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El amor y la muerte, dos símbolos de una misma realidad virtual inmortalizados por el Barroco.

Por Artepoesia
El amor y la muerte, dos símbolos de una misma realidad virtual inmortalizados por el Barroco. El amor y la muerte, dos símbolos de una misma realidad virtual inmortalizados por el Barroco. El amor y la muerte, dos símbolos de una misma realidad virtual inmortalizados por el Barroco.
En esa maraña pasional, mística, aleccionadora, divulgativa, práctica y seductora que fue la creación artística barroca, hay dos aspectos humanos opuestos y similares que atañen al inicio y final de la vida y que fueron representados juntos en ocasiones: el amor y la muerte. Cuando algunos pintores españoles de mediados del siglo XVII comprendieron que no podrían superar a sus grandes maestros barrocos más insignes, descubrieron que la única forma de competir en hazaña estética era sorprender aún más de lo que aquéllos lo hicieran ya con la belleza. Y entonces vieron que comunicar de otra forma esos dos aspectos de la vida era una manera estética magistral con la que podrían acercarse al éxito o la gloria. El yerno del gran maestro Velázquez, Juan Bautista Martínez del Mazo, no tuvo tal vez otra opción mejor para poder distinguirse estéticamente de la genialidad incomparable de su suegro. Algunas de sus obras barrocas son un canto a la sutilidad o a la sugestiva belleza de un misterio escondido entre las suaves pinceladas ocres de sus estéticas metáforas. Así compuso en el año 1657 su cuadro El estanque grande del Buen Retiro, una obra barroca donde el paisaje cenital nos muestra una mayor grandeza estética que la de la propia humanidad representada, ahora aquí empequeñecida y destacada por una extraña pareja. Pero hay otras cosas en la obra de Martínez del Mazo que nos indican, sugieren o matizan levemente la poderosa sublimidad tan misteriosa que representan. El estanque simbolizaría, por ejemplo, el espejo limitado de la vida fugaz y misteriosa. Un espacio donde ahora una barcaza se dispone a surcar airosa para el solaz vanidoso y temporal de los seres que ocupa. La extraña pareja de amantes, ahora aislados y tocados apenas por sus manos, ocultará aquí una realidad pasional ajena, sin embargo, al mundo vanidoso de su espalda. A la derecha de los amantes una balaustrada se dirige en zig-zag hacia la estatua griega de una clásica Venus poderosa, simbolizando con todo ello el azaroso destino final de cualquier deseo inevitable: el posible amor fecundo, triunfante o falaz, en nuestro contingente mundo necesario. Un pavo real sin desplegar sus alas simbolizaría así no tanto la belleza fugaz como el ciclo vital de lo azaroso.
Pocos años después el desconocido pintor Pedro de Camprobín (1605-1674) compuso una obra Vanitas para el Hospital de la Caridad de Sevilla, El caballero y la muerte. Para un lugar tan recogido y originado por la mente arrepentida de un noble hidalgo aventurero (Miguel de Mañara) que, desengañado, fundase luego de vivir desprendido y pródigo de lujos y deseos un albergue para ancianos y pobres, la visión de obras con el sesgo de lo fútil, pasajero y, finalmente, definitivo de la vida era una coherente forma de indicar con Arte su personal decisión piadosa. En la pintura de Camprobín la dualidad del amor y la muerte está originalmente retratada. Aunque no precisamente con el barroco sentido metafórico excelente de dos pasiones inevitables, sino con la divulgativa y más práctica del enfrentamiento entre la promiscuidad sexual y la enfermedad venérea. En la mitad de la centuria la proliferación de prostitutas y la falta de higiene llevaba a una grave crisis sanitaria. Así que el pintor muestra en su divulgativa obra barroca a una cortesana con la imagen de la muerte entre sus formas. Es una mujer sólo por el ojo visible que de su rostro un velo descubre ahora con la única mano además que mantiene viva; todo lo demás es un esqueleto mortecino y deprimente. El caballero se descubre ante la presencia de la muerte envelada, mostrando además cosas mundanas que representarán la vanidad o la irrelevancia de una vida efímera y menos trascendente. Lo que podría parecer un recurso original para mezclar la belleza sugerente con la muerte envenenada era, sin embargo, una realidad social en el vestuario de algunas mujeres cortesanas de la época, lo que se denominaba en el siglo XVII una mujer tapada o una tapada. Fue una forma de vestir discreta para las prostitutas o cortesanas españolas que duraría apenas ese siglo, ya que fue una moda femenina española que acabaría pronto gracias a las nuevas costumbres francesas.
Así que aquella pareja solitaria del estanque del pintor Martínez del Mazo estaba formada por un caballero y una mujer tapada, como se aprecia observando mejor la imagen de ella representada. Pero no es una representación vulgar de escena cortesana lo que el pintor deseara tal vez expresar en su misteriosa obra, sino que debería señalar más bien ahora la relación pasional frente a la meramente social o conyugal de una pareja casada. Esto y los otros dos elementos retratados en primer plano, el pavo real y la estatua de Venus, determinarán la dialéctica metafórica de la vida pasional y mortal de nuestro mundo. A diferencia del cuadro de Camprobín, la simbología amor-muerte aquí no es la promiscuidad infecta en su materialidad terrenal, sino la especial dualidad de lo pasional ante lo que es y dejará también pronto de ser.  Lo que es creado y destruido a la vez y que se manifestará por el deseo invisible de lo apartado o de lo cubierto. Y cuya expresión es en la obra de Martínez del Mazo representada por la virtualidad efímera de una tapada, por la azarosa temporalidad de un pavo real y por la fecunda o infértil belleza irreal de una Venus mitológica. La belleza natural del cielo, los árboles y el estanque contrastan aquí con la silueta del pequeño edificio, la terraza zigzagueante y la poderosa Venus clásica esculpida tan brillante. Como el amor y la muerte, las cosas opuestas en la obra se configuran ahora bajo una misma belleza misteriosa, esa que el pintor supo expresar con la suave coloración oscurecida de una fragancia tan efímera como grandiosa.
(Óleo El Estanque Grande del Buen Retiro, 1657, del pintor barroco Juan Bautista Martínez del Mazo, Museo del Prado, Madrid; Cuadro El caballero y la muerte, entre los años 1650-1670, del pintor barroco Pedro de Camprobín, Hospital de la Caridad, Sevilla; Detalle del cuadro El Estanque Grande del Buen Retiro, Museo del Prado.)

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