Revista En Femenino

Dos estrellas en el cielo

Por Elrincondemixka @ElRinconDeMixka

En el cielo brillan cada día miles de millones de estrellas. Pequeños puntos de luz que iluminan mis noches y las tuyas. Pero hay dos que destellan especialmente cuando observo el cielo. Que me devuelven la mirada cuando las observo. Que me abrigan con la oscuridad que las hace resplandecer.

Muchas personas se fueron de mi lado para convertirse en astros que me acompañan con sus recuerdos… Y todos y cada uno de ellos fueron importantes para mí, porque formaron parte de mi vida. Porque cada una de esas personas dejó el sello de su recuerdo en mi corazón. Cada noche se encienden en el cielo para recordarme que un día estuvieron aquí, y mis sentimientos les hacen brillar con más fuerza.

Hay dos luceros que vuelven a mí constantemente. Especialmente dos. Que por alguna extraña razón siento que desde donde estén me cuidan…

Mi abuelo… Me adoraba, igual que yo a él. Recuerdo sus pequeños ojos azules, chiquititos, pero llenos de luz y con una mirada enorme. Recuerdo el amor incondicional que me transmitía. Recuerdo su confianza ciega en mí. Una de las pocas personas que siendo yo niña creía en mi potencial, que se negaba en rotundo a pensar que yo no era capaz de casi cualquier cosa. Su “chinina” como él me llamaba. Nadie nunca más me volvió a llamar así. Parece increíble que después de veintiún años permanezca tan nítido en mi recuerdo.

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Recuerdo salir del colegio corriendo como si mil demonios me persiguieran. A tan sólo unos pasos una pequeña huerta, una puerta hecha con maderas totalmente improvisada y descalabrada. Y una mirada buscándolo. Primero una plantación de guisantes y habas… Arranco varios de la mata, los desgrano, los degusto, giro a la izquierda y continuo la senda a todo correr. Una pequeña chabola, unos cuantos bidones esperando ser colmados por agua de lluvia, unos árboles dando sombra, una hilera de rosas y gladiolos rojos y blancos… Y agachado con su azada como si me estuviera esperando, él. Un ramo de rosas para mi profesora. Una mirada dulce y de orgullo y una niña de coletas feliz a su lado…

Yo sé que donde estés me cuidas, me observas y sonríes satisfecho. No sé si alguna vez te dije te quiero. No sé si esas palabras salieron algún día de mi boca. No sé si te di un abrazo, no lo recuerdo. Sé que la complicidad era nuestra mejor aliada, pero hoy te hubiera dicho tantas cosas… Si entones no lo hice, lo hago ahora. Estés donde estés, te quiero y te seguiré recordando hasta el fin de mis días.

….

Mi tía… No creo posible tal conexión con alguien que vive a cientos de kilómetros. Alguien que tuviera tanta vida y energía. Pero es que ella era así… Eran otros tiempos, y mis abuelos maternos la mandaron fuera con unos tíos. Yo crecí viviéndola en la distancia, pero sintiéndola muy cerca. Cada visita era una fiesta, cada cumpleaños una postal… Palabras plasmadas en papel para siempre, sentimientos fundidos en tinta eterna…

Una llamada, malas noticias, quien decidió arrancarte de este mundo no merece de mis pensamientos, si hubiera un dios tan infinitamente bueno, no hubiera osado a robarte así la vida. A robarnos a los que te adorábamos tu compañía. Un bebé, una niña, tu último legado en esta tierra. Yo era aún muy niña y mi cabeza no alcanzaba a entender cómo alguien tan joven y portando juventud cual bandera, podía irse sin previa despedida. Mas fue tu ausencia la que con el paso de los años dejó patente que no habría más postales, ni viajes sorpresa.

Y los años pasaron… Y tu recuerdo se fue haciendo en mí más fuerte. Veintiún años desde tu inesperado viaje sin retorno. Una vieja postal ajada por el paso de los años que conservo como mi tesoro más preciado… Una caja que aun conserva el aroma de las sales, y que nadie aún ha conseguido el privilegio de tocar. Porque quizá aún tus huellas decoren algún rincón de la misma. Porque me prometí cuidarla y conservarla.

Todos esos recuerdos y la niña eterna que hoy ya es una mujer, han hecho si cabe más fuerte el sentimiento que tenía en mí dormido… Han hecho despertar esos recuerdos. Esa niña mujer, ese pedacito de ti, que por decisión propia quiso conocer sus raíces y con lágrimas en los ojos te digo que en ella vives, que la miro y te veo. Que tu recuerdo seguirá perenne en mí.

Estas letras están dedicadas a mis dos estrellas del cielo. A esas que cada noche se iluminan sólo para mí.


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