El hombre sin rostro, solvencia científica, narrativa y aventurera.

Publicado el 08 abril 2014 por Aramys

Cuando sea mayor quiero escribir una novela -al menos una – en que se mezclen la ciencia, la aventura y el misterio. Como esas aventuras que escribía H.G.Wells que nos mantienen pegados a sus páginas. O Como esas aventuras de Julio Verne que nos excitan los sentidos y nos hacen volar la imaginación. O como esos misterios que escribía Arthur Conan Doyle y que nos hacen devorar páginas mientras un escalofrío nos recorre el cuerpo intentando saber quién hizo qué. Quiero una mezcla, quiero conseguirlo todo en una sola historia.

Me gustaría que uno de los protagonistas fuera un científico, uno de los mejores en Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, un tipo despistado, al que le gustaran mucho los dulces, que hubiera consagrado su vida a la investigación, un tipo un poco arrogante pero simpático, como un Papa Noel increíblemente listo y que a veces corrige a todo el mundo ¡Y con un mayordomo vampírico!, de doscientos años, servicial, callado y oscuro ¡Sí! Y que tuviera una hija, una hija igual de inteligente que él, no, más, insultantemente lista y esta sí, arrogante de una manera altanera y fría, como si el resto del mundo fuera algo con lo que tuviera que convivir porque no le queda otro remedio, y que fuera increíblemente guapa, delgada, con unos ojos en los que perderse y dar vueltas y vueltas sin remedio. Y que le gustara el boxeo, por qué no, y que no fuera consciente de su belleza, de su atracción.

Y pondría un protagonista más, un periodista, un chico joven, un novato que ha logrado su puesto por una sucesión de casualidades y que quiere demostrar a toda la redacción –que se ríe de él- que es uno más, que tiene el ADN necesario para ser un reportero de los mejores, que tiene agallas. Me gustaría ponerlos a los tres juntos por ejemplo a resolver un misterio relacionado con la ciencia, algo que incluyera a otros compañeros de mi eminente científico, algo relacionado con sus pasados, alguna investigación secreta, oscura, que ponga en jaque sus vidas, es más, que algunos de ellos estuvieran siendo asesinados, uno a uno y que nuestro querido científico fuera uno de los siguientes.

Y para darle un toque romántico lo ambientaría en un Madrid de 1908, con ese toque sepia y esa niebla tan Victoriana, con esa mezcla de coches de caballos y los primeros bólidos a motor, como los Mercedes Simplex de ocho válvulas –y haría que la hija del profesor condujera uno a toda velocidad para disgusto de mi joven periodista-. Podría basar parte de la acción en el Museo de Historia Natural de Madrid, tan grande, tan silencioso, tan enigmático, lleno de esqueletos de dinosaurios, de animales disecados, de esos cuerpos extraños bañados en formol, de minerales, de geodas, todo iluminado con lámparas de gas, con esos grandes ventanales, los pasillos enormes, incluso podría escenificar un asesinato en una de las salas…

Y le daría a la novela un tono de ironía, de humor negro, con escenas divertidas y llenas de desparpajo, intentaría hacerla compacta y escribirla con una prosa fuerte, dinámica, con toques científicos pero sin apabullar al lector, buscaría el equilibrio perfecto entre una buena e interesante historia y una historia entretenida divertida y misteriosa, la mezcla podría ser espectacular, si, dinámica, llena de aventuras, pero sosegada y escrita con fruición, inteligente, alejada del Pulp, pero cercana y con un toque gamberro…

Me gustaría hacerlo, incluso tengo el nombre para esa novela, se llamará El hombre sin rostro, es un nombre perfecto, no puede ser otro.

Mezclar ciencia y misterio, asesinatos, aventuras, viajes, mujeres al volante de bólidos, periodistas miedosos, y un Madrid de 1908, podría ser algo así como misterio, aventuras y ciencias puras, que me decís ¿Os gusta la idea?

Y podrá empezar…

En mitad de la noche, el único sonido que recorría las galerías del Museo de Historia Natural era los pasos de un hombre que huía. Para no extraviarse en la inmensidad de las salas, el hombre debía detenerse boqueando, aproximarse a la pared con el fin de encontrar la rodela del gas, aplicar la cerilla y aguardar un poco hasta que la oscuridad volvía a convertirse en vitrinas, aparatos y láminas…