En ese contexto y sumando las restricciones reales existentes, el gobierno popular parece condenado de antemano al fracaso, porque el poder económico (sin ninguna autocrítica por el fracaso de su ensayo anterior) toma cualquier intento de conciliación como agitar una bandera blanca de rendición, y actúa en consecuencia, jaqueando al gobierno para reducir aun más su margen de decisión y asegurarse que no pueda siquiera rozar sus intereses.
Para peor, no toda la dirigencia alcanza a percibir que lo primero es consecuencia directa de lo segundo; todo lo cual crea la plataforma ideal para que la derecha vuelva a utilizar a discreción sus armas de seducción masiva y sus dispositivos de construcción de sentido (adaptados en sus modos y plataformas de lanzamiento a los tiempos y la tecnología disponible) para volver a ganar en elecciones libres (al menos del fraude tradicional, y por ahora).
Una vez vuelta al gobierno (porque al poder no lo sueltan nunca) volverán a plantear que el modelo no solo es el correcto sino el único racionalmente posible, que los que fallaron fueron los circunstanciales ejecutores y que es necesario ir más rápido y a fondo, sin ninguna concesión a gradualismos y acuerdos políticos. Por el contrario, reclaman una Moncloa criolla que integre a los márgenes del régimen a parte de los formalmente opositores, para consensuar políticas de Estado (es decir, las que convienen a sus intereses) a largo plazo.
De ese modo (y con la correlativa e imprescindible decisión de reprimir con dureza todo atisbo de protesta social) logra recrear la confianza de los mercados, con los efectos aparejados: ingresan capitales especulativos de corto plazo que facilitan políticas de estabilización sobre la base de una apreciación cambiaria, lo que a su vez facilita financiar consumos superfluos de su base electoral y atesoramiento en divisas, al mismo tiempo que la fuga de capitales de los sectores con mayor capacidad de generar excedentes.
Cuando los límites concretos del modelo de valorización financiera y fuga (con sus variantes en el tiempo, acordes a los procesos de acumulación del capital) están a la vista (es decir, cuando se acaban los dólares, o se empieza a percibir que no alcanzan para todos), la derecha pasa rápidamente y sin escalas de la confianza plena en la hegemonía a largo plazo, a la incertidumbre democrática, la suba del riesgo país y los problemas de confianza en la duración de la tolerancia social al ajuste.
Que si no toma debida nota de las experiencias anteriores, y no asume en toda su implicancia la cuestión del poder (que supone necesariamente conflicto, puja distributiva y afectación de intereses) está condenado de antemano a repetirlas, y reiniciar el ciclo. Nota original