Ecos postapocalípticos
Haciendo memoria, me doy cuenta de la gran cantidad de libros de literatura postapocalíptica que he leído en los últimos años. No es nada extraño, se trata de uno de los subgéneros de la ciencia ficción que más me gustan. Además, su presencia en las librerías de todo el mundo ha sido apabullante durante las dos últimas décadas, imposible de resistir. Ahora que el confinamiento comienza a estar en el recuerdo, me ha parecido interesante hacer un somero comentario sobre los últimos libros de este subgénero que pasaron por mis manos. No quiero cansar a nadie, así que solo van a ser tres; no deseo hacer una lista de grandes recomendaciones, que ya se han visto demasiadas en los grandes medios, sino significar brevemente la poca conciliación que suele darse entre la ficción literaria y la realidad. Aunque, para qué voy a mentir, estas lecturas son apetecibles sin necesidad de utilizar subterfugios, por sí mismas. Confieso que soy un lector más bien de contraste, de los que prefieren leer aventuras en los mares del sur durante el invierno y relatos polares en verano, pero creo que la excepcionalidad de la situación que vivimos durante cien días y que aún sufre gran parte del planeta bien merece saltarse la norma, y que, por pura catarsis o por identificación escapista, también es sugerente leer ahora historias enmarcadas en escenarios tan singulares (y fascinantes si logramos abstraernos de lo trágico) como el que se ha extendido los últimos meses más allá de nuestras ventanas y hacia el futuro. Lo cierto es que jamás ha habido una atmósfera más propicia para sumergirse en este tipo de lecturas. Los libros son La ciudad, poco después, de Pat Murphy; La muerte de la hierba, de John Christopher y La sequía, de J. G. Ballard.
Y acabo ya, aludiendo a lo que escribí casi al principio: ecos. Algunos, los que tenemos la picazón de lo postapocalíptico desde la adolescencia, los hemos sentido en estos tres meses. Como el amante de la literatura de viajes que recorre tierras que siempre le han fascinado en los libros. He expuesto algunos de los que he podido identificar. Pero en mi caso aún ha habido algo más, algo que me obligó a escribir un cuento y que tendré como recuerdo para siempre. Aquellos diez días de confinamiento casi absoluto, en los que pude recorrer un Madrid vacío, me proporcionaron otro nivel de identificación, algo más intenso que un eco, una sensación de ausencia humana total, de soledad allí donde he vivido más de medio siglo. Fue algo que me trajo a la cabeza dos textos, no como ecos, sino como certezas. Ambos hablan de lo mismo por distintos medios, y expresan perfectamente mis sentimientos en aquellos trayectos.El poema que Sara Teasdale escribió tras la I Guerra Mundial, Vendrán lluvias suaves, cuyo título aprovecharía años después Ray Bradbury para uno de sus más recordados cuentos. Estos son los doce versos:Vendrán lluvias suaves y olor a tierra mojada,Y golondrinas rolando con su chispeante sonido;Y ranas en los estanques cantando en la noche,Y ciruelos silvestres de trémula blancura.Los petirrojos vestirán su plumoso fuegoSilbando sus caprichos sobre el cercado;Y nadie sabrá de la guerra, a nadiePreocupará cuando al fin haya acabado.A nadie le importaría, ni al pájaro ni al árbol,Si toda la humanidad pereciera;Y la propia Primavera, cuando despertara al alba,Apenas se daría cuenta de nuestra partida.
Y el párrafo final de La carretera, de Cormac McCarthy:Una vez hubo truchas en los arroyos de la montaña. Podías verlas en la corriente ambarina allí donde los bordes blancos de sus aletas se agitaban suavemente en el agua. Olían a musgo en las manos. Se retorcían, bruñidas y musculosas. En sus lomos había dibujos vermiformes que eran mapas del mundo en su devenir. Mapas y laberintos. De una cosa que no tenía vuelta atrás. Ni posibilidad de arreglo. En las profundas cañadas donde vivían todo era más viejo que el hombre y murmuraba misterio.Formas distintas, fondos idénticos, la sensación que tuve esos días: la Naturaleza, nuestro planeta, ya estaban ahí mucho antes de llegar nosotros, y seguirán existiendo cuando ya no estemos. La Humanidad es efímera, somos una anécdota, una pequeña nota en el cuaderno del tiempo.
La versión original de este artículo fue publicada en la web de crítica C.