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'El árbol de la vida': Una historia fabulosa que devora al espectador

Publicado el 30 septiembre 2011 por Davicine
Las críticas de Carlos Cuesta: El árbol de la vida
'El árbol de la vida': Una historia fabulosa que devora al espectador
Hay relatos de la gran pantalla que trascienden el concepto de película para convertirse algo así como en un experiencia personal audiovisual. Considero que El árbol de la vida es una de ellas, un film que nos cuenta un fragmento de la vida de una familia. A través de una pirueta argumental contextualiza su existencia desde sus inicios para poder entender un momento de profundo dolor debido una pérdida, una tragedia que Terrence Malik es capaz de ubicarnos, al mismo tiempo, en el mapa de la existencia universal y de la propia creación del mundo.
¿Pero acaso no son todas las películas una experiencia personal audiovisual? No de esta manera. La portentosa y realista recreación de la vida de una familia compuesta por tres hijos y una madre intensa, feliz, profundamente religiosa y armónica y un padre autoritario, dominante y ególatra nos sumerge en nuestros propios recuerdos, nos obliga a dar de nosotros y nuestra memoria una importante cantidad de energía para hacer avanzar la película hasta agotarnos. El espectador, yo mismo, se rinde y termina por sucumbir al prodigio narrativo y ante el abuso emocional y visual desplegado ante la pantalla.
Brad Pitt vuelve a convencer, se sale de la pantalla, con un papel profundamente humano, completísimo y bien ejecutado dentro de un elenco perfecto que nos ofrece con detalle y sensibilidad el casi inabarcable trabajo dramático y narrativo de contarnos un fragmento tan intenso pero cotidiano de la vida  de cinco personas. El señor O'Brien al que da vida es un hombre que pretende mostrarse como alguien hecho a sí mismo, que tiene todo bajo control. Un padre maniático, rudo, asfixiantemente exigente con sus hijos pese a los torpes esfuerzos para ser querido y admirado por ellos. El señor O'Brien es más que un personaje, es un hombre de carne y hueso que trasciende al actor y evoca un concepto.
Frente a él Jessica Chastain, quien borda un fabuloso, adorable, inquietante y sublime papel de una madre religiosa, imbuida de la existencia de Dios, feliz y dichosa, que debe afrontar la pérdida de uno de sus hijos. Ese es el punto de partida de una historia que toca temas como la fe, las dudas sobre el papel de Dios en nuestras vidas y la trascendencia. Ella es el refugio de los tres hijos (también genialmente interpretados), su energía vital, un modelo de vida que deberán asumir o abandonar. En todo este revuelo de sentimientos Sean Penn es poco más que un adorno de lujo para dar el rostro perfecto a la edad adulta del más rebelde de los tres hijos.
Quizá sea injusto decir, pero lo diré, que tal despliegue culmina en un final deprimentemente alegórico, y por ello en mi memoria pretendo obviarlo. No es lo único incómodo de un film que te empuja a mirar el reloj. El metraje y la calma quizá responda al deseo de realizador de sumir al espectador en el ritmo vital de las vidas de los personajes, pero creo que la duración más reducida le haría un favor a la película, pese a que pueda estar mal que le dé un consejo al ganador de una Palma de Oro de Cannes.
Sigo sin tener claro si la preciosa y espectacular secuencia de la creación del mundo y su desarrollo hasta el nacimiento de los hijos del matrimonio, intercalada entre otras escenas más mundanas, es una genialidad incomparable o una herida abierta en la película, como una cicatriz en el rostro de una persona, que puede afearte, darte personalidad o las dos cosas al mismo tiempo. Sin la convicción y maestría del director y la belleza de los tremendos planos que nos ofrece no le sería posible escapar de la fatuidad, y pese a todo no sé si finalmente lo consigue.
En el haber de esta película y de su director se puede decir también que la forzada filosofía que padecimos en La delgada línea roja, y que en El árbol de la vida asoma pero no aburre, al menos encuentra aquí una consonancia con el relato de dos vidas paralelas, la del señor O'Brien, que encarna el egoísmo, la envidia, la autosatisfacción, lo terrenal, y su mujer, lo divino y el entusiasmo hetéreo de la existencia de Dios.
La imagen nos cautiva, la música nos envuelve en momentos de belleza casi dolorosos y el relato nos conmueve y nos trae a la cabeza y al corazón nuestra propio infancia y la de nuestros hermanos pese a haber vivido cosas tan distintas. Emocionados, sobrecogidos y agotados, termina la película y tenemos que claudicar ante la maestría del responsable, pero uno no sabe si el agradecimiento se lo debemos nosotros a él, o él a nosotros, por el esfuerzo, por escuchar y ver lo que tenía que contarnos. Muchas más noticias en No es cine todo lo que reluce.

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