Dictadores y coherencia ética

Publicado el 02 marzo 2011 por Jorge Gómez A.
El tambaleo de la dictadura de Gadafi, ha dejado en evidencia la generalizada incoherencia e hipocresía de varios, a la hora de juzgar dictadoras y déspotas.
Cuando se iniciaron las movilizaciones ciudadanas contra los regímenes autócratas en países como Túnez y Egipto, muchos hablaron de un levantamiento de parte de pueblos oprimidos contra “los regimenes autoritarios árabes, los intereses del imperialismo en la región”.
No obstante, irónicamente frente a las revueltas en Libia contra el dictador Gadafi, esas primeras expresiones de confianza en “el pueblo movilizado”, han derivado en que “la movilización está concertada por el imperialismo y por interés sospechosos”.  
De manera claramente incoherente, en torno a la situación de la autocracia de Gadafi, llamada “La República Árabe Libia Popular y Socialista”, algunos han levantado muchos adornos retóricos para justificar la brutalidad del régimen autócrata contra los manifestantes y la tozudez del dictador Gadafi para dejar el poder. Llegando al absurdo de decir que hay dictaduras buenas y malas, según el “enemigo” que ésta tenga.
Según ese punto de vista –incoherente- a diferencia de lo ocurrido en Egipto, en Libia los ciudadanos movilizados no serían personas enfrentadas a una dictadura nefasta, sino que detrás, estaría “una mano negra” favorable a interés cuestionables, en contra de un líder “legítimo y revolucionario como Gadafi”. ¿Incoherente no?
Pero más allá de este juego retórico absurdo de posiciones y explicaciones varias, se aprecia la falta de un criterio ético a la hora de juzgar a cualquier régimen político y el actuar de los gobiernos. Con ello, se aprecia de mejor forma, la incoherencia e hipocresía en cuanto a la Democracia de muchos.
Si uno juzga éticamente el actuar de los Estados y gobiernos, sea cual sea el nombre que tengan dichos regímenes, ninguna dictadura puede ser buena, siempre es infame, porque ningún Estado y menos aún un gobernante, tienen el derecho a monopolizar el poder, despojar de sus derechos civiles a los ciudadanos, silenciarlos y menos masacrarlos.
Por otro lado, si juzgamos éticamente el actuar de las grandes potencias, además de Venezuela y Cuba, en cuanto a la situación Libia, todos han sido sumamente hipócritas en cuanto a la democracia, el derecho a rebelión, y los derechos humanos de miles de libios.
Y aunque algunos, ante las evidentes incoherencias de sus líderes y caudillos, jueguen al empate diciendo que tal o cual potencia también han justificado dictaduras; o traten de camuflar la hipocresía gubernamental en base al justificativo brutal de “las razones de Estado, el interés nacional o la estrategia”; la conclusión desde un punto de vista ético, es que todos los Estados han sido hipócritas, llámense como sea.
Entonces vemos que el problema en torno a las dictaduras y como las juzgamos, sigue siendo un problema ético, que la mayoría de las personas -desde políticos, pasando por analistas hasta gente común y corriente- ensucia con cuestiones semánticas y acomodos discursivos, para justificar lo injustificable.
Y se resuelve de un modo ético, porque lo cierto, es que no hay dictaduras buenas y malas, sino que todas son infames, incluso si surgen de haber derribado a otro déspota.
El error central de todo esto, es que la mayoría juzga una misma cosa, el autoritarismo, el poder dictatorial y la prepotencia, según el color del uniforme del dictador, el largo de su barba o pelo, o el vocablo al que más recurre en sus discursos.
Peor aún, en base a eso entregan a esos gobernantes el derecho y los recursos para usar la fuerza a su antojo contra las personas, en nombre de "la seguridad mundial, la revolución proletaria, la libertad, el socialismo" o lo que sea.
Y en el fondo, lo que hacen, es conceder derechos y facultades a una persona o grupo de sujetos (llámense presidente, comandante, líder, profeta, vanguardia o lo que sea), que ningún ser humano por sí solo tiene, sobre todo en cuanto al uso de la fuerza.
Peor aún es, cuando esa facultad no tiene ninguna clase de contrapeso legal, material o ético, en una dictadura cuyo líder dice que todos lo aman.