El Cine Español

Publicado el 12 febrero 2015 por Jmbigas @jmbigas
Al hilo de la reciente Gala de los Premios Goya, y por invitación de un buen amigo, que ha sugerido este tema como base de debate para una próxima cena de hermandad (a la que, desgraciadamente, no podré asistir), me he decidido a reflexionar un poco sobre este tema.

La Isla Mínima (Alberto Rodríguez, 2014)

Debo empezar por decir que, en general, me gusta el cine español. Soy un consumidor bastante adicto, especialmente por televisión, a través de las plataformas digitales (el Plus, Yomvi,...). He devorado con placer muchas buenas películas, y también me he tragado multitud de bodrios inclasificables, algunos sólo hasta la mitad, también es cierto. Pero, en general, prefiero una mala película española que una película rutinaria estadounidense. Como mínimo, me resulta mucho más próxima. Está claro que la industria cinematográfica estadounidense es la más poderosa del mundo, la única que, por su globalización, tiene la capacidad de abordar algunas de esas superproducciones de entre las cuales se puede encontrar alguna película que realmente refuerza el sentido espectacular del arte cinematográfico. Aunque también, por supuesto, hay muchas cintas mediocres y bastantes bodrios. Por no hablar del Bollywood de India, cuya producción prácticamente desconozco. Y entre las películas americanas, si uno se asoma a la segunda fila, a las películas que no han nacido en el seno de los grandes estudios y productoras, hay pequeñas obras maestras y multitud de malas películas que son un puro ejercicio de onanismo, o de exhibicionismo, o de narcisismo de su director y sus actores. En las últimas décadas, el cine español ha producido una infinidad de joyas cinematográficas, en géneros muy diversos. Desde las comedias sociales de Berlanga, que permitían al espectador asomarse a la realidad española cruzando los filtros, a menudo espesos, de la censura del Régimen, hasta algunas de las llamadas películas del destape (en los 70 ú 80). En los 80 y 90 se realizaron muchas películas en tono de comedia que son absolutamente remarcables (para mí, Airbag o Belle Epoque son auténticos iconos).

El Verdugo (Luis García Berlanga, 1963)

Se han realizado algunas muy buenas películas del género negro o policíaco, como las excelentes La Caja 507 o No habrá paz para los malvados, o la muy reciente El Niño. Y muchas comedias con tonos ácidos, que han destacado y, a veces permitido entender) la depauperación sentimental y sexual de varias generaciones de españoles. Una figura del cine español como Pedro Almodóvar ha realizado, para mi gusto, alguna obra maestra, como su Mujeres al borde de un ataque de nervios, en tono de comedia casi del absurdo, o el drama rural de la España profunda que es Volver. Pero también tiene en su filmografía otras películas buenas, mediocres o directamente malas.  Recordamos algunas muy buenas películas de época (llamadas a menudo históricas, aunque no necesariamente se sitúen en épocas remotas), pero habitualmente demasiado teñidas, para mi gusto, de prejuicios políticos, de uno u otro signo. Desde las épicas nacionalistas de Juan de Orduña durante el franquismo, a obras claramente inspiradas por la izquierda social y política, como La Ciudad Quemada o Días contados. El año pasado, 2014, se han estrenado algunas muy buenas películas españolas, que han llevado la taquilla a su máximo histórico. Por citar sólo tres, Ocho apellidos vascos (una delicada comedia, que bordea lo escabroso manteniendo la elegancia), La isla mínima (una película policíaca, en el entorno social del principio del postfranquismo y en el entorno natural de las marismas del bajo Guadalquivir) o Torrente 5 (una película de acción, que se mantiene en el género cutre incluso dentro de su muy elaborada y cuidada factura). Tres éxitos de taquilla, que ilustran la realidad de que el público es muy sensible a películas que, por una u otra razón, les llegan y les convencen. De los muchísimos bodrios que me he tragado, no recuerdo ni los títulos ni, a menudo, los directores. Muchos actores y actrices conocidos (y reconocidos) tienen en su historial muchas de esas películas, que acaban siendo puramente trabajos nutritivos (para comer, vamos, y seguramente no mucho).

