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«El Lino». De mesón a fonda: ocho siglos de recuerdos

Por Pablete @LasTresCulturas
En 1988 pasaba a la historia el alojamiento más antiguo de Toledo situado en la calle de Santa Justa
«El Lino». De mesón a fonda: ocho siglos de recuerdos
Por Rafael DEL CERRO MALAGÓNTOLEDO Actualizado:26/11/2019 13:50h
En 1988 pasaba a la historia el Lino, el alojamiento más antiguo de Toledo situado en la calle de Santa Justa, vía unida a ceñidos adarves, casas medievales apoyadas en sustratos romanos, tiendas y mesones. Uno de estos, el Mesón del Lino, es citado en un documento mozárabe del siglo XII que, en el XIII, se integraría en el patrimonio catedralicio, estando dedicado al comercio de aquella fibra y otros productos vegetales.
 El investigador Jean Passini (2004) señaló la ruina de dicho mesón en 1480 y su posterior división en distintas partes que fueron alquiladas a sucesivos inquilinos durante siglos. Sin embargo, la actividad mercantil y posadera debió rehacerse para desprenderse de la propiedad eclesiástica ya en el siglo XIX.
Es entonces cuando se suceden más alusiones a dicho lugar, ya calificado como fonda y, más tarde hotel. En dicho siglo competía con las muchas posadas repartidas en torno a Zocodover, teniendo a favor la cercanía a las calles de las Cadenas, del Correo (hoy Núñez de Arce) y a la plaza de la Ropería donde recalaban las postas. Por ejemplo, en 1867, la Diligencia Primitiva Imperial Toledana marchaba a Talavera desde de la puerta del Lino los días pares, a las doce de la mañana, por 40 reales el asiento.
«El Lino». De mesón a fonda: ocho siglos de recuerdosIglesia de las Santas Justa y Rufina en la calle donde estuvo el Mesón Mesón del Lino entre los siglos XII y XX.
La distribución del antiguo mesón -o posada- del Lino ofrecería un patio central con una galería superior. Su ancha puerta, en la esquina a la calle de la Plata, facilitaba el acceso a carros y caballerías. 
La planta baja reuniría las funciones comunes: la cocina, alacenas, pilas, un comedor y rincones para guardar géneros. No diferiría mucho de la Fonda de Caballero, ubicada en la calle de la Sillería, esquina a San Nicolás, que describió el escritor y viajero francés Théophile Gautier en 1840. Sin embargo, el Lino debió alejarse de este modelo de viejo albergue. 
Se cubiría el patio para ganar más espacio y, llegado el caso, disponer de un gran comedor. La planta superior se dotaría de cuartos más aseados para dar privacidad a una clientela escrupulosa que huía de las baratas e informales posadas, pobladas por bulliciosos parroquianos.
Tales cambios darían paso a la nueva Fonda del Lino que, desde mediados del XIX, elegían distinguidos forasteros según anunciaba la prensa, siendo por entonces el fondista, Francisco Pintado. Según El Clamor Público de Madrid, el 26 de octubre de 1850 llegaba al Lino el exdiputado progresista Manuel Cortina, «en una silla de postas», para arbitrar en un litigio de límites entre poblaciones cercanas a Ocaña. 
Como recoge el recordado Jose Pedro Muñoz Herrera en su ensayo publicado en 2011 en Archivo Secreto, cuando el escritor Hadrian Ségoillot y el artista Zacharie Astruc recorrían España, en 1864, para constatar las emociones de Gautier, se alojaron igualmente en el Lino, coincidiendo con la Semana Santa. Meses después, en agosto, el mismo Gautier regresaba a España como enviado de Le Moniteur Universel al inaugurarase el enlace ferroviario entre París y Madrid. 
Volvió a Toledo, hospedándose ahora en el «Hotel du Lin», donde, el día 25, componía un soneto que, además de citar al nombre del alojamiento, recogía nostálgicas sensaciones de la ciudad que había conocido en 1840 y que ahora en gran medida se habían disuelto. En 1865, utilizando el tren y todas las recomendaciones de Astruc, gran devoto del Greco, llegaba a Toledo el pintor Edouard Manet (1832-1883) para ver su obra, no siendo raro que también parase en el Lino.
En este punto señalemos que, en 1865, se cerró la Fonda de Caballero, habitual hospedaje de viajeros pudientes, para dar paso en su emplazamiento al recién nacido Centro de Artistas e Industriales (el Casino) hasta 1871. Tras aquel cierre, proseguían las viejas posadas y, por encima de ellas, alguna fonda, como la del Lino, el hospedaje más señero de la ciudad hasta 1892 en que el lujoso Hotel Castilla abrió sus puertas.
El 19 de octubre de 1871, el diario madrileño La Época destacaba la dimensión económica que ya aportaba el turismo extranjero ávido de recorrer Toledo, proponiendo hacer del Lino «un buen hotel digno de alojar viajeros acostumbrados a comodidades y dispuestos a pagarlas». 
Precisamente, un ilustre visitante de esta fonda, en abril de 1874, fue Emilio Castelar (1832-1899), poco después de dejar la presidencia de la I República, para pasear por las calles de Toledo a fin de «satisfacer su especial afición a los recuerdos históricos» como apuntó una gaceta. El 24 de agosto de 1886, según El Correo Militar, llegó al Lino el general Martínez Campos (1831-1900), reuniéndose allí con el general José Galbis, director de la Academia General Militar asentada en Toledo.
 Entremedias de estos ilustres clientes no faltaban extranjeros que buscaban promover alguna industria, negociantes, vendedores de novedosos géneros o de recursos salutíferos, como el despliegue de un fugaz «gabinete de electricidad», en 1867, para curar «enfermedades nerviosas y crónicas». Por otra parte, iban en aumento los banquetes de familias de postín o los celebrados por dispares motivos.
Sin embargo, frente a las loas que la prensa local solía dirigir al establecimiento, es posible leer opiniones críticas en otros textos. En marzo de 1891, El Día de Madrid y La Dinastía de Barcelona anunciaban la aparición de la segunda parte de Ángel Guerra, obra ponderada para conocer a fondo Toledo, «sin tener que soportar la fonda de Lino, o los enojosos cicerones», pues se aseguraba que Pérez Galdós conocía la ciudad, «como cualquier madrileño neto puede conocer la Puerta del Sol». 
El 8 de abril de 1891, La Edad dichosa: revista ilustrada de instrucción y recreo para niños y niñas, publicaba la VI entrega firmada por Carlos Frontaura detallando su estancia en el Lino, donde invitó a un matrimonio amigo con escogidos platos: ostras de Marennes («seis por barba»), una tortilla a las finas hierbas (pero «no tan finas»), un filete empanado por persona, «unas truchitas chiquitas», pollo asado, queso de Campo de Criptana, «una manzanita» y café. 
Aunque hoy la impresión podría ser distinta, la esposa invitada -quizá conforme a su estatus y a los usos de entonces- expresó: «en las fondas se mata de hambre a los huéspedes y a los convidados de éstos, compadeciéndose piadosamente por estar hospedados en una fonda en que se comía tan poco».
Aquel mismo año de 1891, Emilia Pardo Bazán publicaba su primer escrito sobre Toledo, también con alguna mención al histórico Lino según veremos en otro artículo.
Por Rafael DEL CERRO MALAGÓNTOLEDO Actualizado:26/11/2019 13:50h
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