El español en peligro

Publicado el 12 noviembre 2014 por Tradux @TraduxNews
  
Las poblaciones humanas presentan distintos rasgos fenotípicos tales como el tono de la piel, la forma del cuerpo, más redondo o alargado, o la cantidad de glóbulos rojos en la sangre. De este modo el humano se adapta a distintas condiciones medioambientales, en un cambio progresivo, gradual, que Julian Huxley denominó “clina”.
Con las lenguas sucede algo similar: hay una variación lingüística progresiva en el tiempo y el espacio, resultado de lo que llamamos un continuo o complejo dialectal. Tanto es así que, de la misma manera que resulta difícil hablar de un “humano negro” prototipo, es muy complejo fijar el arquetipo pacífico de una lengua como la española; un idioma, por razones históricas y geográficas, constituida por múltiples dialectos, todos ellos distintos pero igualmente merecedores de llamarse “español”.
Y, dejémoslo claro una vez más para que no haya equívocos, no hay un español mejor que otro.
Sin embargo, considero que la fuerte variación diatópica (por razones geográficas) supone para la lengua española un grave riesgo de desnaturalización. Creo que hay señales de peligro que están pasando desapercibidas. Considero, en definitiva, que todos los hispanohablantes deberíamos reflexionar sobre la deriva errática que está tomando nuestra lengua común.
Para entender el origen del problema resulta imprescindible ofrecer una breve semblanza de este fenómeno de evolución cultural que llamamos español.
Todo comienza hace dos mil años, con tres provincias romanas en la península ibérica que presentan importantes diferencias: la rica y fértil Bética y la prestigiosa Lusitania, ambas en el suroeste, de donde proviene el tesoro del mineral, del aceite, el vino o la manufactura del famoso garum; la Tarraconensis al noreste, con menos riqueza material y un carácter más militar. En la Tarraconensis se encuentra Asturias, el último territorio conquistado por los romanos durante las guerras Cántabras, bajo el mando directo de Augusto. En los distintos territorios el latín adopta vocablos y expresiones celtas, íberas e incluso fenicias. El propio nombre “España” tiene un pasado fenicio. Significaba “playa de conejos”.
Con el desmembramiento del impero romano (un proceso gradual, pero que fecharemos en el 410 d.C.), y faltos de la fuerza centrípeta y aglutinante del gobierno imperial, regiones y valles de Hispania, ahora más aislados y bajo la dominación de invasores germanos, adoptan dialectos romances significativamente distintos unos de otros.
Hablo, pues, de hechos históricos y particularidades geográficas que determinarán la evolución de las distintas hablas peninsulares. En la Bética y la Lusitania, por ejemplo, romanizadas muy pronto durante las guerras Púnicas que enfrentaron a romanos y cartagineses, encontramos rasgos arcaicos en su latín. Un latín que proviene del sur de Italia. Algunos estudiosos defienden el hecho de que las diferencias léxicas y sintácticas en España son mayores que entre los países hispanoamericanos. Y después de lo dicho, no es de extrañar.
El mejor ejemplo lo tenemos acaso en la belicosa Asturias.
¿Han oído hablar del Eonaviego? Es un dialecto romance que se habla en unos pocos concejos (municipios) del occidente asturiano, una zona con apenas 40.000 habitantes, mezcla de asturiano-leonés, castellano y gallego. Por ejemplo, esta lengua peculiar tiene 7 vocales, como el gallego. Se habla únicamente en una zona situada junto a Galicia, zonas del noroeste peninsular que tienen de antiguo relaciones comerciales con la Lusitania (Portugal y parte de Extremadura) a través de la Vía de la Plata, una de las principales vías de comunicación terrestre, que parte de Mérida y acababa en Astorga (León); posiblemente los mismos caminos por los que el rico estaño tartesio transitaba de norte a sur rumbo a Fenicia o Grecia.
Un documento notarial del año 1.300, relativo al monasterio de Villanueva de Oscos, nos muestra la influencia gallega en el Eonaviego:
“Esta doaçon uos damos al dito moesterio por las nosas almas e de aquelos de que foy el dito herdamento". Lo que resulta más curioso es que en la propia Asturias, unos valles más hacia el este (apenas unos kilómetros), el idioma (y el paisaje) cambia. El asturiano-Leonés es un idioma importante en la historia del español, porque es la monarquía asturleonesa la que inicia la reconquista cristiana. El dialecto castellano, que acabará siendo oficial, comparte con el asturleonés el hecho de tener 5 vocales, no 7 como el Eonaviego. Es decir: como Don Pelayo frenó en Covadonga el año 722 la acometida de los árabes (una zona asturleonesa y no eonaviega), usted y yo hablamos una lengua, el español, con cinco vocales.
