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EL ESTADO CONTRA EL INDIVIDUO (El Estado contra el Individuo) 6

Publicado el 28 octubre 2020 por Jorge Maqueda @jorgemaqueda

La razón de anular al individuo. (el individuo, el hombre de fuerte pensamiento y deseo de libertad, ha pavimentado el camino de cada avance humano, de cada paso hacia delante a favor de un mundo más libre y mejor)

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Si tengo que encontrar una razón a lo que hago, en oposición a lo que hacen otras personas, es que nada de lo que concibo es pensando en el dinero: ni en el que pueda gastar, o bien obtener con ello. Jamás, me interesó el papel pintado, ni en las paredes de mi casa ni en el bolsillo pero, siendo honestos: es necesario, lo han impuesto, y nos lo han impuesto así.  He nacido a un mundo prefabricado, constituido y podrido de reglas y dudosa moral, en el que de alguna manera hay que conseguir papeles ―los únicos que aceptará otra persona o administración ―a cambio  de de proveerte de aquello que  necesites  de uno o del otro, y que no puedas encontrar por ti mismo en la calle o el campo.  El problema, es que esos papeles, lo que representan, son el objeto por muchos ambicionado, principio y origen último de todos los males y tribulaciones del mundo: en la sociedad y las personas que viven en ella. No tardé en darme cuenta de todo esto (si bien, entonces, hace mas de treinta años, no lo entendía con todas sus consecuencias) como que trabajar para conseguir dinero, siempre, es trabajar para alguien, que a su vez trabaja para alguien, que trabaja igualmente para alguien y no porque quieran o deseen hacerlo, sino porque lo necesitan y deben hacerlo, y hacerlo todos los días para poder vivir: esclavos, de ese alguien en última instancia, al que ni conocen ni han visto nunca y, por encima de todos distribuidores, administradores y funcionarios, el estado, como administrador de bienes y personas: el monstruo por excelencia, genio y destructor del individuo.  

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Todos lo sabréis, pero por si acaso, lo explico muy brevemente: Hubo un tiempo, cuando el Estado no existía. El hombre entonces vivía en su condición natural en el mundo, sin un estado o gobierno organizado. Vivíamos como familias en pequeñas comunidades que araban la tierra y practicaban oficios y artesanías. El individuo, y posteriormente la familia, fueron la unidad de la vida social, donde cada uno era libre e igual a su vecino. La sociedad humana era entonces una asociación voluntaria basada en  la mutua protección y reparto de beneficios. Los miembros más viejos y con más experiencia eran los guías y consejeros del pueblo. Ayudaban a gestionar los problemas vitales, y no a dirigir y dominar al individuo.

El gobierno político y el Estado se desarrollaron muy posteriormente, surgido del deseo de los más fuertes para beneficiarse a través de los más débiles, de unos pocos sobre los demás. El Estado, eclesiástico y secular, servía para dar una apariencia de legalidad a las maldades realizadas por unos pocos a los demás. Esta apariencia de corrección era necesaria para un más fácil gobierno de las personas, ya que ningún gobierno puede existir sin el consenso de las personas, consenso abierto, tácito o asumido. El constitucionalismo y la democracia son las formas modernas de este consenso; el consenso se inocula y adoctrina a través de la denominada “educación “, en el hogar, en la iglesia y en cada fase de la vida. Este consenso es la creencia en la autoridad, necesario para el Estado. En su base se encuentra la doctrina de que el hombre es tan malvado, tan vicioso, tan incompetente como para reconocer lo que es bueno para él. Sobre ésta, se levanta todo gobierno y opresión. Dios y el Estado existen y son apoyados por este dogma.

