chofer que le asignaron para llevarlo comenzó a preguntarle "de los extraterrestres congelados que languidecían en una base de las Fuerzas Aéreas cerca de San Antonio, de <<canalización>> (una manera de oír lo que hay en mente de los muertos... que no es mucho por lo visto), de cristales, de las profecías de Nostradamus, de astrología, del sudario de Turín... Presentaba cada uno de estos portentosos temas con un entusiasmo lleno de optimismo." El chofer, reconoce Sagan, era alguien bastante leído:

Conocía los distintos matices especulativos, por ejemplo, sobre los <<continentes hundidos>> de la Atlántida y Lemuria. Se sabía al dedillo cuáles eran las explicaciones submarinas previstas para encontrar columnas caídas y los minaretes rotos de una civilización antiguamente grande cuyos restos ahora sólo eran visitados por peces luminiscentes de alta mar y calamares gigantes. Sólo que... aunque el océano guarda muchos secretos, yo sabía que no hay la más mínima base aceanográfica o geofísica para deducir la existencia de la Atlántida y Lemuria. Por lo que sabe la ciencia hasta este momento, no existieron jamás.

Sagan también nos cuenta que a esas alturas de la conversación, ya le respondía de mala gana, así que mientras seguía el viaje, Sagan se dio cuenta "de que el hombre estaba cada vez más taciturno. Con lo que yo le decía no sólo descartaba una doctrina falsa, sino que eliminaba una faceta preciosa de su vida interior."

A Robyn Blummer, directora ejecutiva de la Fundación Richard Dawkins para la Razón y la Ciencia (RDFRS, por sus siglas en inglés), le pasó algo similar el año pasado, según relata para la revista Skeptical Inquirer. Blummer se subió a un carro de Uber junto a Richard Dawkins y Jana Lenzova (la ilustradora de los libros de Dawkins), en el que iban charlando sobre las tonterías de la cienciología, cuando el chofer de Uber los interrumpió:

Afirmó que la Cienciología era una herramienta de Satanás. Sin más estímulo, el conductor se pasó el resto del viaje hablando de que cualquier sistema de creencias que alejara a la gente de la verdad del cristianismo era también una herramienta de Satanás. Pensaba que Satanás estaba envenenando las mentes de la gente y nublando su juicio para impedirles conocer el camino divino correcto.

Nos quedamos callados.

Otra anécdota de Blummer, quizás más surreal para nosotros que la anterior, le ocurrió en Hawai cuando el volcán Mauna Loa entró después de casi 40 años. El Mauna Loa se encuentra íntimamente relacionado con la diosa Pele, una entidad del politeísmo hawaiano de los nativos. Blummer, Dawkins y otros escépticos que se encontraban ahí, se mostraron interesados por saber sobre estas creencias originarias. Pero se llevaron una sorpresa:

Otro conductor de Uber, de nuevo sin previo aviso, explicó cómo la erupción del Mauna Loa es la venganza de Pele por la forma en que los dueños de los resorts y el ejército estadounidense están saqueando la Isla Grande, un lugar, dijo, de especial importancia sagrada. Espera que Pele dirija el flujo de lava para destruir los centros turísticos de la isla y posiblemente también la base militar, mientras salva la propiedad de los lugareños.

Nuestro conductor habló de un amigo que hace años había orinado en la lava endurecida, insultando a Pele, lo que provocó que toda la familia de su amigo cayera gravemente enferma con una enfermedad potencialmente mortal (que no pudo nombrar). Dijo que sacar cualquier lava de la Gran Isla también resulta en una maldición de Pele, y juró que todo esto es un hecho, no un mito. (Y es cierto que periódicamente se envían por correo a Hawai rocas de lava de visitantes que han relacionado una racha de mala suerte con la maldición de Pele).

No dijimos nada para cuestionar sus afirmaciones.

Una última anécdota, esta vez de Susan Gerbic, la "wikipediatra" fundadora del proyecto de la "Guerrilla escéptica en Wikipedia". Gerbic cuenta cómo se contactó con un compañero de escuela que hacía años que no veía; cuando fue el turno de esta escéptica contar lo que había hecho en los últimos años (luchar contra psíquicos y otros fraudes paranormales), se topó con una reacción interesante:

Me miró, se rió y dijo: "Creo en los videntes, está en mi cultura". En aquel momento no tuve más respuesta que pensar que era algo muy extraño. ¿Tiene que persistir en una creencia porque fue lo que le enseñaron? ¿Sabe que Papá Noel no es real?

