En el pueblo nadie sabía su nombre pero todos le conocían como El mariscal. Tendría al menos 70 u 80 años y cada mañana salía con el sol, rumbo a su barquita de madera, a pescar en el lago. Disfrutaba desde que pisaba el camino embarrado que llevaba hasta el embarcadero, llevando sus aperos en varias cestas de mimbre, hasta el crujido de la pasarela y el contacto con la madera vieja y mojada de la barcaza. Pasado el medio día podía vérsele por alguna taberna cercana fumando en su inseparable pipa y bebiendo whisky irlandés. Porque sí, el mariscal era irlandés, de Galway, para más señas. Detrás de su enorme mostacho plateado se ocultaba una mueca a medio camino entre la tristeza y la melancolía. Todos allí le conocían y él se tocaba su sombrero blanco de ala estrecha cada vez que alguien le saludaba por la calle, sin pararse a hablar nunca con nadie. No tenía nada que decir.
Tenía por costumbre conducir una camioneta japonesa de color granate, absolutamente destrozada por los años a la intemperie. Paraba en la gasolinera que había a la entrada del pueblo y llenaba el depósito. Acto seguido pagaba y se llevaba invariablemente una cocacola y una chocolatina. Fue allí donde le conocí. En realidad debería decir lo reconocí, puesto que ya lo conocía. . Apenas crucé unas pocas palabras con él pero no lo olvidaré. Le vi pasar por delante de mi, él acababa de pagar y se disponía a marcharse. Dudé un segundo antes de armarme de valor. Le cogí por el hombro suavemente y, a pesar de su edad, pude notar un cuerpo fuerte, o más bien la reminiscencia de un cuerpo fuerte.
-Disculpe.- le dije. -Usted es el actor, el fenómeno irlandés, ¿verdad?
Él se dio la vuelta, sorprendido y me miró fijamente.
-Lo fuí hace mucho tiempo.-Me respondió con una extraordinariamente grave voz. -Ahora sólo soy el mariscal. ¿Cómo me conoce usted, hijo?-
-Verá- Respondí con un deje de vergüenza. -Mi madre. Mi madre estaba enamorado de usted.
Aquel hombre se quedó callado unos segundos como masticando la respuesta, antes de contestar de manera pausada y categórica.
-Todas lo estaban, hijo.- Sin pronunciar ninguna otra palabra volvió a girarse y se montó, no sin dificultad, en su camioneta; arrancó y se marchó colina arriba.
En aquel pueblo perdido en medio de la montaña el clima era frío y era común ver como la niebla lo engullía todo, casa por casa. En esos días, era frecuente verle aparecer con un viejo poncho con motivos aztecas por encima de su pernnne camisa vaquera de color celeste. Otras veces llovía con rabia y entonces el mariscal se quedaba en el porche de su casa, viendo el agua caer y fumando, como no, en su pipa. Sus ojos, antaño de un azul profundo y cada vez más grises y apagados, paseaban entre la arboleda, a través de las gotas de lluvia o se perdían entre el cielo encapotado.
El mariscal, como le llamaban en aquel pueblo perdido de la mano de Dios, se dejaba llevar por el alcohol y sus recuerdos. Entre nubes de humo de su pipa volvía a sentir todo lo vivido hacía ya una eternidad. Nunca estuvo tan vivo como cuando reverenciaba al público después de una actuación exitosa en Broadway o cualquier otro lugar del mundo y este lo recompensaba con una enorme ovación… Poco a poco todo aquello se desvanecía y el estruendo de los aplausos volvían a convertirse en el sonido de la lluvia castigando el suelo. Entonces cogía la botella de whisky y se servía otro trago.
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