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El espejismo del amor: No me digas adiós (Goodbye again, Anatole Litvak, 1961)

Publicado el 11 diciembre 2017 por 39escalones

El espejismo del amor: No me digas adiós (Goodbye again, Anatole Litvak, 1961)

Una novela de Françoise Sagan está en el origen de este drama romántico dirigido por Anatole Litvak en 1961. Paula, una parisina madura (lo que por entonces se consideraba madurez, pues el personaje ha cumplido los cuarenta años; Ingrid Bergman tenía 46), trabaja como decoradora y está profundamente enamorada de Roger (Yves Montand), hombre de edad que tiene una excesiva pasión por las jovencitas, con las que arregla encuentros excusándose en continuos viajes de negocios derivados de su profesión, ejecutivo de ventas de una fábrica de tractores y maquinaria. En uno de sus encargos como decoradora conoce al joven hijo de su clienta, Philip (Anthony Perkins, premiado en Cannes y con el David de Donatello por su interpretación), un inexperto abogado de apenas 25 años que se enamora fulminantemente de ella, y que desde el primer momento la acosa para sacarle una cita. La resistencia inicial de la mujer coincide con el desinterés cada vez más patente en Roger y con el descubrimiento de sus escarceos continuos. De modo que su primera oposición se va diluyendo en la alocada espontaneidad del muchacho, que desprecia todas las convenciones y todos los supuestos inconvenientes de su hipotética relación, y gracias al cual se siente rejuvenecer. Sin embargo, cuando Roger ve peligrar en serio la que creía una relación consolidada con Paula, se propone reconquistarla y eliminar a Philip del triángulo amoroso. Paula, dividida entre la estabilidad y la aventura, entre la conveniencia y la pasión, se siente prisionera emocional de una situación repleta de trampas y peligros, el primero y principal de ellos, la soledad.

Estimable adaptación pilotada por Anatole Litvak, cineasta judío de origen ucraniano al que los sucesivos avatares de la Europa de entreguerras terminaron por arrastrar desde Alemania y Francia hasta Hollywood, donde, a lo largo de una carrera de cuatro décadas, despuntó por sus historias dramáticas situadas en ambientes refinados y elitistas, de argumentos poderosos y contextos ricos y complejos protagonizados por personajes con carencias emocionales, además de por sus comedias y algún que otro melodrama criminal colindante con el cine negro. Sus ambientes, siempre sofisticados y próximos a la aristocracia y a la alta burguesía, están meticulosamente construidos, con un gusto y un cuidado heredados con toda probabilidad de su trabajo como asistente de dirección de Max Ophüls durante su etapa francesa. El confort económico no viene acompañado del sosiego emocional, y los personajes ven complicada su plácida existencia por una serie de vaivenes sentimentales en los que está en juego la verdadera naturaleza de la vida, su esencia alejada de las comodidades materiales, insuficientes a todas luces para curar las enfermedades del alma y del corazón. En el caso de Paula, se enfrentan dos formas de vivir contrapuestas, encarnadas por hombres distintos, encrucijada que se complica todavía más debido a un doble peso adicional: el egoísmo propio y los dictados de la conveniencia social. Sumida en un auténtico dilema, sacudida lo que hasta entonces era una vida sencilla y placentera, se ve de repente inmersa en una crisis de cuyo resultado depende el resto de su existencia, todo su futuro. Para Philip, sin embargo, Paula supone el descubrimiento del amor, un amor juvenil, impulsivo, idealizado, en el que las decepciones y los contratiempos no existen como posibilidades; el “aquí y ahora”, propio de la juventud, lo invade todo. Roger, no obstante, se ve herido en su orgullo masculino con la pérdida de una posesión más preciada de lo que creía, que no temía perder porque la consideraba segura, refugio entre sus aventuras ocasionales pero continuadas. Paula opta, decide sobre la base del amor que cree auténtico, verdadero, seguro, eterno. La conclusión, la consecuencia de su decisión, fenomenalmente filmada por Litvak en un par de tomas magistrales, implica la claudicación, la derrota, la resignación, la muerte de la ilusión, la comprensión del error, todo ello esculpido en el hermoso rostro blanquecino de Ingrid Bergman, en un final al que parece aludir expresamente el de Las amistades peligrosas (Dangerous liaisons, Stephen Frears, 1988).

Excelentemente interpretada, en una construcción que depende tanto de los diálogos y del intercambio de golpes emocionales como de los silencios y de los rostros de los actores (en especial, de la Bergman), la película se edifica sobre secuencias largas y tránsitos rápidos. La arquitectura de las escenas, aparentemente sencilla (con tomas de mérito, como aquella en la que Philip descubre por vez primera a Paula desde la escalera, por las puertas entreabiertas del salón; no así, en cambio, el momento en que tiene noticia de las infidelidades de Roger), sirve, sobre todo, al primer propósito de Litvak, que son los personajes y su tortura emocional. Conversaciones largas, diálogos elaborados, situaciones que, en no pocos casos, aluden veladamente pero de manera elocuente a cuestiones sexuales imposibles de mostrar, en una forma academicista de melodrama clásico que se extiende hasta las dos horas de metraje recreándose en el carrusel sentimental de tres personajes súbitamente perdidos punteado por la música del compositor Johannes Brahms, pieza fundamental en la novela adaptada, tanto en su partitura original como trasladada al jazz de los locales nocturnos de París.

Además del trío protagonista, pequeños papeles para Diahann Carroll, como vocalista de un club nocturno, colaboraciones de Jean-Pierre Cassel y de Yul Brynner, y la aparición de Jessie Royce Landis, como casi siempre, encasillada en el papel de madre (con todas las connotaciones que puede tener para el cinéfilo el personaje de la madre de Anthony Perkins al año siguiente de haber interpretado a Norman Bates), terminan de redondear el aspecto interpretativo, que en todo momento transita por encima del contenido formal. No obstante, la solidez del guion, que no descuida ningún resquicio y aprovecha todo el material para dotar al conjunto de gran valor narrativo (por ejemplo, las profesiones de los protagonistas no son, en ningún caso, gratuitas: Roger y su maquinaria; Paula y su manera de reinventar espacios sustituyendo lo viejo por lo nuevo; Philip,  despreocupado e informal en un entorno que exige precisión, rigor y seriedad) invita a acercarse a esta historia de desamor en la que todos, tal vez como siempre, pierden.


El espejismo del amor: No me digas adiós (Goodbye again, Anatole Litvak, 1961)

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