El Padre Nuestro, en Asturleonés (también llamado bable), se escribe así:
Pá nuesu que tas nel cielu, santificáu seya'l to nome. Amiye'l to reinu, fáigase la to voluntá lo mesmo na tierra qu'en cielu. El nuesu pan de tolos díes dánoslu güei y perdónamos les nueses ofenses lo mesmo que nós facemos colos que mos faltaren. Y nun mos dexes cayer na tentación, y llíbramos del mal. Amén.


Lo que sigue es una historia de siglos en absoluto lineal; en el 711 los árabes habían invadido la Península Ibérica excepto, como dijimos, un pequeño enclave en el que se hablará el asturleonés. Dos siglos más tarde el Reino de Asturias se extiende hacia el oeste y se denomina Reino de León. En el 932 el llamado “Condado de Castilla”, bajo la figura señera de Fernán González, alcanza la categoría de estado autónomo y, un siglo más tarde, se denominará como Reino de Castilla, con su capital en Burgos. En la riojana Sierra de la Demanda se escribirán las primeras palabras en castellano (aunque esto plantea dudas) y, sí seguro, las primeras en un idioma extraño que nada tiene que ver con el latín: el vascuence. La España medieval se encuentra dividida pues en varios reinos: en los valles de los Pirineos, por ejemplo, se mantuvo otra lengua, más cercana al catalán y al gascón que al Asturiano, castellano o gallego: el navarroaragonés: Pai nuestro, que yes en o zielo, satificato siga o tuyo nombre, bienga ta nusatros o reino tuyo y se faiga la tuya boluntá, en a tierra como en o zielo. O pan nuestro de cada diya da-lo-mos güei, perdona las nuestras faltas como tamién nusatros perdonamos a os que mos faltan, no mos dixes cayer en a tentazión y libera-mos d'o mal. Amén.  Los siglos transcurren y se avanza en la reconquista, una labor de siglos. Mientras, en los territorios dominados por los árabes de la antigua y rica Bética, los cristianos no convertidos hablan un idioma extraño, el mozárabe, un habla romance pero fecunda de términos provenientes del árabe y que se escribe con la grafía árabe. Cuando los territorios antaño musulmanes pasan a ser cristianos, los hablantes mozárabes adoptarán el idioma oficial del reino más poderoso, el castellano; pero impregnarán el mismo de palabras procedentes del árabe; un fenómeno más acusado cuanto más al sur se encuentren. Al español llegan palabras como tambor, alcalde, zanahoria, jarabe, almohada, tabique, tarea, ojalá, azufre, azul, aceite, aduana, noria, alcohol, naranja, café… todas provenientes del árabe. Con ello el español, como lengua que se impondrá en toda la península, comienza a tomar forma; pero se conserva una diferencia significativa entre los distintos dialectos peninsulares.
Lo que sucede en el sur peninsular nos importa, porque será de Andalucía o Extremadura de donde provengan buena parte de los hispanoparlantes que pueblen las américas. Y no me refiero tanto de la fonética, que determinará un habla distinta de la castellana, como del léxico y, muy especialmente, de la sintaxis.
En los territorios que se mantuvieron durante siglos bajo dominio árabe las tres religiones y culturas “del Libro”, árabes, cristianos y judíos, convivieron en relativa paz. Ello supuso, como ya he dicho, que el habla cristiana (romance), con su latín antiguo, se enriqueciese de vocablos árabes. La variedad léxica del sur es, en efecto, sorprendente. Permítanme, en este sentido, que ofrezca un ejemplo: mi madre era de Jerez de la Frontera y mi padre de San Fernando; ambas poblaciones de la provincia andaluza de Cádiz. A pesar de pertenecer a una misma provincia y de la poca distancia, a menudo mis progenitores empleaban palabras distintas para definir un mismo objeto. Por ejemplo: el juguete infantil volador que yo llamaba “cometa” (como en casi toda España), mi padre lo llamaba “barrilete” (como en zonas de Argentina, Cuba o Uruguay). Mi madre, sin embargo, lo conocía como “Pandorga” (al igual que en Paraguay).
La pregunta surge: De todas las acepciones propuestas, ¿cuál es la correcta?
La respuesta es: todas.
Sin embargo, esta pluralidad léxica, que considero un ejemplo de riqueza y diversidad cultural, sí plantea un problema a la hora de tener que escoger un término que pueda reconocerse universalmente por todos los hispanohablantes. Y volvemos al meollo del problema; si tengo que escribir un texto que se entienda en Asturias, Madrid, Andalucía, México, Uruguay o Panamá ¿Qué palabra empleo?
