Los años prodigiosos son los años del amor. Los demás, los que no lo contienen, son los años vacíos. De ésos, de los huecos, huímos a poco que nos dejan. A los otros, a los de los afectos y los propósitos nobles, nos arrimamos sin conciencia de que lo hacemos, movidos por alguna secreta fuerza de la naturaleza (o del alma) que nos desea felices. Lo de la felicidad nunca me ha acabado de convencer. En parte porque la sé distante, invisible si se la considera como un todo infragmentable. Prefiero la alegría, ese vértigo de la sangre con el que franqueamos las alturas del día y las honduras de la noche. De la alegría se ha escrito poco. La filosofía ha preferido siempre consolarnos con la idea de la felicidad, de lo sublime, de lo trascendente multiplicado.
Los amantes de Magritte son una representación precoz de los tiempos que nos cruzan. Pintado en la decada de los veinte, el cuadro expresa un universo de significados abrumador. No sé si esta zozobra de la moral, esta deriva con la que los próceres de la Iglesia argumentan todos los males del mundo, proviene de la falta de fe. El hombre es un animal extraño y no siempre se tiene a mano un prontuario de recetas que lo explican o lo justifican. En todo caso mi visión de las cosas excluye a Dios y, por supuesto, desoye las admoniciones de los obipos, entusiasmados con la idea de que les asiste la razón de la que los demás, descreídos, alegremente descreídos, carecemos. El amor mueve el sol y también las estrellas, sentenció Dante. Los amantes de Magritte se besan sin conocerse o se besan sin amarse. Quiizá exista una forma de amor que sacrifica el conocimiento exhaustivo del ser amado. No aspira uno a conocer al otro cuando ni siquiera maneja la certeza de conocerse a uno mismo.
Ahora que ha terminado la celebración de la Navidad y andamos recogiendo los bártulos de su representación doméstica (árboles, belenes, adornos, postales de felicitación depositadas con mimo en las baldas) a lo mejor conviene proseguirla en la intimidad y saludar con efusiva festividad a los amigos a los que vemos en la calle y a los que deseamos lo mejor del mundo. Con lo hipócritas que somos, con la mentida corrección con la que nos han educado, damos a día de hoy por cerrado el capítulo del protocolo y no consideramos, por pudor tal vez, que la Navidad, la que nos acerca al prójimo, no la religiosa, de la que no opino, debería durar todo el año. No siendo posible, me quedo con el cuadro de Magritte. Soberbio, aterradoramente clarificador. Así que ámanse los unos a los otros. No se besen a ciegas y, si lo hacen, disfruten de la ceguera, pongan a funcionar el resto de los sentidos y no dejen de sentir el corazón cuando el corazón les reclame.