Continuó contándome una historia espeluznante sobre una vez que vivía sola en una vieja casa desvencijada con sonidos extraños, algo sobre sombras y una cerradura en la puerta que debería haber estado cerrada con llave, y le dije: "Gran historia, me encantan las historias de fantasmas. Todas interesantes. Podría deberse a muchas cosas, pero las últimas en la lista de probables son los fantasmas". De nuevo, se rió y dijo algo sobre que yo "no era divertido" y repitió que estaba en su cultura creer que estas cosas eran espíritus. Le oí contar esta historia dos veces más, cada vez con nuevos detalles.

¿Por qué vale la pena cuestionar las creencias de los demás (junto a las propias)?

Todas estas historias, aunque tienen sus diferencias, comparten algunos puntos en común, como que la opinión escéptica no suele ser recibida con mucho entusiasmo, causa una sensación de malestar o incomodidad cuando es enunciada (aunque el silencio después de declarar que uno cree en Satanás o en una diosa de los volcanes también puede ser incómodo), y, lo que es fácil presuponer apoyándose en las experiencias propias, puede que las personas desconfíen del escéptico y eviten conversar con él sobre creencias marginales, si es que se vuelve a encontrar con éste en otra ocasión.

Esto último es justo lo que me ha pasado más de una vez. Tengo familiares que creen en la brujería, en fantasmas y antiguos astronautas, así como algunos furiosos antivacunas, covidiotas, o conspiranoicos que creen que las campañas contra la propagación del dengue es una "cortina de humo" para envenenarnos a todos. ¡Y no platican de nada de esto cuando yo estoy ahí! Claro, no puedo asegurar que siempre soy yo el factor que hace que guarden silencio (tal vez solo es coincidencia que, cuando estoy de visita, no comentan estos temas), pero la suposición no es tan descabellada después de recordar dos o tres ocasiones en que intenté explicar que ese tipo de creencias no tienen fundamento real, y solo se me veía despectivamente o recibía el típico "pues cada quién cree lo que quiere". 

Estos escenarios también son consistentes con los estereotipos que las personas manejan sobre los incrédulos: unos necios, cuadrados de mente, cientificistas sabelotodo, que como no experimentan o sienten lo que el creyente los vuelve en ignorantes con egos inflados. Ciertamente, a no ser que se trate de un anti-social irremediable, un escéptico ante una situación así en un ambiente desfavorable para el debate racional o la búsqueda de fuentes confiables, tenderá a guardar silencio o, a lo mucho, a mostrar su escepticismo de forma relajada casi como carrilla o broma.

Pero no debemos ignorar dos puntos importantes: primero, existen historias en las que ocurre lo contrario al escenario descrito; y segundo, no todas las historias que comienzan mal necesariamente terminan así. Para el primer caso, basta con pensar en cómo fue que uno mismo se volvió escéptico, cuando antes consideraba como verdaderas ciertas creencias marginales. ¡Hubo algún escéptico en tu vida que te ayudó a cambiar de opinión! Y no necesariamente hablo de amigos o familiares escépticos, sino que tal vez te tocó escuchar una voz crítica en un programa de televisión, una película, en algún escrito, quizás la lección de algún maestro o en algún chisme de transporte público. En algún momento, alguien hizo que cambiáramos de parecer y consideráramos que tal vez, y solo tal vez, estábamos equivocados al creer que una idea sobrenatural o extraordinaria era tan sólida que podría sobrevivir a cualquier duda razonable.

Es lo que me pasó, y lo que algunos amigos cercanos me cuentan que les pasó al conocerme más a fondo (de esas pocas cosas de las que puedo presumir abiertamente). Personas que personalmente estimo y creían en ovnis, dioses, duendes, astrología, pseudoterapias, psíquicos y teorías conspirativas, se dieron cuenta que, poco a poco, estaban dejando de creer, y aunque no todos a mi alrededor se han vuelto escépticos, me siento orgulloso de contribuir en ese desarrollo de su identidad. A veces me han dicho que les gustaría pensar como yo (sea en tono negativo o de elogio), pero siempre respondo lo mismo: es suficiente con que piense por sí mismo de manera libre, y para ser libre, necesita primero estar bien informado. 