Porque, además, el léxico puede dar lugar a malentendidos. De nuevo abuso de una experiencia personal: hace casi 20 años me encontraba en un bar barcelonés, confieso que a horas intempestivas, acompañado por unos colegas de curso y conferencias. Uno de mis amigos, algo embriagado, hombre por lo demás de edad y ánimo sereno, catedrático reconocido de Derecho Laboral en su patria centroamericana, se animó a comentar en alto:
“Pues yo ahora me comería unas pollitas”
En su español americano, el verbo “comer” significaba algo así como “tendría una aventura amorosa con..” (por decirlo suavemente), y con “pollitas” decía “jovencitas”.
Todavía recuerdo el silencio incómodo en el bar.
También caben interpretaciones en sentido contrario: en España el verbo “coger” es sinónimo de agarrar, pero en buena parte de América resulta inadecuado su uso por razones de sobra conocidas. Por lo tanto, si voy a escribir un texto que va a ser leído en América, mejor haría en emplear un sinónimo para no herir susceptibilidades
 Pero, lo decía, no sólo es el léxico. La Andalucía medieval, muy especialmente durante la época de esplendor Omeya, era refugio de sabios y pensadores, la reserva intelectual del occidente europeo. El contraste entre los reinos cristianos, rústicos y batalladores, y la cosmopolita y sabia Córdoba de Abderramán III era, simplemente, tremendo. Hablamos de un lugar en donde no sólo florecían la matemática, la filosofía, las ciencias de la naturaleza o la astronomía. Más importante incluso: el pueblo participaba de esta fuerza cultural que se manifestaba, por ejemplo, en frecuentes concursos públicos de poesía. El público jaleaba al ganador con gritos de “Alá”, que con el tiempo hemos convertido en “Olé”.
La reconquista sirvió para que los vencedores del norte adoptaran costumbres más refinadas, embebidos de la riqueza del sur. Pero, además, se mantuvo en territorios más meridionales un gusto por el habla más rica en matices. Lo diré sin ambages: en Andalucía se pronuncia pésimamente el castellano si nos basamos en la ortodoxia fonética, pero es un castellano fecundo, exuberante. Por desgracia, se confunde “pronunciar” el castellano con “estructurarlo”, “construirlo”. Curiosamente, Lorca, Machado, Alberti, Juan Ramón Jiménez, Góngora, Bécquer, Cernuda, Zambrano, Francisco Ayala, Giner de los Ríos, Emilio Lledó, Madariaga, Muñoz Seca, Pemán, Nebrija… y tantos otros estudiosos y escritores. Todos ellos eran andaluces.
Y de esta habla rica es de donde proviene un español, el americano, que a su vez se enriquece de los vocablos precolombinos y de una dispersión geográfica increíble que genera múltiples dialectos.
Pero volvamos al término “cometa”, y en concreto a la palabra “barrilete” que empleaba mi madre en Jerez y Chipiona. En el extremo occidental de la provincia de Cádiz significa “cometa”, así como en Argentina, Cuba y Uruguay, en estos dos últimos países con la particularidad de que su forma debe ser hexagonal y más alta que ancha. Sin embargo en México, el país con un mayor número de hablantes del idioma español, “barrilete” significa aprendiz, especialmente de los abogados. En el resto de Iberoamérica y en España al que aprende el oficio de un abogado se le denomina de otra manera: “pasante”.  
Y de nuevo un problema: “pasante” en México define a un licenciado que está preparando su tesis doctoral. En el resto de la comunidad hispanohablante sería un “doctorando”, aunque en países como Chile, Bolivia o el propio México existe la palabra “tesista”.
Es un laberinto que se adivina interminable.
Si voy a escribir un texto que sea entendible para toda la comunidad hispanohablante, tendré que elegir unos términos y prescindir de otros. ¿Qué criterio elijo?
Para contestar a esta pregunta, lo primero que debo preguntarme es si hay un diccionario que sea referencia absoluta sobre la terminología del español. Y no es una pregunta absurda, porque de hecho hay más de un diccionario “oficial”. Me explico: la Academia Nacional de Letras de Uruguay, a quien compete la defensa del idioma oficial en el país sudamericano, publicó en el año 2011 el “Diccionario del Español del Uruguay”. Hay más de 10.000 voces o acepciones propias de los uruguayos y que “no son empleadas en el español estándar”.
¿Un ejemplo? “Auxiliar” en Uruguay es como se define a la rueda de repuesto de un automóvil.
Por cierto, ¿”Automóvil”, “coche”, “vehículo”, “turismo” o “carro”? ¿”Autobús”, “Guagua”, “autocar”, “ómnibus “o “camión”?
Hay también diccionarios del español de Honduras, de México o Argentina, por ejemplo, pero no todos redactados por las Academias de la Lengua.
