Y es todo un acierto. El profesor Cronenberg nos examina con un folio en el que rebosan respuestas, teorías y sentencias ofreciéndonos la libertad de cátedra para formular las preguntas. Y no es fácil lograr el aprobado con esta metodología.
Toda su obra requiere la entrega del espectador, sin embargo en Cosmopolis esa concesión no es sencilla. No ayuda la verborrea plagada de tecnicismos que emplean los personajes que deambulan por la pantalla ni la claustrofobia inducida como marca de la casa.
Si en algo es especialista el canadiense es por incrustarse en nuestra mente y poner el centrifugado, nada es mascado en su filmografía. Desde sus primeros trabajos, donde el terror era un mero vínculo filosófico, hasta sus últimas obras mas academicistas sustentadas en el diálogo, encontramos un director inquieto, preocupado por los movimientos sociales, por la falta de identidad. Cosmopolis, en su fondo, no difiere de sus predecesoras. Ese ambiente malsano, esa sociedad cuestionada tienen cabida en el metraje. Sin embargo, lo que se le achaca son las formas.
La pedantería imperante conlleva a la desconexión. Una conferencia repleta de excesos en la que lo reflexivo enseguida se pierde en un mitin hueco. Si bien somos conocedores de que asistiremos a un enfrentamiento entre el capitalismo y el anarquismo, los caminos hasta el cuadrilatero se hacen exasperantes.
Si Cronenberg quería incomodar lo ha logrado, no le quitemos mérito, pero no de la manera a la que nos tenía acostumbrados. La inquietud planteada por el cuestionado funcionamiento del sistema económico actual deriva en un ejercicio fílmico cuyas idas de olla la convierten en un caos donde las formas apenas dejan vislumbrar un fondo digno de análisis.
Lo mejor: Pattinson dando vida a un magnate en una cinta anticapitalista por muy paradójico que resulte.
Lo peor: su humor tan absurdo como rebuscado.