Si mi ejemplo es poca cosa (y lo es, ciertamente), tal vez debemos considerar que Sagan y otros autores célebres del escepticismo, a pesar de haberse enfrentado a escenarios más o menos incómodos de "escepticismo" contra su escepticismo, también es importante notar que se trata de personas que han contribuido enormemente en la lucha contra la irracionalidad, lo que se traduce en cientos o miles de personas por año que ya no caen tan fácilmente en las garras de los embustes pseudocientíficos. Y es que, tal vez el escepticismo científico es una postura epistémica (específica metodológica), pero el activismo escéptico y la promoción del pensamiento crítico son acciones morales. Tal vez hay muchos autodenominados escépticos que usan el escepticismo para inflar su ego, pero el activismo escéptico (como todo activismo social legítimo) busca mejorar la sociedad en la que vivimos, por lo que las personas comprometidas con éste miran el ser escépticos con el prójimo como un deber que, a la larga, beneficia a todos en algún grado.

También es cierto que, a pesar de las buenas intenciones de muchos escépticos, es probable que un gran número no sepa acercarse a las personas ajenas a este movimiento social, lo que puede provocar más rechazo que otra cosa. Creo que los escépticos deberían no solo practicar su escepticismo, sino ser empáticos y hacer memoria (¿cómo se sentían cuando alguien cuestionaba su creencia en pie grande, el horóscopo o en los milagros?), para detenerse y hacer uso de las herramientas adecuadas para llegar a conversar (que no a discutir) con quienes están interesados en saber si sus creencias son tan sólidas realmente.

Antes de lanzarse al ataque, desprestigiando ideas o acusando de magufo a quien las pregona, tendrían que plantearse estas preguntas al inicio de la conversación:

* ¿Qué tanto está dispuesto a poner en duda, aunque sea hipotéticamente hablando, su creencia en x

* ¿Está realmente interesado en saber si lo que cree es verdadero conocimiento, o se contenta con que el asunto sea una cuestión de fe?

* ¿Alguna vez se ha preguntado cuáles son los presupuestos y las consecuencias lógicas de creer en x? ¿Cree también en esos supuestos y consecuencias?

Estas preguntas sencillas pueden ayudar a orientar la conversación para que sea justamente eso, conversar sobre un tema que ambos participantes consideran de importancia, aunque sea por distintas razones. También nos ayuda a tantear cuán abierto se está al cuestionamiento, y si para empezar se interesa en tener esa conversación. Si la persona está contenta con que su creencia sea un acto de fe, no hay más que decir. Esta persona quiere creer, no saber, y eso hará que el momento se torne incómodo para todos si insiste en cuestionarlo.

Si las respuestas han sido positivas, ahora sí es momento de aplicar la "vieja confiable" del escepticismo, las preguntas más básicas:

* ¿Cómo llegaste a creer en x?

* ¿Cómo sabes que x es verdadero? ¿Has considerado que tal vez no lo sabes con tanta seguridad?

* ¿Qué pruebas sostienen tu creencia? ¿Son acaso el tipo de pruebas que pueden ser públicamente contrastables o se trata de interpretaciones de experiencias que bien podrían interpretarse de otro modo?

* ¿Qué tipo de pruebas harían falta que te ofrecieran para siquiera considerar que tu creencia en x puede estar equivocada o no está tan bien fundamentada como pensabas?

Ninguna de estas preguntas presupone que alguien sea estúpido o ignorante por creer o no creer en algo. Todo lo contrario, una conversación así presupone que ambas partes son perfectamente racionales, capaces de formularse este tipo de preguntas y responderlas de un modo inteligente. Sabemos que no todos los contextos o escenarios son favorables para este tipo de charlas, pero si se ha logrado que la creencia paranormal o pseudocientífica sea cuestionada, ya se habrá logrado algo en más de una situación. 

No considero que estas preguntas denigran a nadie, ni a los que creen en alguna idea contraria a lo que sabemos del mundo, ni a los escépticos, que tener en mente estas preguntas no necesariamente los haría objeto de burla por ser pedantes o pretenciosos. En el fondo, y esta es una opinión personal basada en mi experiencia tanto con escépticos como con creyentes variados, la promoción del pensamiento crítico está condenada al fracaso si no aceptamos una ética humanista, como bien lo resume Bertrand Russell dentro de su antología Por qué no soy cristiano (1962): una mezcla sabia de amor y conocimiento. 

SI TE INTERESA ESTE TEMA

* El mundo y sus demonios, por Carl Sagan, Editorial Planeta, México, 1997.

* "La carga del escepticismo", por Carl Sagan, publicado originalmente en la revista Skeptical Inquirer.

* "The Skeptic’s Dilemma: To Speak or Not to Speak?", por Robyn Blummer, en la revista Skeptical Inquirer, Marzo/Abril, 2023.

* "Listen and be Kind – Three Case Studies", por Susan Gerbic, en el portal oficial del CSI.

* "Burning the Mean and Disparaging Skeptic Straw Man", por Sharon Hill, en el portal oficial del CSI.