Revista Espiritualidad

El optimismo como problema

Por José Luis Cano Gil - Psicoterapeuta
superasen

En primer lugar, ¿qué significa ser optimista? Significa obviamente enfatizar los aspectos positivos de las cosas, aunque las negativas también están ahí. En la práctica, el optimismo suele remarcar casi únicamente lo positivo, silenciando por tanto casi todo lo demás. Lo contrario hace, naturalmente, la postura inversa, el pesimismo. Etcétera. Sin embargo, ¿por qué habríamos de mirar sólo las cosas de un cierto color -en este caso, "rosa"-, y no todos los demás colores de este mundo? La única respuesta posible es el miedo. El miedo a todo color que pueda dolernos. De ahí nuestra adicción a ese único color que hemos decidido soportar: el narcótico rosa.

El optimismo es, por tanto, una defensa neurótica. Un síntoma de rechazo de la realidad como tantos otros (p.ej., pesimismo, miedos, ansiedades, depresión...). De hecho, el optimismo excesivo, siendo una especie de euforia, constituye el claro contrapeso de algún tipo de dolor, tal como vemos fácilmente en los procesos maniaco-depresivos... Por eso, a mi entender, el optimismo es incompatible con la psicoterapia. Y no digamos ya con la sabiduría.

He visto, por ejemplo, a terapeutas optimistas de voz dulzona y sonrisa feliz prohibir a sus pacientes la queja, la ira, la culpabilización de sus padres agresores, las ideas pesimistas, los sentimientos de tristeza o fracaso, etc., con excusas negacionistas del tipo "todo eso ya pasó, debes ser positivo, es lo que hay, ahora tienes que pasar página", etc. Otros mantras de esta clase de terapeutas son, p.ej.: "la vida es hermosa, la vida te lo da, tú eliges tu vida, tu familia te ama, ámate a ti mismo, perdona a tus ofensores, eres lo que piensas, odias lo que proyectas de ti mismo en los demás, responsabilízate, realiza tus sueños, controla tus pensamientos, controla tus hábitos, disfruta de las cosas pequeñas, relájate, sonríe siempre, fluye hacia el futuro, todo es mental, todo es energía, el universo te protege...". Etcétera. Y todos sabemos la dolorosa soledad y frustración que puede sentir una víctima neurótica ante esta clase de consejos. 

No es que cada una de esas afirmaciones no pueda ser válida para ciertos individuos o en determinados momentos de su crecimiento. Es que el terapeuta optimista las expende indiscriminadamente, es decir, como panacea universal para toda clase de males, con independencia de las causas, gravedad, sentimientos, libertades y necesidad de empatía y contención de cada individuo particular. Por eso, pese a sus indudables buenas intenciones, el terapeuta optimista niega inconscientemente el dolor de su paciente. Sólo lo apremia a que supere cuanto antes sus conflictos, es decir, a que los maquille o reprima todo lo posible con un "bienestar" postizo -optimista, naturalmente-. ¿Por qué el terapeuta hace eso? Obviamente, porque él mismo no soporta su propio lado oscuro.

De modo que el optimismo ideológico, no sólo en psicología, sino también en la sociedad, la moral, la política, etc., convierte a sus ingenuos adeptos en co-represores del dolor propio y ajeno, sin lucidez ni corazón alguno. Bajo sus benévolas intenciones, los problemas conscientes e inconscientes de la gente siguen existiendo; el dolor de las personas -como bombas de tiempo- sigue acumulándose; la hipocresía social sigue en aumento... Cuanto más optimismo hay, más optimismo es necesario. Es una perpetua negación de la realidad. Una loca fuga hacia adelante.

La alternativa al dolor humano no es el optimismo (ni tampoco el pesimismo, ni ningunas otras gafas de cualquier color), sino la conciencia. Y por ende la valentía. La entereza emocional frente a lo desagradable y lo frustrante. La eficaz resolución de los problemas. Y, por encima de todo, esa actitud totalmente ajena al optimismo (con la que, sin embargo, solemos confundirlo): la CONFIANZA. Es decir, la confianza en nosotros mismos. La confianza en los demás. La confianza en la vida.

Cuando un deportista debe afrontar un reto, no necesita ningún optimismo. ¡El rival también es optimista! Lo que necesita es una realista confianza en sí mismo, derivada a su vez de la plena conciencia de sus habilidades, su entrenamiento, su motivación, su concentración, etc. Dicha confianza es igualmente consciente de sus limitaciones, y de las no menos poderosas habilidades del adversario, etc. (1) A partir de la confianza, todo lo demás es incertidumbre y riesgo. Nadie sabe si ganará o perderá, si gozará o sufrirá, si conocerá la gloria o el fracaso... Pero, ¿no es ésta precisamente la gracia del juego deportivo?

El optimismo como problema
Igualmente en la vida. La existencia, los seres humanos, somos multicromáticos. Hay siempre un momento para sentirnos espontáneamente realistas, o idealistas, o positivos, o deprimidos, o escépticos, o furiosos, o felices, o malvados, o bondadosos, o fracasados... ¿Por qué deberíamos aceptar unos colores y rechazar otros? Después de todo, si la vida es música, nosotros somos pianos. Pianos de colores. Y, así, ¿qué clase de paupérrimos conciertos podremos dar si sólo nos atrevemos a tocar una o dos teclas?

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1. ¿Nos imaginamos a un general estúpido o sin recursos, pero "optimista"? ¡Perderá todas las batallas! El optimismo idealiza y deforma -sobrevalorándolos- la realidad, nuestras verdaderas fuerzas, etc.


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