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Recuerdo, que poco antes de terminar el bachillerato, cuando la idea que predominaba en mi era matricularme en la universidad para estudiar filosofía, fui consciente, por medio de unas charlas y reuniones, de una realidad distinta a la que yo imaginaba y que asienta en todos los órdenes de magnitud de la vida, y por consiguiente afectando al hombre de igual manera. En la universidad, no iba a obtener lo que yo deseaba, no conocería a los pensadores, sus razones, su vida e impulso, el impulso que yo aun no tenía o no sabía que tenía pero entonces buscaba desesperadamente, menos aún me orientarían o enseñarían a pensar, al menos, libremente. Desilusión, esa fue mi reacción, pues no obtendría nada, al reconocer que la filosofía esta hurtada en parte, manipulada y subordinada a un propósito distinto para el que fue creada. La filosofía, si atendemos a su significado, “enseña a pensar, nos dota de los rudimentos necesarios para la argumentación diaria, nos permite afrontar la vida con la necesaria distancia. Sirve para pensar mejor. La educación humanística no es solo una educación en el saber, sino en el saber ser y estar”. Es por tanto, que estudiar filosofía en la universidad nos enseña hoy a pensar, como las escuelas quieren que pensemos, dotándonos de los instrumentos necesarios (que las escuelas determinan que son los correctos y apropiados) para una buena argumentación, y mejor adaptación social, sabiendo ser y estar en esa sociedad y para la sociedad, sirviéndola. Si hay algo que descubrí y me entristeció sobremanera es que Cuando yo fui a buscar al hombre en la filosofía, la filosofía ya se había olvidado del hombre. Por suerte, tome la decisión correcta: la más difícil, y dura, pero la mejor. Pues ya con el tiempo y los años te das cuenta, por ejemplo que una enseñanza sesgada y dirigida de cualquier saber no proporciona el conocimiento de este, sino una parte inservible por incompleto, con lo que las decisiones a partir de esa enseñanza será parcial a la parte conocida, que con el tiempo se convertirá en la única válida. A esto hay que añadir, que el hombre asume una moral previamente a cualquier formación filosófica. Y parece igualmente obvio que, al llegar a la filosofía, esa posición moral influirá fuertemente, si bien de forma distinta en cada pensador. Pero incluso esta diferencia en la influencia, sin duda se debe en gran parte a un motivo moral: a su carácter, a su mayor o menor respeto a la verdad, a su ecuanimidad, a su control del propio entusiasmo, a su prudencia, a su dignidad. Por lo tanto, no hallaremos a un titulado en filosofía, un profesor libre de influencias y condicionantes que enseñe a un semejante a evaluar objetivamente en función de la  necesidad de este en la vida, sino que le enseñaran primero un objetivo, una necesidad, en esta vida, y luego a pensar en cómo obtener lo deseado. Es por esta razón, y es solo una de ellas, que había filósofos morales también el partido nazi en la Alemania de los años 30. Las escuelas sirven únicamente al sistema que las mantiene. Así ha sido y será por siempre.

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El Estado no es nada. Es una abstracción. Como otros conceptos similares –nación, raza, humanidad– no tiene una realidad orgánica. Estado es el término para la maquinaria legislativa y administrativa en donde algunos realizan sus tejemanejes y confabulaciones. No hay nada sagrado, santo o misterioso en ello. El Estado no tiene más conciencia o misión moral que una compañía comercial que explota una mina de carbón o gestiona un ferrocarril. “Son igualmente el reflejo y la creación del hombre, para el hombre en un mundo, donde el individuo (el hombre) es la única realidad. El Estado es sólo la sombra del hombre, la sombra de su de su ignorancia y miedos” La vida empieza y termina en el ser humano, el individuo y sin él no existe raza,  humanidad o Estado. Incluso la “sociedad” es imposible sin el ser humano. Es el individuo quien vive, respira y sufre. Su desarrollo, su crecimiento, ha sido una continua lucha contra los fetiches de su propia creación, y en concreto contra el “Estado”.  Siempre fue el individuo, el hombre libre pensamiento y deseo de libertad, quien abrió camino a cada avance humano, a cada paso hacia delante a favor de un mundo libre y mejor; en ciencia, en filosofía y en el arte, así como en la industria, cuyos genios han rozado la cima, concibiendo los “imposibles”, visualizando su realización e imbuyendo a otros con su entusiasmo para trabajar y lograrlo. Siempre han sido los profetas e idealistas, quienes han soñado un mundo más de acuerdo con los deseos de sus corazones y quienes han servido, como luz del faro en el camino, para alcanzar logros mayores. Apagar esa luz es la empresa del estado, silenciar esa voz y extinguirla entre otras, alejándolas del hombre común, aletargado en las grandes urbes y bombardeados con tantas voces que hacen indistinguible la única que sus corazones debería oír, siguiéndola.

