Durante la dictadura y como parte del plan diseñado desde antes del golpe por el grupo Azcuénaga, la idea era desmontar lo que se denominaba "industrias artificiales" construidas con apoyo estatal y protección durante el primer peronismo; como parte de un plan político más amplio para retrotraer a la Argentina a 1943, sin sindicatos poderosos ni trabajadores organizados, con derechos y salarios altos. Suena actual, ¿no?
En tiempos de Menem la novedad estuvo dada por el desguace y remate del patrimonio público con las privatizaciones, que antes se había ensayado pero nunca llegó a alcanzar esa escala. Y con Macri hasta se lo intentó teorizar como una "reconversión productiva", a la que se denominó "Plan Australia": las industrias catalogadas como ineficientes debían desaparecer y solo subsistir aquellas en las que el país era competitivo, en términos internacionales. La competitividad, por supuesto, siempre pasaba por deprimir los salarios y flexibilizar las condiciones de trabajo. Suena muy actual otra vez, ¿no?
En los tres procesos mencionados la "reconversión productiva" trajo aparejados enormes costos sociales: destrucción de empleo y tejido industrial, aumento de la desocupación (buscado para deprimir los salarios y disminuir la conflictividad sindical), auge del cuentapropismo en variadas formas: remiserías, parripollos, canchas de paddle, clubes de video, o la sofisticación de la hijoputez con el macrismo, que nos mandaba a todos a convertirnos en cerveceros artesanales o pilotos de drones. Hoy día serían los empleos precarizados en plataformas como Uber, Rapi, Didi o Pedidos Ya.
Para peor, el industricidio en curso en el país sucede en un contexto mundial marcado por la guerra de aranceles y las políticas proteccionistas de su propia producción que despliegan las principales potencias mientras le venden al resto los abalorios del libre comercio, y nosotros compramos: pensemos que casos como el de FATE y otros tantos se producen sin que aun hayan entrado en vigencia los leoninos y perjudiciales acuerdos de libre comercio que el gobierno de Milei y el Mercosur firmaron con Estados Unidos y la Unión Europea; que potenciarán al máximo las amenazas a nuestra industria y sus puestos de trabajo.
Lo complejo del asunto es que la primera vez este plan (porque en esencia sigue siendo el mismo) se aplicó en dictadura y a punta de las bayonetas, como describiera magistralmente Rodolfo Wlash en su carta abierta a la junta militar; y la segunda vez, durante el menemato, en democracia pero con una sociedad estragada por la hiperinflación y dispuesta en consecuencia a soportar cualquier cosa, incluso una "cirugía mayor, sin anestesia", como se definió al sufrimiento social entonces.
¿Aprenderán algunos de la experiencia esta vez, o estaremos condenados a repetirla sin poder salir de la trampa rompiendo el círculo vicioso?
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