Revista Arte

El anhelo más humano es la imperceptibilidad del paso del tiempo.

Por Artepoesia
El anhelo más humano es la imperceptibilidad del paso del tiempo.
Es la única verdad que nadie discute, es inexorable, definitiva, cierta, perceptible. No es tanto la verdad sino su perceptibilidad lo que más abruma a los seres, es decir, la constatación de la realidad sensible que el transcurrir del tiempo hace evidenciar en los rasgos materiales de su propia existencia. No es lo formal sino lo material de las cosas lo que más nos llevará a admirar el Arte imperecedero. Supongamos que una misma esencia transmisible por el Arte, por ejemplo, fuese evolucionando en sus rasgos materiales con el tiempo..., ¿seguiríamos admirando ese Arte? El gran escritor Oscar Wilde ya lo desarrolló en su extraordinario El Retrato de Dorian Gray. Una de las cosas que más buscaremos en el Arte de un modo inconsciente es su permanencia material a pesar del paso del tiempo. Creemos que es la belleza que nos muestra la obra, su forma equilibrada o su mensaje refulgente lo que más desearemos, pero lo ocultamente cierto es que el personaje reflejado en el conjunto estético de la obra, y que sigue mostrando los mismos rasgos inalterables de color, gesto, ademán, perfil o mirada, es lo que más nos subyugará de cualquier Arte de una forma inevitable. Esa fue en el fondo la asunción de un concepto filosófico que haría remover las controversias del pensamiento humano en toda la historia: la esencia o la sustancia oculta detrás de las cosas. Ésta no variaba nunca a pesar de los cambios materiales de las cosas. Había que inventar entonces algo para no caer irremisible ante la inevitabilidad del paso del tiempo y sus poderosos efectos aniquiladores. Así fue como entonces la sustancia asumiría la realidad o la característica de aquello que más desearemos de las cosas: su imperceptibilidad.
Existirá el concepto de sustancia para aquellos que creen que hay algo que permanece para siempre, sin embargo, y esto es algo absolutamente imperceptible además. ¿Quién ha visto alguna vez alguna sustancia o esencia de las cosas? Pero con eso, con creer en la sustancia, nos tranquilizaremos al menos porque con la esencia de las cosas conseguiremos exorcizar el paso del tiempo y sus deletéreas formas inevitables. En el año 1758 el pintor italiano Giovanni Battista Tiepolo (1696-1770) decidiría pintar una alegoría misteriosa sobre lo más absurdo de la vida. Fue en esto un existencialista anticipado. La titularía El Tiempo revelando la Verdad. ¿Qué verdad? En la obra de Tiepolo la Verdad es una mujer desnuda que, impasible, intimidará a un Eros o diosecillo mítico que, ahora, la mira atribulado al impedirle hacer su voluntad tal como antes sí pudiera. Y ahí estará ahora su sorpresa tan inefable: como antes... No es que no se lo hubiese permitido antes, no, es que es ahora solo cuando ella lo hace. Y este es el rasgo tan absurdo que el pequeño diosecillo no podrá evitar transmitir aquí con su mirada. Podría el pintor haber compuesto a Eros sin mirar a la Verdad, sólo pisado, golpeado o desplazado por ésta. Pero no, el pintor hace mirar ahora al pequeño Cupido de una forma tan genial que, con esa mirada, representaría así el sentido más absurdo de la existencia en la obra. ¿Cómo me dejas antes y ahora no...? Y es entonces cuando el Tiempo, representado en la obra de Tiepolo por el hombre alado que sujeta la verdad, mira al pequeño Eros con la rabia contenida de un ser que se molesta al no ser respetado.
La tríada de los personajes representados en la obra, el Tiempo, la Verdad y Cupido, está muy conseguida estéticamente ahora por la transmisión tan perceptible de sus miradas. Con ellas el pintor nos descubre una realidad fundamental de la existencia humana. Y es que justamente lo imperceptible es lo más deseado por los seres que padecen con el tiempo lo contrario. Cuando no hay mirada inquisidora, tanto de la Verdad como del Tiempo, es cuando Eros podrá desarrollar su sentido perceptible más real o más auténtico. Lo contrario será para él un sin sentido incomprensible. No lo sufre el dios sino los humanos, que éste manejará arbitrario con sus atributos divinos. La reproducción de la obra de Arte no es muy definible en su resolución digital, por eso no veremos bien la rueda del carro del Tiempo, o el espejo símbolo de la vanidad del mundo (justo detrás de la pequeña cabeza de Cupido). Pero sí vemos el loro, el carcaj de Eros, la guadaña mortífera o el globo terráqueo que sostiene apenas aquí Cupido entre sus piernas. El sol luminoso de la Verdad reluce tras de ella poderoso. Porque nada podrá dejar de ser al final despejado de toda duda o de toda ocultación. Pero ella, la Verdad desnuda, no está ahora libre aquí, solo desnuda... La libertad aquí no aflora ahora por ninguna parte, ninguno de los tres la posee, todos parecen estar determinados por su papel final más inapelable. Sólo el Tiempo parece aquí dominar la escena ahora con su decidida actitud indolente y rigurosa. Pero no, no deja de ser un personaje más de la terrible comedia de un universo impenitente. Eros lo sabe y por eso no lo mira ahora a él, no quiere percibir así la fiera mirada insultante de su fingida cólera. No quiere percibir así la realidad aplastante de su terrible consecuencia. Esa misma realidad que los seres humanos tratarán de evitar no queriendo percibir ninguno de sus efectos, tan inevitables, en su propia existencia. 
(Óleo El Tiempo revelando la Verdad, 1758, del pintor Giovanni Battista Tiepolo, Museo de Finas Artes de Boston, EEUU.)


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