Pues bien, en mi opinión sí hay un diccionario de referencia de la lengua española; es el Diccionario de la Lengua Española que edita la Real Academia Española en colaboración con la Asociación de Academias de la Lengua Española. Su carácter panhispánico e integrador se refleja en la intervención activa de la Asociación de Academias de la Lengua Española, y tiene su refrendo en la incorporación de nuevos americanismos usados en al menos tres países. También se han introducido guineanismos, de tal manera que en la edición vigesimotercera, recién editada, hemos pasado de 88.431 entradas a 93.111.   
No sólo se citan expresamente a todas las Academias de la Lengua Española; además, el Diccionario tiene como denominación “Diccionario de la Lengua Española”, no de España o de la lengua de España. Es una obra de todos y para todos. Como dice la propia Academia, el Diccionario es uno de los principales instrumentos de que dispone para seguir velando por la esencial unidad de la lengua española.
Pues bien, mi recomendación sería que, en aras de acordar un español estándar, utilizásemos el diccionario de la RAE como guía. Siempre que una palabra aparezca como un localismo, ya sea canario, andaluz, cubano o guineano, parece conveniente optar – siempre que sea posible – por un sinónimo más extendido y entendible por la generalidad de hablantes. Otra pista nos la ofrece el diccionario, cuando una entrada remite directamente a otra que resulta ser un sinónimo, y en donde sí se define su significado. 
De lo que hablo es de (y sólo de) utilizar un español estándar en escuelas, traducciones o comunicaciones que afecten a más de una región, de tal manera que fijemos unas normas de uso común y que faciliten lo que es la esencia de todo lenguaje: su carácter de herramienta de comunicación. Porque, y cito textual lo que expresa la Asociación de Academias (todas las Academias de español): “si no existiera ese conjunto de preferencias comunes, y cada hablante emplease sistemáticamente opciones particulares, la comunicación se haría difícil y, en último extremo, imposible”. Más claro incluso: “La norma surge, pues, del uso comúnmente aceptado y se impone a él, no por decisión o capricho de ninguna autoridad lingüística, sino porque asegura la existencia de un código compartido que preserva la eficacia de la lengua como instrumento de comunicación”.
Como el español se habla en más de veinte países, es inevitable que haya normas y usos diversos. No hablo de que todos hablemos igual. Más bien hablo de “una expresión culta de nivel formal, extraordinariamente homogénea en todo el ámbito hispano, con variaciones mínimas entre las diferentes zonas, casi siempre de tipo fónico y léxico” (De nuevo la Asociación de Academias). Es la lengua de las escuelas, de los ensayos y libros científicos, de las traducciones dirigida a lectores de todo el mundo.
Pero esta homogenización de la que habla la Asociación de Academias de la lengua española corre serio peligro. No tanto porque en ocasiones se discuta la primacía de la RAE y su diccionario (que también), sino por la intromisión de extranjerismos que afectan no sólo al léxico, sino a la sintaxis. El español que se habla en los EUU difiere del que se enseña en las escuelas, pero corremos el riesgo de que su influencia viaje como una ponzoña a través de modismos ajenos al español culto.
¿Se han fijado? Hay una Academia Norteamericana de la Lengua Española. Pero no la hay de la lengua inglesa ¿Por qué? No hay Academias de la Lengua Inglesa en ningún país del mundo. Tampoco la cultura anglosajona sabe de Documentos de Identidad, ni su ordenamiento jurídico se basa en Códigos escritos, sino en la jurisprudencia. Es otra cultura, distinta a la nuestra. Y, créanme, en su seno el español estándar corre peligro.
Para un idioma un siglo, dos, no es nada. Pero bastan esos 200 años para que cambien sus estructuras, adentrándose, en palabras del hispanista Günther Haensch, en una senda peligrosa. Ya tenemos, al menos, tres españoles estándar: el ibérico, el rioplatense y el mexicano.
Nos entendemos, cierto, y estamos a tiempo de tomar conciencia del problema. Pero observo una tendencia clara al abandono, a una falta de rigor. Y hablo de España, en donde el español se empobrece por decenios, con una juventud cuyo conocimiento de la sintaxis es deficiente y su vocabulario paupérrimo.
Pensemos en términos de “activo económico”. Un mismo idioma derriba fronteras y fomenta el intercambio. Nos hace más ricos e influyentes. ¿Vamos a descuidar un recurso tan increíble? ¿Permitiremos que se asiente la frase “vacunar la carpeta” (vacuum the carpet) como “aspirar la alfombra”?
Sería una lástima, porque “alfombra” es una palabra de origen árabe. Forma parte de nuestra historia común, de nuestra identidad como hispanohablantes.
Es una hermosa palabra, que nos pertenece a todos.
Antonio Carrillo