La reciente concesión del premio Nobel al escritor tanzano Abdulrazak Gurnah es, como casi todos los años, el recordatorio de que la literatura es inabarcable, de que, por mucha avidez y empeño que un lector ponga de su parte, le será imposible llegar a todos los rincones de su vasto territorio. El reino de los libros es casi infinito y las pistas desinteresadas por las que poder encontrar sus joyas más ocultas
Con el peligro de la IA como estrella principal en las redes sociales y abriendo noticiarios, este libro de E. M. Forster realiza una proeza que parecía imposible, la de ir aún más allá en la predicción de la amenaza, a un tiempo futuro del nuestro. Esta novela basadísima, que se diría en el lenguaje generacional que toca, hoy más efímero que nunca, nos recuerda que si bien la máquina no es realmente inteligente, el uso que hacemos de ella puede poner en riesgo el sentido de humanidad y a la propia Humanidad tal como los conocemos. Incluso, he aquí lo diferencial y revolucionario de esta novela, aunque la cosa nos saliera bien. Aunque los avisos que se escuchan decir estos días a los responsables de Anthropic y OpenAI, o incluso al mismísimo Elon Musk, van más en la vena del Terminator de James Cameron, el texto de Forster apunta más allá, hacia lo opuesto, hacia el peligro que representa la esperanza de todos los que esperan que se pueda evitar el apocalipsis cibernético y domeñar a la bestia artificial para que nos procure el paraíso terrenal.En el texto que recupero a continuación hablo de la importancia que La máquina se para ha tenido en el mundo literario. Me referí a ello en la reseña que dediqué a Señor del mundo, la novela precursora de Robert Hugh Benson con la que forma una dupla de protodistopías a las que, por cierto, se les podría quitar el prefijo sin ningún tipo de problema. En estos tiempos oscuros para la civilización, amenazada por las inteligencias artificiales y, una vez más, a punto de sucumbir ante la amenaza fascista, la ficción, siempre atenta a la realidad, aumenta el flujo de distopías. Esa rama admonitoria de la cf y el relato postapocalíptico, siempre portavoz de la catástrofe, se enfrentan en los puntos de venta con los libros decorados y la fantasía romántica, como si con sus respectivos modos de enfocar el colapso, advertencia o escapismo, qusieran imitar, más que alertar, a una realidad que cada vez se presenta más amenazante. Esperemos que nuestro futuro no repita una vez más nuestro pasado. No lo hemos olvidado, como temía el filósofo Santayana, pero los hechos se adulteran hoy con tal pericia que ese pasado aparece más cambiante que el propio futuro, y todas las desgracias repetidas parecen ahora nuevas. porque sea gargantuesco, sino porque además de tratar un problema de nuestro presente, lo hace de una forma alegórica que proyecta la validez del peligro que anuncia hacia el futuro, hasta cobrar más sentido ahora que entonces. La máquina se para es la distopía que cualquier autor actual podría haber escrito para alertar sobre la preocupante y progresiva dependencia a la tecnología digital, smartphone mediante, y a las perversiones involutivas a las que podría conducir al ser humano. He de decir que, una vez más, me deja perplejo una maniobra editorial, en este caso la de publicitar este relato por su carácter visionario del confinamiento pandémico, con el que no mantiene otro parecido que la casualidad. En el relato están aislados en sus apartamentos voluntariamente y en la realidad lo hemos estado a la fuerza, obligados por una causa mayor sanitaria. Creo, sinceramente, que se han quedado muy cortos. La crítica va mucho más allá del asunto encierro, apunta hacia un camino equivocado que tomamos hace unos años. De hecho, he ido a leer el libro la misma semana en la que se produjo el “apagón” de seis horas de las principales redes sociales localizadas en internet (Facebook, Instagram y Whatsapp). Algunos testimonios dados en los noticiarios televisivos, de jóvenes confesando haberse visto perdidos, mostrando en algunos casos síntomas del síndrome de abstinencia como son la ansiedad extrema o incluso el llanto, se parecen mucho a los temores expresados en el libro. Este relato de E. M. Forster apunta en la misma dirección que las inquietudes del popular filósofo Byung-Chui Han sobre la nueva sociedad que está propiciando el uso de los smartphones. Artículos que aluden a una nueva generación muda, temerosa de hablar en directo por teléfono, o a lo que supondría una apocalíptica caída de internet, parecen inspirados en esta novela corta, tal es su capacidad premonitoria. La obra es especial por lo predictivo, por el peligro cierto de ese hikikomori global al que podríamos dirigirnos. Se constituye en una excelente alegoría del encierro voluntario y la falta de contacto directo, de una Humanidad cautiva de la pantalla y sus contenidos, del servicio a domicilio y la comunicación a través de redes sociales indirectas, en lo que viene a ser una lectura virtuosa de un presente situado cien años después de su publicación. También es reseñable, como enumeré, por todas las subtemáticas que la vehiculan, que serían tratadas con fruición por los autores del género durante la siguiente centena de años. Pero es que, además, no sólo se adelanta al subgénero que más distinción otorgará a la cf en adelante, la distopía, sino que la propone distinta, de forma no sólo pionera, sino, en un aspecto esencial, contraria a la que va a preponderar posteriormente. Y es que no hay villano aquí, no hay dictador en esta distopía del ser humano sometido a la máquina. Ni ésta es inteligente, ni malvada. Su estatus y presunta volición cuasi divina se los otorga la creencia de los propios sometidos. Son ellos quienes presumen existencia y designio en una entelequia. El infierno de la falsa utopía no tiene más causante que el propio ser humano, la Máquina que otorga la falsa felicidad no es más que eso, una máquina sin intención ni vida, a la que se ha otorgado el destino de los ciudadanos por dejación, por renuncia a otra cosa que no sea la felicidad material que proporciona. Y es que la obra es, precisamente, un aviso, un dedo que señala al peligro de rendirlo todo a la comodidad proporcionada por la tecnología, a la pérdida del contacto directo y de los valores espirituales y apegados a la tierra, a lo que hasta hace poco nos definía. No se trata de un ejercicio ludita, de un alegato antitecnológico, sino de una llamada a no perder las raíces de la humanidad, a lo que nos significaba hasta hace poco como humanos. Volviendo a las palabras de Harold Bloom, que describía a E. M. Forster como librepensador y humanista laico: "(en sus obras) Forster desea hacernos ver, esperanzado de que al ver podamos aprender a conectar con nosotros y con los demás". Un anhelo que cobra aún más sentido en nuestros días. Ya pueden levantar la vista de la pantalla.El texto original de esta reseña fue publicado en la web de crítica C.