Sin embargo, aunque a simple vista lo parezca, en realidad no estamos exactamente en el mismo punto de partida. La población acude ahora a las urnas con un mayor número de datos que deben ser objeto de valoración, en aras a decidir el sentido de su próximo voto. En estos meses han sucedido muchas cosas. Tal vez demasiadas. Tanto los partidos como sus líderes se han retratado con sus comportamientos. Estos más de ciento treinta días de noticias políticas y judiciales, de votaciones en el Parlamento, de negociaciones, de declaraciones y también de silencios, deben ser enjuiciados y calificados por el cuerpo electoral. Tanto las encuestas como los analistas apuntan a que la sensación de cansancio y hartazgo en la ciudadanía derivará en un aumento de la abstención. Puede que estén en lo cierto y que esta consecuencia resulte incluso comprensible. De hecho, en nuestro ordenamiento jurídico la opción de no acudir a votar puede entenderse como expresión de una determinada voluntad política susceptible de amparo ante los Tribunales.
Sin embargo, conviene efectuar dos matizaciones a dicha postura. La primera, que no es equiparable al pasotismo despreocupado de buena parte de la población. Y la segunda, que no exime a los abstencionistas de su cuota de responsabilidad en los resultados electorales que finalmente se produzcan. Con relación al primer grupo (los pasotas), la peor postura ante una situación de incertidumbre y de advenimiento de un momento crucial para el futuro de un país es la de agachar la cabeza, mirar hacia otro lado y desentenderse del problema. Con esa conducta, se participa activamente en el descrédito del modelo representativo. En cuanto al segundo (los abstencionistas convencidos y con argumentos), serán tan coautores como los propios votantes del destino al que nos aboque el escrutinio. Ocurra lo que ocurra, las mayorías que se obtengan y las políticas que se practiquen a partir de entonces serán consecuencia de la decisión, tanto de quienes introduzcan la papeleta en la urna, como de quienes prefieran quedarse ese domingo en su casa.
En mi opinión, un considerable porcentaje de culpa del descrédito de la clase política y de la desafección entre la sociedad y sus cargos representativos, debe atribuirse a la propia ciudadanía. Son demasiados años desentendiéndose de los asuntos públicos, varias décadas de dejadez ante la responsabilidad cívica que implica la democracia, numerosos individuos jactándose de la ausencia total de formación y de información frente a lo que sucede a su alrededor. Y, sobre todo, una manifiesta, nefasta y preocupante ausencia de exigencia crítica hacia la labor de nuestros gobernantes, unida a una incomprensible manera de entender la lealtad ideológica en clave de sumisión jerárquica a un jefe de filas. Todas estas anomalías nos han conducido al punto en el que nos encontramos actualmente.
Por lo tanto, resulta más que nunca imprescindible que nuestro futuro no sea producto del desinterés, sino de la decisión reflexiva y meditada, sea votando o no votando. En una escena de la película “Leones por corderos”, un profesor universitario trata de convencer a un alumno desmotivado para que se implique más activamente en la resolución de los problemas sociales con estas palabras: “Se alimentan de tu apatía, de tu ignorancia. Planean estrategias con eso. Logran lo que quieren con eso”. No caigamos, pues, en la desidia y en la apatía, y meditemos nuestras acciones, sean activas o pasivas, con rigor.