El malo de la película

Por Cayetano

 

De pequeño siempre me gustaron los malos. Los malos de ficción, claro, los de las películas. Porque los de verdad, los del telediario, ya eran otra cosa, pertenecían solo al mundo de los adultos. Y esos no eran de los míos.
¡Ah, los malos! ¡Qué atractivos resultaban! ¿Seria yo acaso un malo en potencia? Ya lo decía una tía mía: este chico no roba ni mata, pero bueno, lo que se dice bueno, no es.
Porque yo, además de travieso, era:
El verdugo de la capucha y el hacha tamaño familiar en las películas de acción de la Edad Media.
El pistolero urbano con funda sobaquera que espera escondido su momento en El hombre que sabía demasiado.
Era Víctor Mature, cuando solo hacía de indio o de Aníbal.
O Jack Palance, cuando solo hacía de forajido o de mongol.
O Boris Karloff cuando solo hacía de monstruo. O sea, casi siempre.

Mi madre era la sufrida encargada del atrezzo cada vez que en mi infancia se me antojaba personaje nuevo:

"Mamá, quiero una capucha de verdugo...
Mamá, quiero una funda sobaquera para la pistola.
O un traje de romano de la guardia pretoriana.
O unos dientes de Drácula...
¡Ah! Y si vas a Sepu, cómprame un indio" .

(Un indio de los de plástico, evidentemente, porque en temas del antiguo oeste mi preferencia eran los indios, ya fueran sioux, apaches, semínolas, navajos o arapahoes, esos que montaban a pelo sus caballos, se pasaban el día medio en pelotas, vivían en tiendas y llevaban la cara pintada y decían "por Manitú").
Además de los indios, me gustaba ser Mesala en Benhur, Datán (Edward G. Robinson) con su látigo en Los Diez Mandamientos, Nerón (Peter Ustinov) en Quo Vadis, John Hurt en Calígula.
Confieso que lo más atrayente, aunque políticamente incorrecto, sería imitar a Polifemo en su cueva y comerme
vivos a los intrusos que se cuelan en mi casa sin permiso del propietario. Hoy esos intrusos no serían héroes de la guerra de Troya de regreso a Ítaca, sino cruceristas aborregados con su pulserita de “todo incluido” que llegan en masa con sus barcos e invaden las islas del Egeo. No hay derecho. Habría que devorarlos. Qué pena que ya no queden cíclopes, porque estos turistas... ¡qué se habrán creído! Empezaron por Miconos, Paros, Creta, luego Santorini y ahora... ¿la isla de los cíclopes? ¡Ojo con ellos!