Por qué no hablamos nunca de nuestros sueños. De los verdaderos sueños; de nuestras ilusiones y esperanzas, aquellos anhelos que gritábamos de niños. Básicamente, porque son imposibles de realizar, y del algún modo nos avergüenza, ya de mayores reconocerlo. Mi sueño de niño era ir a la luna: imposible pensareis. Pero, he dicho sueños y ese es solo uno: el imposible ―al menos aquí en España― debido, principalmente que en España no se forman Astronautas. Pero vamos con el otro: “el sueño posible”, que no es menos complicado que el primero, pero entra dentro de la realidad posible y, éste sí, suele ser la causa de todas nuestras penalidades y tristezas, pues se nos muestra en la distancia aparentemente al alcance, y es aún es más secreto que el primero, pues expone todas nuestras limitaciones e, igualmente, es la causa del abandono y pérdida de nuestras esperanzas, del desconsuelo, la amargura y la tristeza, pues surge casi siempre, de unas expectativas que vemos concluidas en el tiempo, sea por la edad o las variables de toda vida; por ejemplo: así, para quien erró tomando un camino y no otro, su deseo sería volver al punto de inflexión (ya da igual las consecuencias posibles) así el camino condujese al infierno o la muerte, daríamos la vida por recorrerlo porque era, y así lo reconocemos, nuestro camino: el que habríamos elegido, pero abandonamos. Sin embargo, pronto te das cuenta que no eres el único, no estás sólo (todos, o casi todos renunciaron), y eso hace más fácil aceptarlo: entonces, la sociedad de vencidos y afligidos te abraza y acoge (eres uno más) claudicaste, y no hay vuelta atrás. Luego, harás de la monotonía, el trabajo, el gasto absurdo y cuarenta días de vacaciones al año tu pasión e ilusión; y, posiblemente, hasta te encadenes a un banco de por vida; embaucado, por la necesidad de hacer y tener lo mismo que todos aquellos que te rodean, y que no hicieron otra cosa que lo mismo que otros que conocían o estaban a su lado; y que hicieron lo mismo que otros antes que ellos, que hicieron lo mismo que otros que ya estaban allí cuando ellos llegaron, pero que no estaban allí porque querían, sino: porque los embaucaron, los engañaron y encarcelaron en prisiones de cristal, arrebatándole sus sueños e ilusiones… “los mismos que te la quitaron a ti” y que son hijos de aquellos primeros: ladrones de personas y sueños, creadores sistemas, esclavos y cárceles de fantasía. Y lo peor, aún no ha llegado. En pocos días harás del cemento y el asfalto tu hogar y allí transcurrirá toda tu vida, sin excepción. Y de aquellos cuarenta días, que solo serán eso: cuarenta días y ni uno más, serán muchas veces donde encontraras algo de justificación a lo absurdo de tu vida. Cuarenta días al año, a eso queda reducida tu vida para hacer lo que quieras, o puedas. Cuarenta días. Y ésta, será posiblemente la mejor versión que encontraras de tu vida: una vida igual a la de todos, haciendo lo mismo todos los días. Te levantarás, un día tras otro para ir a trabajar, para ganar dinero que devolverás puntualmente, para así poder hacer lo mismo al otro día: que es ir a trabajar; para volver a ganar dinero y volver a pagar y que te dejen ir a trabajar al otro día ―los detalles particulares lo mismo dan―. Te levantas por que debes, vas donde debes y vuelves cada noche por que debes, y al otro día lo mismo, y algún día hasta llegaras a pensar que eso es lo que quieres, y dirás en voz alta: yo voy donde quiero y hago lo que quierocomo quiero y cuando quiero y de repetirlo en voz alta una y otra vez, hasta llegará el día en que te lo creas. Y serás la persona más feliz y estúpida que ha pisado la tierra. Te reirás de los monos y hasta matarás todo aquello que sea libre o te recuerde lo que tú no eres. Verás lo natural y genuino absurdo desde tu absurda vida, rodeado de seres absurdos, en sociedades deslumbrantes y cegadoramente absurdas donde podrás elegir un nuevo sueño: especialmente diseñado para ti “dentro del mejor catalogo de sueños absurdos”, y hasta el Everest estará a tu alcance: siempre que cuando bajes de allí, vayas a trabajar al otro día, para ganar dinero y volver a pagar tus facturas, y poder así volver a trabajar al otro día y, así, volver algún día a vivir el sueño de tu vida, con 700 personas más que curiosamente están haciendo realidad también su sueño por catalogo: tu mismo sueño, ese mismo día. Y volverás  pensando que eres feliz, y así estará completa tu vida: Viviendo sueños por catalogo durante esos cuarenta días. Pero sobre todo serás feliz porque ese sueño empeñó aún más tu vida, señal de que dentro del mundo de los absurdos tú eres más absurdo todavía; y podrás destacar si te lo propones, sólo tienes que trabajar y empeñarte endeudándote más, y llegaras a jefe de un grupo de tristes, aburridos y absurdos ciudadanos algún día. Y para entonces ya serás muy feliz y todos lo sabrán, pues la sociedad absurda hace de la felicidad absurda un objeto reconocible por otros los seres absurdos: por ejemplo, al entrar en tu casa que vale cincuenta veces más que la de otro que es, absurdamente, cincuenta veces menos feliz que tu, o comprando un coche por el que habrás trabajado más de de mil días absurdos de tu vida, porque cuanto más tiempo de tu vida absurda cueste aquello que compraste sin necesitar, todos más fácil reconocerán que de entre todos, destacas, escalando socialmente con el objetivo de ser más tonto todavía. Pero, amigo: “no se te ocurra dejar de ir a trabajar ni un día, ni uno sólo más de esos cuarenta días”. y en silencio, antes de regresar a la rutina, pedirás y suplicaras: “lo que daría por un día más… un solo día”. Hasta ese punto te han reducido. Un día más de libertad, un solo día en que no tengas que pedir permiso, para ir a pasear con tu hija por el centro de la ciudad; un día que ni con todo tu dinero podrás pagar, sin arriesgar perderlo todo, si lo haces fuera de esos cuarenta días


1 - LA INTELIGENCIA
2 - HUERFANOS
3 - SOMOS EL RESULTADO DEL CAOS
4 - LIBRES, AUNQUE NOS CUESTE LA VIDA
5 - UNA MORAL SUBORDINADA
6 - EL ESTADO CONTRA EL INDIVIDUO

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