Es en ese día, hoy, cuando me surge la necesidad imperiosa de glosar, no a una persona ya partida de este mundo y que ya ha alcanzado glorias canónicas, sino a una mujer que sigue entre nosotros, inigualable, única; que en esa fecha, años atrás, en ambiente y circunstancias bien distintas, vió la luz en su Kremenchuk ucraniano, para después iluminar ella misma las aulas de la Universidad Médica Bogomolets, de Kiev, y acabar expandiendo su profesionalidad, clarividencia y más aún su bondad, en esta España nuestra, a la que viene aportando sus mejores esencias como esposa, madre, ilustre y médico ejemplar.
Ecce el motivo de mi glosa en este día de hoy: Tamara, la mujer, la digna sucesora andando los siglos de aquella Tamara, la Tsaritsa, clarividente reina de Georgia, que alcanzó la santidad y que
Hoy se trata de otra Tamara, ilustre como la predecesora en el nombre, y que nos llegó hace ya muchos años desde su Ucrania natal y viene orlando esta España tan suya y tan nuestra.
Se trata de una Tamara inolvidable, dulce, serena, firme, prudente, generosa; en una palabra, un prodigio de mujer.
Prodigio de mujer, repito, a quien hoy, lleno de gozo, elogio, ensalzo y felicito con todo mi corazón.
¡Bien hayas, Tamara amada! ¡Bien hayamos con tu vida entre nosotros!
Por muchos años y por siempre.
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA