Edith Stein, discípula de Juan de la Cruz

Por Maria Jose Pérez González @BlogTeresa

Paqui Sellés, ocd Puçol

El 9 de agosto celebramos la entrada en la Vida de nuestra hermana Edith Stein, Teresa Benedicta de la Cruz. Un acontecimiento provocado por una acción humana teñida de odio y violencia —asesinada en el campo de exterminio de Auschwitz— que nos invita a pensar en ese misterio insondable que es la cruz. Nos acercamos a su persona dejándonos iluminar por su maestro espiritual, san Juan de la Cruz, del que estamos celebrando el tercer centenario de su canonización y primero de su doctorado.

Edith Stein se dejó impresionar por el testimonio de los fundadores del Carmelo, tal como escribía en una carta a su compañero de estudios, Roman Ingarden: “Donde falta la propia experiencia, uno debe apoyarse en testimonios de homines religiosi. De esto no hay escasez. Según mi modo de entender, los más impresionantes son los místicos españoles Teresa de Jesús y Juan de la Cruz” (Espira, 20 de noviembre de 1927).

Al mismo destinatario le vuelve a aconsejar la lectura de los grandes maestros espirituales: “Si realmente se toma usted en serio la búsqueda de la verdad en las cosas religiosas, es decir, la búsqueda de Dios, no de la prueba de la experiencia religiosa, entonces encontrará usted, sin lugar a dudas, un camino. Solo puedo aconsejarle lo que ya le escribí una vez: apoyarse en los escritos de los grandes santos y místicos, ahí tiene usted la mejor documentación: La Vida de santa Teresa, escrita por ella misma y los escritos de san Juan de la Cruz” (Bergzabern, 1 de enero de 1928).

Resulta interesante destacar que Edith no se sitúa en el plano de la demostración de la experiencia religiosa, sino en ese anhelo que todo ser humano lleva en su interior: la búsqueda de la Verdad en mayúsculas, en definitiva, la búsqueda de Dios.

Recién entrada en el Carmelo, vuelve a escribir a Ingarden, para aconsejarle de nuevo la lectura de sus maestros espirituales: “Si deseara conocer algo del espíritu del Carmelo, debería tomar en sus manos los escritos de nuestros grandes santos Teresa de Jesús y Juan de la Cruz” (Colonia, 27 de noviembre de 1933).

Para los ejercicios espirituales previos a la toma de hábito, elige una obra del Santo: “Mi guía será nuestro Padre san Juan de la Cruz: Subida del Monte Carmelo.” (Colonia, 2-7 de abril de 1934). Al igual que para su primera profesión: “Para mi preparación inmediata quiero tener de nuevo como maestro de ejercicios a nuestro santo Padre Juan, como ya lo tuve para la toma de hábito. Ya estoy gozando de solo pensar en ello” (Colonia, 3 de febrero de 1935). El tema de la cruz está presente en la vida de Edith, tal como escribe un par de años antes de su muerte: “No se puede desear la liberación de la cruz, cuando alguien tiene el título de la cruz” (Echt, 17 de noviembre de 1940).

Cuando Edith escribe esta carta, ya está experimentando cuanto significa “la ciencia de la cruz”. Ese mismo año, por encargo de sus superiores, emprende la tarea de escribir una obra, con ocasión del IV centenario del nacimiento de Juan de la Cruz, en la que analiza la vida y cada una de las obras mayores del Santo. Fue su último legado con el que, de alguna manera, llegó a la identificación con su maestro espiritual.  Con el título de Ciencia de la cruz, esta obra —concluida antes de su detención y traslado al campo de exterminio— puede considerarse el “testamento espiritual” de una hija agradecida a su padre y guía, Juan de la Cruz. No en vano escribió: “Toda la doctrina del Santo es una enseñanza de amor” (Ciencia de la cruz).