Revista Cultura y Ocio

DIÁLOGOS DE PELÍCULA IV: Jane Eyre (1996)

Publicado el 22 enero 2015 por Argos

Leyendo e intercambiando opiniones con otros blogs acerca de Jane Eyre y sus versiones en el cine, se me ha ocurrido que el próximo "Diálogos de película" sea el de la "declaración" entre Jane Eyre y el señor Rochester.

Tengo alguna reserva con este diálogo ya que me parece que fomenta demasiado el patriarcado, pero el caso es que siempre lo he tenido como uno de los que más me gustan por aquello del romanticismo romántico que escribía en otra de mis entradas en el blog.

DIÁLOGOS DE PELÍCULA IV: Jane Eyre (1996)

En este momento, el señor Rochester le esta diciendo a Jane, desde su fría e imperturbable faz y con palabras más bien rancias y cargadas de sarcasmo, que es hora de que busque un nuevo trabajo en el "fin del mundo" puesto que debido a su inminente matrimonio con otra mujer (la señorita Ingram), ya no va a necesitar más sus servicios como institutriz de su hija.

En el fondo, se nota que Edward arde en deseos de escucharle decir a Jane que le quiere y la acorrala, desde mi punto de vista, con malas artes amatorias:


- [...] No es por el viaje. Es por la distancia. El mar es una barrera muy grande.

-¿De qué le separaría?

-De Inglaterra, señor y, de Thornfiel y, de...

- (silencio incómodo) A veces, produce en mí una sensación extraña. Sobretodo cuando está cerca, como ahora. Me siento como si tuviera un cordel atado a la costilla bajo la que está el corazón unido con un nudo a usted y no podemos separarnos; pero cuando se vaya a Irlanda, nos separará una gran distancia y tengo miedo de que el cordel se rompa y mi interior empiece a sangrar; pero usted es sensata y sabrá olvidar."

-¡'Nunca, nunca le olvidaré! [...]

¡¿Pero no le has dicho hace un momento que se tenía que ir porque ibas a casarte?!

Ella no sabe a qué atenerse y se empeña en declararse libre e independiente, pero todas sabemos lo persuasivos que pueden llegar a ser algunos hombres, así que ocurre lo inevitable: sucumbe a sus encantos y cae rendida sin remedio a los pies de su señor.

-[...] Me han tratado como a una dama.

-Y lo eres, Jane.

-Sí, lo soy, señor, aunque no del todo. Usted es un hombre casado o casi casado... Tengo que irme...

-Quiero que te quedes. Forcejeas como un ave salvaje arañando la jaula.

-No soy un ave enjaulada, soy un ser humano libre, independiente, con voluntad propia.

-Pues quédate y cásate conmigo.

-¿Cómo se atreve a burlarse de mí?

-Lo digo en serio. Quédate en Thornfiel y se mi esposa.

-¿Y la señorita Ingram?

-¡No me importa. Yo no quiero a la señorita Ingram, ni ella a mi! Jane, criatura extraña, casi etérea. Te quiero como a mi propio ser. Te ruego que te cases conmigo. Di: "Edward, dame tu apellido". Di: "Edward me casaré contigo"

-Sí, Edward me casaré contigo.

Él no hace otra cosa que darle órdenes: "Quiero que te vayas" "Quiero que te quedes", "Di: "Edward, dame tu apellido"", "Dí: "Edward me casaré contigo"".

"Me caso con la señorita Ingram." "No quiero a la señorita Ingram". Si yo fuera Jane, posiblemente le hubiera dicho a Edward que prefería irme a trabajar al confín del mundo antes que casarme con un hombre como él. ¿Que forcejeo como un ave salvaje arañando la jaula? Lógico y normal.

Sin embargo, la estructura del diálogo cinematográfico me parece tan elegante, poética y cuidada que incluso yo hubiera accedido a los deseos del señor Rochester, para rechazarlos más tarde educadamente y con maleta en mano, claro está, tras una conveniente reflexión; evidentemente no iba a quedarme sonriente y sentadita a esperar más sinsentidos; sinsentidos tan "agradables" como todos los que ocurrirían después durante la boda...

Evidentemente, el primer paso para leerme la novela ya lo he realizado: me he comprado el libro. Ahora toca leérmelo y corroborar todo lo que me transmite la escena de esta película y en general, la ambigua tensión sexual existente entre Jane y el señor Rochester, ya que seguro que entre papel, letras y frases, las cosas quedarán más claras.


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