En primer lugar Berlin aboga por no subestimar el poder de las ideas, sobre todo cuando éstas surgen de las élites de la sociedad, en la política. En una democracia bien desarrollada y con unas reglas de juego justas, este conflicto es deseable, porque se supone que los ciudadanos acabarán eligiendo lo que más les conviene. Pero cuando estas élites pertenecen a un Estado dictatorial, que le dice a sus gobernados lo que más les conviene (muchas veces en pos de un futuro esplendoroso, que nunca llega), las bases del totalitarismo ya han sido puestas, aunque a veces lo que se imponga sean las formas más suaves de un Estado paternalista, que trata a sus ciudadanos como a niños que son incapaces de tomar decisiones por sí mismos, aunque muchos definan este status quo como la verdadera libertad:
"Si el tirano (o el que persuade de manera disimulada) consigue condicionar a sus súbditos (o clientes) para que dejen de tener sus deseos originales y adopten ("internalicen") la forma de vida que ha inventado para ellos, habrá conseguido, según esta definición, liberarlos. Sin duda alguna les habrá hecho sentirse libres. (...) Pero lo que ha creado es la antítesis misma de la libertad política."
Aunque en nuestra época la democracia ha alcanzado un gran éxito con su extensión a un gran número de países en las últimas décadas, también es cierto que estamos en la era del regreso del populismo, del pensamiento emocional por encima del racional, de la crítica a los jueces sin ni siquiera leer sus sentencias y del sobredimensionamiento de cualquier suceso en favor de intereses muy oscuros, que nunca están a favor de la libertad individual de pensamiento. Entender el mundo, ser crítico con razones fundamentadas, exige un esfuerzo y pocos están dispuestos a ejercitarlo, sobre todo cuando las formas de lectura son cada vez más dispersas, más concentradas en ideas fijas o eslóganes - cuando no en meros insultos - y menos en la profundización en los diversos asuntos que conforman el debate público. Hay que acabar con el abuso del pensamiento único y de lo políticamente correcto que fomentan el miedo a la disidencia, por muchos fundamentos racionales que ésta posea. El pensamiento de gigantes como Isaiah Berlin debe seguir presente en cualquier debate público que se precie.