Airbag (Juanma Bajo Ulloa, 1997)

Está claro que en España no existe esa infraestructura de industria cinematográfica, al menos entendida al estilo de lo que se hace en Estados Unidos. Aquí cada película acostumbra a ser el proyecto personal de un director, que antes de realizarla la soñó. Luego viene el ímprobo trabajo de encontrar fuentes de financiación (a menudo los créditos iniciales de agradecimiento a los que han contribuido al presupuesto de la película duran varios minutos) y reunir al equipo técnico y artístico ideal (o al menos, el posible), para empezar el rodaje. El trabajo a menudo termina con el montaje del metraje final, y finis coronat opus. Sin embargo, una película, como toda obra artística, debe desarrollarse para atraer e interesar al público, por lo menos a cierta clase de público. El objetivo de todo artista es, de una u otra forma, ser amado por lo que hace, por sus obras. Pero muchas de las películas que se producen en España ni siquiera consiguen unos pocos días de exhibición en alguna sala, y pasan directamente al mercado secundario de las televisiones, el DVD o las plataformas digitales. Lo cual no es malo en sçí mismo, pero en el mundo actual denota una carencia preocupante. O el reconocimiento implícito de que sólo una sala casi vacía acogería a muchas de esas obras en su eventual exhibición pública. En el cine español hay mucha polémica con las subvenciones de todo tipo. Todas las administraciones tienen alguna política de financiación (con o sin fines lucrativos) a la cinematografía. Los ayuntamientos y Comunidades Autónomas ofrecen subvenciones, o facilidades de todo tipo, a producciones que estiman que les pueden favorecer de una u otra forma, haciendo más conocidas sus bellezas o sus tradiciones, o mejorando su posicionamiento turístico. El propio Woody Allen (algunas de sus películas, para mí, son obras maestras), ha sucumbido a esta tentación en sus películas sobre Barcelona, París o Roma. El Estado o la Unión Europea desarrollan políticas de protección o desarrollo artístico, que son, a menudo, mucho más rutinarias, por no decir arbitrarias. Si buceáramos en la cinematografía de otros países de la Unión Europea (dejando al margen los países de habla inglesa, muy próximos a la industria estadounidense) me temo que veríamos fenómenos muy parecidos a los endémicos en la cinematografía española. De un lado, unas poquísimas películas que destacan por su calidad y acaban cruzando las fronteras, y un montón de filmes menores y, casi siempre, absolutamente carentes de interés para el público, salvo para un pequeño puñado de fanáticos.

Belle Epoque (Fernando Trueba,
1992)

Los aficionados al cine quizá recuerden dos o tres películas francesas, quizá una o dos italianas, si acaso una alemana, y casi nada del resto de países. Dejando al margen, por supuesto, las infumables, arrogantes y presuntamente intelectuales películas-bodrio de Ingmar Bergman que nos tragamos en las sesiones de cine-club de nuestra juventud. Yo me niego a aceptar una especie de dicotomía entre un cine comercial y un cine serio e intelectual. El buen cine siempre atrae al público. En un mercado como el español, si tenemos en cuenta todos los posibles canales, podemos aceptar que una película atraiga a un millón de espectadores o a diez millones. Seguramente sus presupuestos, dada la sagacidad de los productores, serán acordes a esa capacidad de atracción. Pero una película que sólo atraiga a unos pocos miles de espectadores voluntarios (que pongan algo de su parte, pagar una entrada o un alquiler en las plataformas digitales) se convierte en una obra puramente onanista, exhibicionista o narcisista. Que ese tipo de obras reciban dinero público para su financiación, me parece mal. Creo que los presupuestos públicos, en el campo de la cinematografía, deberían orientarse al desarrollo y fortalecimiento de la industria cinematográfica en España, más que a financiar obras concretas. Una industria fortalecida, con algunas ventajas fiscales ligadas a la generación de empleo (como cualquier otro sector), sería capaz de escoger, potenciar y financiar las buenas películas. Aunque, seguramente, condenarían a una soledad ganada a pulso a muchos proyectos que sólo están concebidos para el lucimiento de su director o actores, Además, tengo un agravio contra muchas películas españolas que quiero plantear con toda energía. La mayoría tienen un sonido nefasto, en el que resulta prácticamente imposible comprender los diálogos. Sospecho que tras esta extendida carencia hay dos factores enfermizos. De una parte, el absurdo intento de que una película sea la vida filmada, y la extensión de uso del sonido directo, tomado directamente durante el propio rodaje. De otra parte, posiblemente las carencias económicas no permiten un doblaje en condiciones o una mejora del sonido en laboratorio que facilite al espectador comprender la historia, los diálogos y los personajes que el guionista y el director quieren transmitir al espectador. Me resulta descorazonador ponerme a ver una película en la televisión, por ejemplo, y tener que subir el volumen hasta niveles ridículos que ya generan distorsión, o a perderme casi íntegramente los diálogos de los personajes. Ello me refuerza la idea de que hay muchos directores que ruedan una película exclusivamente para sí mismos, y no piensan para nada en el potencial espectador (en cualquier caso, prácticamente inexistente).

Volver (Pedro Almodóvar, 2006)

Por eso, siempre que está disponible, veo estas películas con la opción de subtitulado para sordos activada. A menudo, ayuda bastante a poder entender y juzgar la película con conocimiento de causa. Recientemente he visto una película que me pareció muy interesante, Marsella. En ella se plantean los conflictos entre una niña y sus madres biológica (María León) y de acogida (Goya Toledo). No teniendo la opción de subtitulado, fui absolutamente incapaz de entender qué había sucedido con el padre de la niña, ya que se desvela en un punto del diálogo que resulta absolutamente indescifrable. Una pena que una película de cierto interés sufra mucho por culpa de esas deficiencias técnicas. Hace años descubrí que las películas, como los libros, deben saberse ganar el derecho a que les dedique el tiempo necesario para seguirlas de principio a final. Mi historial de películas que dejé de ver a los quince, veinte o treinta minutos de haber empezado resulta interminable. Por cierto, películas españolas o de otro origen. Soy consciente de que no todas las películas están hechas para un público como yo. Por eso también he abandonado películas que me parecen de calidad, pero que no llaman para nada mi atención. A pesar de haber leído hace años la trilogía completa del Anillo de Tolkien, por ejemplo, sólo fui capaz de llegar a la mitad de la primera película, entre muchos bostezos y bastante sopor. No debe ser una película para mí. A diferencia de otras manifestaciones artísticas, cuya creación puede ser incluso un acto solitario y prácticamente gratuito (al menos en lo que a desembolsos específicos se refiere), producir cine es caro. Se trata siempre de obras más o menos corales, donde hay que contar con un cierto equipo técnico y artístico, que tiene que dedicarle parte de su tiempo, por el que merecen algún tipo de remuneración.

El Niño (Daniel Monzón, 2014)

Financiar el cine nunca debería ser un acto puramente administrativo, arbitrario o rutinario. El dinero público nunca debería dirigirse a financiar proyectos concretos, sino a fortalecer una industria que fuera capaz, de ese modo y con sus propias fuerzas y conocimiento, a escoger los proyectos que quiere producir. Teniendo siempre al espectador en la cabeza, finalmente la única razón genuina por la que una película se merece existir. Por supuesto, resulta ridículo que el IVA cultural esté al máximo nivel posible (21%), cuando las revistas pornográficas tributan al 4%. Pero también me resulta absurdo que se repartan subvenciones que, de forma casi inevitable, acabarán retribuyendo lealtades de uno u otro tipo. En un contexto industrial con un buen nivel de desarrollo, el director que no consiguiera financiar su proyecto en ninguno de los posibles circuitos, debería replantearse seriamente si el cine es su medio de expresión artística. Una industria cinematográfica con músculo tiene que ser capaz de producir algunas películas como producto de consumo para grandes públicos (cine de palomitas, para entendernos), y también obras más personales para públicos más reducidos. Pero desde mi punto de vista sólo hay dos tipos de películas: las buenas y las malas. Sólo algunas de las buenas realmente me gustan. Muchas más cosas quedarían por contar, pero eso ya será, si acaso, otro día. JMBA